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OPINIÓN

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"Como sobreviviente de la Caravana de la Muerte me equivoqué al creer en Cheyre"

por 9 noviembre, 2018

En esta columna, Héctor Vera -quien salió con vida de los Consejos de Guerra del norte- admite que creyó durante mucho tiempo en la figura del general como símbolo de la renovación de los militares encarnado en su frase del "Nunca más", pero que hoy, a la luz de los antecedentes, la historia cambia. "Personalmente me equivoqué porque pensé que Cheyre era una buena persona y busqué creer en el cambio de rumbo de los institutos armados. Yo soy un sobreviviente de la Caravana de la Muerte de Antofagasta y por tanto debí hacer un esfuerzo para creer en su sinceridad. Hoy, con cierta serenidad, he revisado el caso, leído las acusaciones de quienes vivieron el drama de la represión de la dictadura y los extensos y difundidos argumentos de su defensa personal, así como las ideas de los abogados de Cheyre. Mi conclusión es que engañó a todo el país durante mucho tiempo".
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El largo procesamiento en los tribunales de Juan Emilio del Sagrado Corazón de Jesús Cheyre Espinoza,(1947), ex Comandante del Ejército, conectado al caso “Caravana de la Muerte”, en La Serena, que dejó 15 personas muertas, plantea una serie de desafíos tanto jurídicos como morales para la democracia chilena actual.

La figura del general Cheyre simbolizó, para mucha gente contraria a la dictadura, la esperanza de dejar atrás el alma golpista, represiva y dictatorial del Ejército de Pinochet para dar paso a una vida militar constitucionalista y democrática, en la que todos los chilenos pudieran confiar.

Los chilenos hemos soñado con este cambio. La famosa frase del, entonces, Comandante en Jefe del Ejército del “nunca más”, fue interpretada- por una apreciable cantidad de ciudadanos de todos los colores ideológicos y políticos - como un hito del cambio de actitud de las fuerzas armadas, conteniendo el primer paso a la necesaria reconversión democrática de las fuerzas armadas.

Y estas palabras, que interpretamos como anuncios de primavera, provenían de la más alta autoridad del Ejército, de una persona con tradición militar. Venía de un hijo de general, casado con la hija del general Forestier. Y por sobre todo, venía de boca de un intelectual, del Doctor en Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense.

Quienes pasamos por un Consejo de Guerra en las primeras semanas del golpe, sabemos que los torturadores y los agentes militares no ocultaban demasiado sus acciones ni sus rostros. Por ello sus víctimas recuerdan los nombres, las voces y aún los rostros de sus carceleros. El cargo de Ayudante del Intendente, tenía una tremenda importancia, porque era la inteligencia militar en enlace con la población civil. Por ello se elegían para esta tarea a oficiales jóvenes de alta confianza de sus jefes para que reunieran información, asesoren y aconsejen al Presidente del Consejo de Guerra, que era el mismo Intendente y simultáneamente el Comandante del regimiento. Cheyre fue la voz oficial de Ariosto Lapostol Orrego, por eso comunicó a la prensa de La Serena las “15 ejecuciones” hechas por Arellano Stark y su equipo de criminales.

Fue tal su prestigio social y político que salió inmune de las consecuencias de la tragedia de Antuco (2005) donde murieron 45 militares, víctimas de una disciplina arcaica y de la irresponsabilidad de altos oficiales. A pesar de que el general Cheyre era el Comandante en Jefe del Ejército en ese momento, su imagen siguió inalterablemente en alto y nadie importante cuestionó su responsabilidad.

En el primer gobierno de Sebastián Piñera, Cheyre logró ser integrante y presidente del Servel, el organismo encargado de los procesos electorales democráticos del país. El oficial, crecido en dictadura, era transformado en paladín de la resucitada democracia chilena. Más aún, formó parte de la elite intelectual del país. Fue nombrado, por varios años, Director del Instituto de Estudios Internacionales en la Pontificia Universidad Católica de Chile, la que fue su alma mater de su formación universitaria.

