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Después de la tormenta, surgen las preguntas: ¿hacia dónde van nuestros afectos?

por 21 septiembre, 2021

Después de la tormenta, surgen las preguntas: ¿hacia dónde van nuestros afectos?
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Antes que nada, me gustaría aclarar que este texto no aborda las implicancias políticas, éticas, legales del “caso” Rodrigo Rojas Vade (aka Pelao Vade). Ahondar una vez más en ello, para mí es tiempo perdido, los dados están echados y lo que ocurra con la Convención Constitucional es parte de su propio camino. Puede que todo lo acontecido en este insólito hecho sea una manifestación más de los tiempos que corren, los ingredientes permitirían especular en este sentido: mentira, espectáculo, atracción por el sufrimiento, políticos versus independientes, personalismo, entre otros. Pero propongo aventurarnos y trasladarnos a lo que se bautizó como el “estallido social”.

Aquí no se trata de cuestionar las legítimas demandas que surgieron el 18 de octubre del 2019, sino explorar el modo en el cual estas fueron puestas en escena. Si bien aún no logramos dimensionar la complejidad y profundidad de lo sucedido, también es cierto que durante los meses del estallido la Plaza Baquedano no solo fue renombrada, resignificada, también fue el lienzo de diferentes manifestaciones profundamente estéticas. Así, desde el juego/protesta de las linternas verdes, que emulaban los videojuegos, la proyección de mensajes y el uso del cuerpo como un ícono. Entre ellos, el de Rojas Vade, el cual se expuso usufructuando de la imaginería del enfermo.

Los días posteriores a la revelación de la mentira del Pelao Vade, en un ejercicio de exploración, hablé con un adolescente sobre el “caso”. Sus palabras me conmovieron, había en él un debate interno, donde intentaba separar y conciliar los hechos. Señalaba cuestiones como “lo humano” y “el error”. ¿Cómo no estar contrariado si alguien a quien admiras, de un momento a otro, se transforma en un engaño? Más aún, cuando para este adolescente –como muchos otros y otras– este personaje era “seguido” desde el estallido. Uno de sus símbolos. El adolescente interrogado, con resignación manifestaba que era imposible una “defensa”, pero no le resultaba simple desprenderse de los afectos por esta figura. ¿Quién no ha estado en una situación similar? Tanto en el plano personal como en relación con personajes públicos que concentran una suerte de atributos y fantasías que, sabemos, escasa relación tienen con un ser humano de carne y hueso.

Lo cierto es que lo acontecido con el llamado Pelado Vade excede la relación entre imágenes y emoción, pero, sin lugar a dudas, buena parte de esta historia se trata de emociones y la manifestación de una identidad. Rodrigo Rojas Vade se paseó por Plaza Dignidad con un catéter expuesto, y a nadie le sorprendió. Incluso escuché a un constituyente comentar su asombro cuando el mismo Pelao Vade le señaló que llevaba más de cincuenta sesiones de quimioterapia, pero no lo cuestionó. ¿Por qué? La ensayista Maggie Nelson para comprender esto utiliza su propia experiencia con la icónica imagen del “hombre Malboro”, una publicidad que circuló, modificando al modelo, desde la década de 1950 hasta casi llegado el año 2000. Básicamente, se presentaba un hombre que apelaba a los lugares comunes de lo “varonil” y fumaba la marca de cigarrillos en cuestión. Nelson se pregunta por qué esta imagen la ha acompañado por años si, como señala, es “basura”, si es “kitsch”. Porque la ha seducido, “ha apretado un botón que estaba listo para ser apretado, y respondí”, explica.

Hoy, desde Vade hasta Loncon son imágenes que circulan en una cultura determinada por su carácter visual. Desde la historia del arte y los estudios visuales, este fenómeno se ha denominado el giro pictórico, lo cual para el filósofo Jacques Rancière implica que ya no es posible comprender las imágenes como un reflejo, una representación de “algo”, sino que ellas mismas están dotadas de contenidos. Más aún, son organismos vivos disponibles para interactuar con nosotros. En un mundo que exalta los símbolos y nos abruma con la producción de imágenes, autores y autoras como Rancière y Nelson nos invitan a realizar una pausa. Pues si doscientos años de imágenes no han cambiado el mundo, tal vez lo que requerimos es dar un paso al costado y observar. Ya que el mundo no ha girado hacia el bien común, pero este régimen de la imagen sí nos ha modificado y lo seguirá haciendo.

Una digresión. Hace un par de semanas conocimos la noticia sobre la reunión de ABBA. Pese a que su última aparición pública fue alrededor de 1982, hay expectativas. No obstante, esta resurrección se llevará a cabo de la mano de las tecnologías digitales: el nuevo material se presentará en formato holograma. Es decir, ABBA realizará una gira de su nuevo disco utilizando una técnica de visión gráfica que ya fue usada, por ejemplo, para el espectáculo de María Callas, que no solo revivió su voz, sino también a ella misma.

La investigadora y activista Tiziana Terranova, quien enfoca su trabajo en los efectos sociales de las tecnologías digitales, se pregunta por cómo serán las relaciones entre las y los individuos cuando sus ídolos no encarnen ni representen un otro, sino que sean realidades virtuales. Terranova, junto a la investigadora Luciana Parisi, profundizan en las implicancias de la estética digital, cuyo potencial desdibuja la relación entre realidad y ficción. En una cultura de medios digitales, se ensancha la diferencia entre el uso espectacular de la simulación computarizada de las imágenes, en películas como The Avengers y su década de secuelas, y la producción de sensaciones que pueden generar videojuegos como Resident Evil, donde en espacios domésticos, claustrofóbicos, como un dormitorio, el individuo establece un vínculo que involucra todos sus sentidos para existir en una realidad virtual, que experimentamos sin un cuerpo. Sin carne y sin huesos.

La creciente prevalencia de la imagen y la estética digital desafía la relación entre la noción de sí mismo y el otro, la realidad y la apariencia. Desafía, sobre todo, la posibilidad de experimentar emociones subjetivas. Porque si algo nos mostró el episodio de Rodrigo Rojas Vade es que aún existe una esfera pública, un mundo común, que nos convoca, aunque sea para enfrentar el engaño y la desilusión que nos provoca. No obstante, en un mundo biocibernético, ¿cuáles serán las posibilidades de relación? ¿Qué nos reunirá? Precisamente esta es la inquietud de Hannah Arendt frente a la sociedad de masas, cuyo colapso estaría dado en el momento en que los vínculos humanos no fueran tangibles. ¿Significa esto el futuro? No lo sé. Pero sí la urgencia por hacernos preguntas.

 

Paula Espinoza O., es directora ejecutiva de la Fundación Saber Futuro. Licenciada en Lengua y Literatura Hispánica, de la Universidad de Chile, y Magíster en Teoría e Historia del Arte de la misma universidad, es también coautora, junto a Giorgio Jackson, de Copia o Muerte. Una decisión urgente para nuestra sobrevivencia (2019, Saber Futuro).

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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