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Abrir los 90: una reflexión a partir de los premios Nobel de Literatura 2018-19

por 13 octubre, 2019

Abrir los 90: una reflexión a partir de los premios Nobel de Literatura 2018-19

Crédito: DW

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La academia sueca nos ha abierto una puerta. La entrega de los premios nobel de literatura de los años 2018 y 2019 a Handke y Tokarczuk nos lleva de la mano a pensar que es tiempo de mirar los 90, volver a abrirlos y a pensarlos, buscar también en ellos partes de nuestro tiempo.
Hay que volver a mirar las caídas. los 90 como período de colapsos de respuestas truncas y explosiones ilusionadas, no es sólo la cortina de hierro que se descascara como metal corroído por la furia de los tiempos, es también una idea de Europa la que se cae, hay una forma de convivir la que se va detrás de la guerra fría. Esto que parece una obviedad, nos da pistas sobre el tiempo que nos pare, un tiempo donde el optimismo fue cooptado, fagocitado por reunificaciones en desnivel que terminaron dañando identidades comunitarias complejas, no es solo economía, pero también lo es, es comprender la distancia existente entre un campo en Rumania y el distrito financiero de Zúrich, y comprenderlo en el discurso de la unanimidad, donde la OTAN es transversal y el enemigo invisible.
Pero también los 90 nos traen los Balcanes como fuego, y de nuevo la profecía de la violencia, y de nuevo vimos pueblos pobres, mundos rurales y formas de vida quebradas como vidrios, motivadas por manos largas, extendidas desde los centros de poder a los que este mundo de multiculturas les resultaba (y les resulta) incomodo.
Y así, caminamos los 90 con las imágenes de Kusturika y la diversidad olvidada en la Europa olvidada, y vimos la poesía de Win Wenders buscando la trascendencia de un humano ensimismado, incapaz de entender la belleza de lo simple, borracho de ciudad, mientras Angelopolus, en la Mirada de Ulises, nos muestra a Lenin, agotado ya, retirándose, yaciendo en un barco que cruza los ríos del interior, mientras, de nuevo, los pueblos pobres, los del rio, se acercan a la orilla y lo despiden en la incertidumbre de no saber bien que tiempo es ese.
Hoy la academia sueca ha premiado dos figuras de la Europa en sordina, no la de las grandes ciudades ni el gran capital, ni Londres, ni Berlín, ni siquiera Varsovia, se abre la puerta al relato de ilusiones y búsquedas humanas de un mundo que no termina, a pesar de todo, de dejar atrás el campo, los ríos, los bosques y donde enfrentarse a la modernidad aparece como un trauma, incluso estético, donde quizás sea el arte, la literatura, el mejor lugar donde mirar la reflexión profunda, emotiva, compleja, de una humanidad que se resiste a perder, al menos en la fantasía, el refugio del ser, la armadura para estos tiempos complejos, que quisieran homologar la Europa de los ríos a la edad media y los años 90 a un relato de una sola voz.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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