La figura de Cheyre no podía ser más admirable, inmaculada y fuerte en el país. Las denuncias de sus víctimas en La Serena fueron desestimadas por los gobernantes de la época y por los tribunales de justicia. No eran, en absoluto, creíbles ni menos eran oportunas para lo que la población parecía necesitar. Pero llegó una nueva hora.

La imagen pública del general Cheyre comenzó a dar un fuerte giro negativo la tarde en que se enfrentó a Ernesto Lejderman en el programa "El Informante" de TVN, el 20 de agosto del 2013. En el año 2000, Lejderman, de nacionalidad argentina, había recurrido al juez Jorge Calvo para esclarecer el caso del asesinato de sus padres ocurrido en La Serena, donde Cheyre había llevado al niño huérfano a un monasterio de monjas.  Este juicio terminó sin resultados.

Este enfrentamiento televisivo entre acusador y acusado, terminó por quebrar la credibilidad pública de Cheyre. El nerviosismo y las contradicciones mostradas por el ex general, denunciaba que su relato no era creíble frente a un ponderado acusador. Al día siguiente del programa, procedió a renunciar a la Presidencia del Servel. Y luego vendría una avalancha de testigos y fuertes acusaciones que no han parado hasta hoy. Ahí recién los testimonios de las víctimas empezaron a tener atención pública y credibilidad.

Creo que muchos nos equivocamos con el rol y la identidad de Cheyre. Yo personalmente me equivoqué porque pensé que Cheyre era una buena persona y busqué creer en el cambio de rumbo de los institutos armados. Yo soy un sobreviviente de la Caravana de la Muerte de Antofagasta  y por tanto debí hacer un esfuerzo para creer en su sinceridad. Hoy, con cierta serenidad, he revisado el caso, leído las acusaciones de quienes vivieron el drama de la represión de la dictadura y las extensas y difundidas defensa personal así como las ideas de los abogados de Cheyre. Mi conclusión es que Cheyre engañó a todo el país durante mucho tiempo, que él mismo se creyó su cuento, pero está llegando la hora de la verdad.

Es precisamente en los relatos de la defensa de Cheyre donde se encuentran nítidas huellas de la responsabilidad del exgeneral en el caso de la Caravana de la Muerte. Su defensa sostiene que era un simple secretario del Intendente, con un grado de Teniente. Que se le investigó durante 40 años, sin encontrar nada en su contra, que todo es un invento de gente malintencionada, que los jueces lo están persiguiendo por razones políticas como se le acusó al juez Carroza. `

Quienes pasamos por un Consejo de Guerra en las primeras semanas del Golpe, sabemos que los torturadores y los agentes militares no ocultaban demasiado sus acciones ni sus rostros. Por ello sus víctimas recuerdan los nombres, las voces y aún los rostros de sus carceleros. El cargo de Ayudante del Intendente, tenía una tremenda importancia, porque era la inteligencia militar en enlace con la población civil. Por ello se elegían para esta tarea a oficiales jóvenes de alta confianza de sus jefes para que reunieran información, asesoren y aconsejen al Presidente del Consejo de Guerra, que era el mismo Intendente y simultáneamente el Comandante del regimiento. Cheyre fue la voz oficial de  Ariosto Lapostol Orrego, por eso comunicó a la prensa de La Serena las “15 ejecuciones” hechas por Arellano Stark y su equipo de criminales.

La defensa del ex General, minimiza los hechos como la participación de Cheyre en 26 Consejos de Guerra. Y venían con la firma del Teniente Cheyre. Esta información fue entregada oficialmente por el Ejército (2017) del cual Cheyre fue Comandante en Jefe, lo que confirma su destacada labor en los procesos contra los acusados de la época. Los cuerpos de los asesinados fueron arrojados a una fosa común y debieron pasar muchos años para encontrarlos e identificarlos.

