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Un conservadurismo acelerado Opinión

Un conservadurismo acelerado

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Agustín Squella
Por : Agustín Squella Filósofo, abogado y Premio Nacional de Ciencias Sociales. Ex miembro de la Convención Constituyente.
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La baja liberal que se nota hoy no pareciera producida por el aumento de los conservadores, sino más bien por la deserción de los liberales, deserción que comenzó hace un buen tiempo, incluyendo a no pocos socialdemócratas y socialcristianos.


No parece haber dudas de que, incluido nuestro propio país, se está experimentando un giro conservador en materias políticas y sociales. Un giro que, por ponerlo en esos términos, no consiste en subir lentamente cada peldaño, sino en quedarse pegados en un mismo peldaño y, cuando no, en bajar desde aquel por el que se había ya pasado.

Las causas de ese fenómeno –o, mejor, los antecedentes del mismo– son varias, partiendo por los efectos de la reciente y aún no del todo estudiada pandemia, las crisis económicas, la impetuosa fuerza de las migraciones y la creciente inseguridad producto de nuevas y poderosas organizaciones del crimen –eso a nivel global– y, ahora en el ámbito plano local, la violencia de un estallido social que hizo casi olvidar los masivos y pacíficos movimientos de protesta de 2019, el persistente problema político en La Araucanía y los desórdenes y desmesuras de los dos procesos constituyentes que hemos tenido recién.

¿Cómo no volverse conservador en un cuadro como ese, en ocasiones azuzado y hasta distorsionado por obra de los más poderosos? Empezamos todos a cuidarnos las espaldas y hasta a mirar continuamente hacia atrás, en aplicación de la exacta y graciosa advertencia de Ray Bradbury: “Si voy de frente, soy liberal; pero en cuanto a mi trasero, soy conservador”.

No es necesario ni tampoco fatal tener todos o la mayoría que transformarnos en conservadores a raíz de los antecedentes ya mencionados, pero se puede entender que las cosas hayan tomado ese curso y que, crecientemente, empiece no solo a entenderse lo que pasa, sino a validar la deriva conservadora en marcha. No es raro admitir que, cuando las cosas cambian, se modifican también las percepciones, sentimientos e ideas de las personas. El temor, que ya ha cundido en varios planos o aspectos de nuestra vida en común (y no únicamente en temas de seguridad), es una de las emociones más extendidas y potentes del género humano. Se trata del combustible acelerante de toda oleada conservadora.

Desde una perspectiva liberal, podemos espantarnos ante la arremetida conservadora, pero es un hecho que vamos a continuar en minoría, y quizás por cuánto tiempo, apoyado el conservadurismo reinante incluso por una doctrina liberal, o que se dice tal. Me refiero al neoliberalismo, rebautizado hoy como “libertarismo”, y a las lógicas de esa doctrina que se presenta como dueña del sentido común y no de los intereses en juego.

Es posible y necesario tolerar, o cuando menos aguantar, el conservadurismo de la hora presente, o, más bien, la actual arremetida de la ola conservadora en que nos encontramos  braceando, aunque el riesgo es que de conservadores nos transformemos en reaccionarios, los reaccionarios en autoritarios, y estos últimos en partidarios de alguna dictadura. Parece mucho recorrer un camino como ese, pero nunca se sabe. Las fronteras divisorias son tenues, porosas, y puede estar teniendo lugar, ahora mismo, parte del tránsito que tememos, especialmente el de los conservadores a los reaccionarios y el de estos al autoritarismo.

La baja liberal que se nota hoy no pareciera producida por el aumento de los conservadores, sino más bien por la deserción de los liberales, deserción que comenzó hace un buen tiempo, incluyendo a no pocos socialdemócratas y socialcristianos, con una abundancia de guiños, favores y sonrisas de condescendencia, o ya de franca aprobación, tanto global como localmente, con lógicas y políticas neoliberales que, luego de su primer y potente aire a finales del siglo pasado, empiezan a tener ahora un segundo y probablemente más solapado aire.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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