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Tiempos peores: escenario político empantanado y gobierno de administración

por 28 noviembre, 2017

Tiempos peores: escenario político empantanado y gobierno de administración
Desde el punto de vista del desarrollo de políticas públicas, el Poder Ejecutivo tiene el riesgo de caer en la inacción a causa de un simple hecho: la derecha no tiene los votos para deshacer lo realizado por Bachelet, ni la Nueva Mayoría –con el Frente Amplio en sordina– para profundizar las reformas estructurales que pretenden y que requieren supermayorías o modificaciones constitucionales. Por lo tanto, quienquiera que gane la presidencial solo podrá dedicarse a administrar por cuatro años el estado del arte y la mesa que habrá dejado servida el Gobierno de Bachelet. Nada más: un mero administrador, pero no un impulsor de cambios, ni de reformas-a-las-reformas, según sea el ganador.
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Por las razones que siguen, soy de la opinión de que la elección presidencial se ha vuelto bastante intrascendente. Me atrevo a plantearlo porque creo que la clave del momento político generado el domingo pasado ya no está en la elección presidencial, sino que se ha trasladado al Congreso.

El nuevo Parlamento estará conformado por tres bancadas representantes de tres tercios, tres mundos sin una bancada de centro, o sea, sin bisagra. Tenemos una bancada de derecha franca y tradicional (liberal en lo económico y todavía muy conservadora en lo valórico y social); y dos bancadas de izquierda; una clientelista y trasnochada, y otra joven e ideológicamente mesiánica –lo que es sospechosamente propio de los movimientos totalitarios–, así como indolente en lo técnico. No hay bancada de centro, ni liberal, ni cristiana, ni socialdemócrata… nada. Todos esos movimientos quedaron borrados del sistema de poderes, solo quedan vestigios como hay ruinas en Egipto; y la pregunta es si eso es o no reflejo de su real peso político-ideológico o es que solo terminaron siendo expresiones de élite con un pobre arraigo social o electoral.

Preveo que en ese contexto, la política –como un proceso de articulación de fuerzas para gobernar– se trasladará o concentrará en el Poder Ejecutivo, abandonando al Congreso en vista de su inmovilidad, al estar bloqueado por estas tres facciones sin bisagra.

Entonces, tendremos cuatro años de polarización y discusiones de sordos; mucho eslogan, pocas nueces. Si Piñera resulta electo, es previsible imaginar al Frente Amplio desatado en comisiones investigadoras y orquestando desde el Congreso acciones de fuerza en “la calle”; un desfile de diputados jóvenes liderando marchas y tratando de desestabilizar al Gobierno desde ese pábulo y, al mismo tiempo, usando los nuevos recursos obtenidos para solidificar la plataforma electoral con miras a un ambicioso resultado el 2022. Por otro lado, si Guillier es Presidente, el Frente Amplio está primero en la fila y presto a cobrar la pesada factura con la que habrá negociado su apoyo. ¿Habrá caja en esa cuenta?

Como quiera que sea, desde el punto de vista del desarrollo de políticas públicas, el Poder Ejecutivo tiene el riesgo de caer en la inacción a causa de un simple hecho: la derecha no tiene los votos para deshacer lo realizado por Bachelet, ni la Nueva Mayoría –con el Frente Amplio en sordina– para profundizar las reformas estructurales que pretende y que requieren supermayorías o modificaciones constitucionales. Por lo tanto, quienquiera que gane la presidencial solo podrá dedicarse a administrar por cuatro años el estado del arte y la mesa que habrá dejado servida el Gobierno de Bachelet. Nada más: un mero administrador, pero no un impulsor de cambios, ni de reformas-a-las-reformas, según sea el ganador.

El tiempo avanza inexorablemente. En un abrir y cerrar de ojos estaremos en 2021. Sabemos que en el alba de la nueva presidencial la polarización vociferante y estridente se extrema, donde veremos a los líderes del Frente Amplio desafiando al poder convencional (Jackson, Sharp y Boric volverán a instalar su candidato con bastante sangre de por medio ahora que son la nueva niña linda del barrio). Seguramente les saldrá a competir Kast “el bueno”, con un discurso de derecha blanda pseudoliberal; pero, antes, deberá haber desbancado a Moreno (con el poder de la CPC en las sombras) y a un porfiado Ossandón.