Un argumento, muy utilizado, por la defensa del ex Comandante, se relaciona con la absoluta falta de gravedad que se le atribuye a sus actos. Abundan las frases como no tuvo nada que ver con esas funciones , ha actuado como un profesional, recibió órdenes, cumplió con las tareas encomendadas …..Aquí parece no haber dilemas morales o conflictos de conciencia ante la muerte, la tortura y la crueldad en todas sus formas. Todo fluye naturalmente, nadie fue responsable de nada de los crímenes horrendos cometidos en dictadura. Siempre fueron otros los excesivos o los culpables. "No niego que haya habido torturas, pero yo no estuve allí”, es lo que ha declarado el valiente Cheyre en los tribunales.

Cheyre se ha creído – durante cuatro décadas - por encima de toda sospecha y creyó lograr la total impunidad, hasta que pretendió no dejar duda alguna de su probidad y de su integridad moral. Con ese objetivo estratégico, generó un tremendo protagonismo público y diseñó acciones audaces como la de confrontarse en directo, vía televisión, con un desconocido detractor. Esto despejaría, para siempre, cualquier duda de su impecable conducta.

Pero tal audacia se cayó a pedazos ese fatal día en que la serenidad y la fortaleza moral de Lejderman lo derrotó ampliamente.  Vinieron las nuevas demandas judiciales iniciadas por Nicolás Barrantes, Benjamín Angel Castillo, Nelson Rodríguez y Hugo Toledo, acompañados por 20 demandantes, entre ellos Eliana Rodríguez Dubó, Oscar Olivares… Ellos hacen relatos desgarradores de la participación de Cheyre. Para ellos el “nunca más”, no solo sonó a estratégico y falso, sino también una cruel burla para sus víctimas, que han debido hacer muchos esfuerzos para que sean escuchados por las autoridades pertinentes y aún por sus propios entornos políticos.

La línea argumentativa de la defensa de Cheyre en los tribunales, sigue el recurrido argumento esgrimido por los represores, que se han creído por encima de la ley y que desprecian a sus adversarios, incluidos a los jueces que le resultan adversos. Para ellos, los acusadores son personas mal intencionadas, desorientas, poco creíbles, mentirosas o resentidas sociales

Estos acusadores forman parte del “lumpen” como dice la reciente carta de Miguel Krassnoff al actual Comandante en Jefe del Ejército, buscando deslindar responsabilidades personales de sus funciones represivas.

El otro como persona, opuesto a los intereses de los acusados por violación a los derechos humanos, es sistemáticamente negado como persona. Cheyre, también recurre a las misma estrategia de negar, ocultar o deformar su propia responsabilidad, al minimizar sus acciones, al no enfrentar su propia conciencia. Busca rebajar a sus acusadores a la categoría de mentirosos, a gente que no merece credibilidad alguna. Un fallo adverso de la Justicia, será difícil de digerir para el ex Comandante y lo encontrará un desquiciamiento de la justicia.

Hoy está en juego, con el juicio a Cheyre, llevado durante varios años por el Ministro Mario Carroza, y ahora por el Ministro Vicente Hormazábal, la verdad del pasado y sí tendremos o no justicia efectiva en este caso.

También está en juego la manera en que los chilenos queremos enfrentar – en democracia- la relación entre víctimas y victimarios de la dictadura cívico militar de Pinochet. Estas vivencias provenientes del pasado, no nos terminan de atormentar, porque parece no haber arrepentimiento alguno entre los destacados oficiales chilenos que han participado en un gobierno demostradamente genocida y que ellos consideran normal y aún necesario.

Hay dos lecciones para la sociedad chilena que emanan de la trayectoria de Cheyre. Una es que no nos dejemos engañar con la fácil promesa del cambio institucional. Las Fuerzas Armadas de Chile serán realmente subordinadas al poder civil cuando el Estado de Chile tenga la voluntad de hacerlo, lo que requiere un gran acuerdo político. Y esto aún no ocurre. Nada de esto vendrá de la autocrítica interna a los institutos armados.

Y  la segunda lección es que siempre hay que ponerle oído a las víctimas de la represión. La justicia  y la verdad histórica no deben ser sacrificadas en nombre del crecimiento económico o de cualquier coyuntura social o política.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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