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La izquierda y la estrategia de construcción

por 1 enero, 2018

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Las secuelas de la derrota electoral han sido significativas para el amplio espectro político que conforma el “polo progresista” en nuestro país, que con ahínco ha buscado determinar las causas del importante margen de ventaja obtenido en segunda vuelta por el candidato electo de la derecha, Sebastián Piñera, frente a Alejandro Guillier.

En esos términos, la reflexión realizada por Tomás de Rementería (por este mismo medio) aborda un punto fundamental, que concierne a las estrategias de vinculación de la izquierda con sus potenciales electores. Parafraseando a un pensador marxista yugoslavo, enfatiza críticamente sobre el carácter de unas dirigencias “devenidas en burócratas profesionales”, en el marco de la elitización de una izquierda intelectual de salón (que toma café en Providencia y escucha Jazz en Ñuñoa), distante del sentir de los sectores populares.

En efecto, el motivo de la baja sintonía que habría tenido la campaña electoral de Alejandro Guillier con “los obreros, campesinos, mineros, vendedores ambulantes, entre otros”, obedecería a que sus contenidos respondieron más bien a las expectativas y/o aspiraciones de un segmento de la sociedad chilena que encarna esta elite progresista de clase media alta que, a su vez, es la que votó por Beatriz Sánchez –y que es recelosa de los temas que importan al “ciudadano común”– y a la cual se apostó complacientemente a conquistar, restando relevancia a problemáticas como la jornada laboral, sindicalización, propuestas en Minería o agua potable rural.

Es cierto que una pobladora de la periferia de Santiago, Valparaíso o Concepción, o un obrero de la construcción, difícilmente puedan sentirse identificados con una campaña electoral donde los protagonistas son los vecinos que viven al otro lado del circuito de  autopistas que segrega la ciudad, y que ese Chile del Barrio Italia les parecerá bastante ajeno, sin embargo los problemas ideológicos de la izquierda y su cercanía con el pueblo (de composición de clase, dicho en términos marxistas) no se resuelven con esteticismo, como si la política y, más aún, el papel de esos sectores aludidos, se redujera simplemente a ser exhibidos en una mejor elaborada estrategia de marketing político, al estilo del rol que jugara Cantinflas en la construcción del imaginario popular, haciendo del proletario un burdo campechano, objeto de simpatía y ternura.

Los ejemplos de La Moral Distraída frente a La Sonora de Tommy Rey, el exceso de Baradit y la carencia de Bombo Fica, o la ausencia de obreros, dirigentes sindicales, campesinos y mineros, y la profusa presencia de barbones garabateros con tatuajes copando el spot televisivo, es un estereotipo mal sano, de sentido común, tal vez solo comparable con esas reivindicaciones identitarias provenientes de cierto ultraizquierdismo trasnochado que, al menos, se vincula directamente el “pueblo pobre”, y no por la mera conveniencia de agitar en el marco de una elección presidencial. Por lo demás, a los “veteranos de la Revolución del 2011” no se les puede reemplazar por los “veteranos de la transición”, esos que prometieron y prometerán “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”.

No es una estrategia de marketing lo que requiere la izquierda para recomponer su vínculo con los sectores populares, sino que una estrategia de construcción popular que implique desafiar (no solo con Twitter y Facebook)  la enorme capacidad comunicacional del modelo imperante para reproducir ininterrumpidamente el sentido común (con matinales, telenovelas y programas de entretenimiento nocturno).

El “gran” acierto de la campaña de Sebastián Piñera fue apelar a la identidad colectiva culturalmente hegemónica entre los chilenos, algo así  como el sustrato trinitario de sus concepciones: individualismo meritocrático, empleo y capacidad de consumo. Más  cierto aún es que cada vez que alguno de los contrincantes de Piñera fue consultado sobre educación, seguridad y economía, ofrecieron respuestas que apuntaban en la misma línea (gratuidad-voucher, fortalecimiento del aparato policial y crecimiento), lo que da cuenta de un grado de consenso alcanzado por el verosímil neoliberal, del cual la propia izquierda no logra rehuir, con o sin obreros en la campaña. No se trata de “los temas” puestos en conversación, sino que de las conclusiones que se extraen de éstos.

Y si en realidad la dificultad allí radica, hay que recordar que las campañas presidenciales de Gladys Marín (1999) y Tomas Hirsh (2005) estuvieron alejadas de la elite del Barrio Italia y de los carnavales al calor de la “nueva cumbia chilena”, y mucho más cercanas a la periferia y a la “cultura popular”, sin que ello significara un aumento considerable de sus electores. Entonces el problema es otro, quizá comprensible en el concepto de “reforma moral e intelectual” que nos legara Antonio Gramsci, puesto que la hegemonía radica en el sentido común.

Por ello, la desnaturalización de un sedimento cultural neoliberal, también pasa por subvertir los modos de hablar de política resguardados por el aparato comunicacional, que constriñen la posibilidad de que despunte un proyecto transformador desde la izquierda. Ello supone, además, que ese pueblo al que románticamente se alude, no solo sea protagonista de una franja electoral cada  cuatro años o beneficiario de la caridad estatal, sino que se vuelva una fuerza activa que se involucre en los asuntos políticos del país desde su cotidianidad –aunque a no pocos les cause pavor el recuerdo fantasmagórico del “poder popular” –, para que las “mayorías populares” no sean el instrumento para gobernar, sino que éstas mismas sean gobierno.

De lo anterior se desprende un debate sobre la democracia y su arraigado carácter elitista. Pero no fue Piñera sino que Guillier quien nos dijo que “la esencia de la democracia es el voto”, de modo que a ese pueblo, en esta democracia, le queda ser Cantinflas, pero jamás Recabarren.

No es una estrategia de marketing lo que requiere la izquierda para recomponer su vínculo con los sectores populares, sino que una estrategia de construcción popular que implique desafiar (no solo con Twitter y Facebook)  la enorme capacidad comunicacional del modelo imperante para reproducir ininterrumpidamente el sentido común (con matinales, telenovelas y programas de entretenimiento nocturno). Tales desafíos invitan a romper con este régimen de verosimilitud, ejercitando otros vocablos, trabajando palmo a palmo junto a ese pueblo, enunciando otros discursos, hablando otra lengua y, en definitiva, haciendo otra política, esa que quedó interdicta en 1973.

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