¿Cuál es peligro envuelto en este escenario? Para evitar la pasada por el Congreso, se cierne el riesgo de caer de lleno a una época del “gobierno por decreto”. Si Piñera es Presidente, este rol le resulta casi deseable –como ya lo vimos en el caso “Barrancones” y avalado por el animus gerencial de que hace gala–. Si es Guillier, la pericia técnica puede fallarle al intentar demasiado con herramientas que pueden volverse de cuestionable juridicidad constitucional. La historia política nos ha documentado reiteradamente en dónde termina este modus operandi: la judicialización de la política, ya sea en el Tribunal Constitucional o en la Corte Suprema. Es decir, la política ya no se hace en Valparaíso sino en La Moneda, pero termina en el Palacio de Tribunales. El real riesgo de la política llevada por medios anómalos es el tránsito por un delgado sendero de piedras que coquetea a diario con el cortocircuito institucional.

De ahí que la cuestión política central de estos próximos cuatros años sea la constitucional, sobre todo si Guillier resulta electo. Entonces, para los “pololos de verano”, Nueva Mayoría-Frente Amplio, es crítico que Bachelet deje presentado un proyecto de nueva Constitución y así la derecha no pueda evadir el bulto. Me atrevería a decir que ese proyecto –en el estado que sea– lo tendremos en la calle mucho antes del 17 de diciembre, con el objeto de sacar a Piñera al pizarrón y arrinconarlo en indefiniciones.

Es esperable que el precio del cobre se estabilice al alza y, con ello, el “tono muscular” de la economía no sea malo, al menos eso será un analgésico para las cuentas públicas, pero no una medicina a los reales problemas del tesoro fiscal. La temperatura económica de tibieza otoñal y la inacción política derivada del bloqueo en el Congreso, puede hacernos perder otros cuatro años. Sería terrible llegar al 2022 resignándonos a haber botado a la basura no solo preciosos años, sino también un superciclo del cobre, ahorros soberanos que nunca volverán y la posibilidad de haber hecho caja suficiente para financiar una reforma educacional radical y profunda, que nos hubiera permitido siquiera intentar dar el salto para vadear la trampa de los países de ingreso medio con alguna esperanza razonable de éxito.

Sería una tragedia reconocer que perdimos la oportunidad de discutir una reforma a la salud y a las pensiones con altura de miras y, sobre todo, nos olvidaremos por muchos años de cualquier atisbo a una verdadera y sustantiva reforma al Estado, incluyendo a la administración, como también al sistema de empresas públicas y su apoyo a la inversión en infraestructura clave para la nación. No es un escenario feliz el comprobar que la cuestión de las políticas públicas se reduce a reformas tributarias sin poder discutir, en serio, cuál es el modelo tributario que Chile requiere para afrontar los desafíos de hoy y del futuro.

Pero el tiempo avanza inexorablemente. En un abrir y cerrar de ojos estaremos en 2021. Sabemos que en el alba de la nueva presidencial la polarización vociferante y estridente se extrema, donde veremos a los líderes del Frente Amplio desafiando al poder convencional (Jackson, Sharp y Boric volverán a instalar su candidato con bastante sangre de por medio ahora que son la nueva niña linda del barrio). Seguramente les saldrá a competir Kast “el bueno”, con un discurso de derecha blanda pseudoliberal; pero, antes, deberá haber desbancado a Moreno (con el poder de la CPC en las sombras) y a un porfiado Ossandón.

Quizás también a Allamand y su política con aroma a gladiolo noventero; o el mismísimo Piñera si su ambición presidencial se frustra en esta pasada. Velasco y MEO serán los convidados de piedra eternos con su inentendible dicotomía interna, que enarbola pero aborrece a la olvidada Concertación progresista… otra expresión de élite sin peso electoral.

Uno se pregunta: ¿dónde están los nuevos líderes, las generaciones de recambio? ¿Quién es capaz de encarnar un ideario de progreso nuevo y hacerlo coherente con una nueva forma de hacer política, más empática para encontrar acuerdos, que no intente explicar lo inexplicable y defender lo indefendible –asumiendo que los ciudadanos somos tontos– y que esté más anclada con el sentir cotidiano de la gente de a pie? ¿De dónde sacamos un candidato presidencial que nos evite tener que ir a votar por el mal menor? ¿Dónde está la generación de 35 a 55 años?

Soy uno de esos, y probablemente tenemos que aceptar que nos automarginamos porque nuestras pieles eran demasiado rosaditas como para embarrarnos compitiéndoles el poder a los grandes dinosaurios que negociaron la transición; o simplemente porque quizás nos pareció mejor ir al sector privado a gozar los beneficios de 25 años de crecimiento ininterrumpido. Así, perdimos o renunciamos a la oportunidad. Por lo tanto, la cosa es sin quejarse, sin llorar. Al que le gustó la chicha, ahora tendrá que contentarse con el chancho.

Así es la política, el que pestañea, pierde.

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