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Lo chileno y su contradictoria hegemonía

por 26 septiembre, 2020

Lo chileno y su contradictoria hegemonía
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En septiembre, el discurso sobre “lo chileno” flamea como las banderas en los balcones. Aparece y se escucha en los gritos y consignas expresadas en los hitos que marcan este mes. Se observa tanto en la profunda herida conmemorada el 11 de septiembre como en las festividades del 18 y 19, momento en que se festeja en un ambiente que ilusoriamente nos iguala a todas y todos. Se podría decir que este discurso sobre “lo chileno” –que nos envuelve desde hace casi cincuenta años–, alcanza su clímax dentro de un entorno, por lo menos, contradictorio. En una sola semana, se transita de un evento de sangre que nos divide hasta hoy, como fue el golpe de Estado cívico-militar, a una celebración que nos equipara como habitantes de un mismo proyecto-país en la cual, de paso, homenajeamos a quienes ejecutaron el acto de división.

A diferencia de otros años, este mes de septiembre presenta un contexto particular. Desde hace semanas, recurrir a “lo chileno” comenzó a ser utilizado como un argumento en la toma de decisiones entre algunas autoridades y sectores políticos. Basta con recordar el reciente paro de camioneros, que paralizó nuestro país en un grave momento de la emergencia sanitaria e intentó ser justificado “en nombre de los chilenos”. Muchas dudas se generaron con esta movilización, particularmente tras quedar en evidencia que el petitorio coincidía con la agenda legislativa del gobierno en materia de Seguridad e Inteligencia, así como por las denuncias sobre el trato preferencial que recibieron dichos manifestantes por parte de Carabineros. Figuras de Gobierno como Jaime Bellolio, así como los voceros de este gremio, se permitieron decir que este paro era apoyado por “los chilenos” que no deseaban más violencia en la región de la Araucanía. Incluso el mismo ministro del Interior Víctor Pérez respaldaba a los camioneros señalando que "los chilenos queremos vivir en paz y el gobierno va a trabajar duramente para que eso sea realidad". Esto, a pesar de que encuestas de opinión pública como Pulso Ciudadano, señalaban que la mayoría de la ciudadanía estaba en desacuerdo con la movilización y que, prácticamente, el 40% de las y los chilenos estaba a favor de que se aplicara la Ley de Seguridad del Interior del Estado a los dirigentes de este gremio.

Este ejemplo de hablar en nombre de “los chilenos” es sin duda una de las discursividades (práctica y discurso) más arraigadas en nuestra política durante el último siglo. Se recurre a ella cuando se toma una decisión sin respaldo político ni ciudadano. En muchas ocasiones se compone de una moral basada en el amor a la patria y en un grado no menor de machismo (ya que en ningún momento se habla de y desde “las chilenas”). El creer saber “lo que los chilenos quieren” ­­­­–frase que ha marcado el discurso de las autoridades–, se basa en el espejismo de pensar que todas y todos piensan, experimentan y sienten “lo chileno” de igual forma, viviendo el mismo horizonte de expectativas materiales, socioeconómicas y culturales, las que sabemos en nuestro país están marcadas por una profunda desigualdad.

El uso que se le da a “lo chileno” demuestra que se trata de una noción bastante contradictoria y excluyente. Si tomamos, por ejemplo, lo que los grupos conservadores entienden de ella, quienes por lo general buscan monopolizar esta discursividad, encontramos ambas características presentes. Las recientes manifestaciones por el Rechazo permiten apreciar estos dos elementos. En primer lugar, encontramos la contradicción entre el discurso sobre lo nacional del que dicen ser portadores y el recurso a emplear banderas de Estados Unidos y de la campaña presidencial de Donald Trump. ¿Cómo entender que “lo chileno” se represente en la bandera de un país extranjero y en su cuestionado presidente? ¿su visión se identifica mucho más con un estadounidense que con la chilenidad de los personajes retratados, por ejemplo, en las crónicas de Pedro Lemebel? En este sentido, “lo chileno” se entiende más bien como una aspiración a imitar otra cultura y no como un rescate de tradiciones arraigadas, es decir, en la representación de nuestra cultura nacional que dicen defender.

 

En segundo lugar, la exclusión emerge en las palabras que utilizan figuras asociadas a este sector, como se ha visto en declaraciones de Sebastián Izquierdo o de la diputada Camila Flores, para quienes “lo chileno” sería representado por la “gente de bien” o los “bien nacidos”, mientras que este no sería el caso para otras y otros compatriotas. Más allá del clasismo encubierto, lo excluyente de este discurso es que no cualquiera tiene el derecho de ser parte de “lo chileno”, ya que se deben compartir ciertos valores “tradicionales” –con respecto a la familia, a las orientaciones sexuales o al origen étnico–, y una admiración sin cuestionamientos al accionar de las Fuerzas Armadas y de Orden. Lo grave es cuando esta creencia excluyente se vuelve recíproca entre quien admira y el admirado, rompiendo con el pacto social de que todas y todos tenemos derecho a ser tratados de la misma manera por las autoridades y las instituciones. Sobre este punto, y en el marco de la polémica por el trato preferencial que reciben algunas manifestaciones, no dejan de ser significativas las declaraciones del General Rozas del 15 de septiembre: la institución cuenta con el respaldo de la “gente de bien”.

A pesar de las opiniones de las y los compatriotas a favor del Rechazo, de ganar la opción Apruebo, la nueva Constitución deberá afrontar este debate sobre “lo chileno”. ¿Cuál será la cultura chilena representada en la nueva carta magna?, ¿qué será “lo chileno” en términos de modelo socioeconómico o desde una perspectiva cultural? Tomando estas interrogantes, el futuro debate tendrá que abordar no solo las contradicciones exhibidas y los monopolios que puedan ejercer algunos grupos o líderes políticos sobre nuestra identidad. También le corresponderá derribar a uno de los pilares bajo los cuales la desigualdad de las y los chilenos ha sido encubierta. “Lo chileno”, en tanto discurso homogeneizante, nos ha impedido vernos y reconocernos distintas y distintos, nos ha aturdido al punto de confundir, por ejemplo, la caridad con la solidaridad. Hablamos de ese discurso que, por ejemplo, destaca la solidaridad individual de los chilenos, al mismo tiempo que no permite avanzar en una sociedad e instituciones basados en verdaderos principios de solidaridad y bienestar colectivos. Sin embargo, el estallido social y la pandemia han comenzado a trizar definitivamente su impronta. Una nueva fórmula discursiva ya apareció: “Chile despertó”, la cual debe ser el punto de inicio para que todas y todos podamos resignificar y hacer converger lo que pensamos debe ser “lo chileno”.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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