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Una revolución feminista

por 14 marzo, 2019

Una revolución feminista
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Ya se ha dicho en todos lados, lo que sucedió el pasado viernes 8 de marzo fue histórico. Fiel reflejo de un momento histórico que marca el inicio de una nueva época, donde las niñas y las mujeres estamos protagonizando verdaderos cambios culturales, que bien podrían considerarse como una revolución: la revolución feminista de inicios del siglo XXI. Algunas teóricas feministas, como Rosa Cobo, dicen que estamos ante “La cuarta ola del feminismo”, otras, como Milagros Rivera, dicen que asistimos a “El fin del patriarcado”.

Como sea, tanto en Chile como en el resto del mundo, las niñas y las mujeres nos cansamos de quedarnos calladitas y de agachar el moño, no queremos sufrir más abusos ni humillaciones en contra de nosotras y de nuestros cuerpos, por eso, estamos llevando a cabo diferente acciones para exigir estos cambios culturales, por eso estamos haciendo denuncias con fuerza y valentía (a través de libros testimoniales, funas o movimientos como el #Metoo o #cuéntalo), al tiempo que estamos luchando en las calles para exigir más derechos e igualdad.

¿Por qué las niñas y las mujeres estamos reclamando?

Hagamos una breve revisión de algunos aspectos que simbolizan la injusticia que vivimos a diario y que la gran mayoría de las mujeres lo ha vivido, alguna vez, a lo largo de su vida, más allá de la posición social que ocupe. A pesar de algunos avances, cada cumpleaños o cada navidad, las niñas reciben regalos que les enseñan que ellas son las encargadas de cuidar a las guaguas, hacer el aseo y verse bonitas, así funcionan los estereotipos de género. En cada clase, las niñas aprenden que la Historia (con mayúscula y en singular) la hacen los hombres, leen casi puros libros escritos por ellos y aprenden que la química es algo que ocurre en los laboratorios y no en la cocina de sus madres; a medida que avanzan de curso, las niñas van perdiendo confianza en sí mismas y empiezan a sentirse inseguras y tímidas (las estadísticas así lo muestran). Otras violencias “invisibles” que recaen sobre sus cuerpos son las letras machistas de ciertos estilos musicales, como el reguetón que ve los cuerpos femeninos como un objeto sexual, también se enfrentan a la presión por ser eternamente delgadas -a base de estrictas dietas o trastornos alimenticios- y jóvenes -con todo un mercado de intervenciones quirúrgicas-.

Una vez que ingresamos al mercado laboral, las mujeres ganamos menos que los hombres en los mismos puestos y está registrado que realizamos una mayor carga de trabajo doméstico y de cuidado, de modo gratuito. A medida que se avanza en los puestos directivos, se constata que hemos sufrido una exclusión permanente, lo que se ha llamado “El techo de cristal”, una barrera cultural que nos impide llegar a las más altas esferas del poder y la autoridad.

Además, en esta civilización patriarcal, las niñas y las mujeres vivimos una guerra constante contra nuestros cuerpos, tan antigua como aberrante que se expresa mediante el acoso y el abuso sexual; si llegamos a sufrirlo, debemos sentirnos culpables, seguro que algo hicimos para provocarlo y nunca denunciar (porque nadie nos va a creer), mientras que no se enseña a los niños y a los hombres a no abusar ni a violar.

Como vemos, nos sobran motivos para reclamar y exigir justicia, los avances obtenidos hasta la fecha son, a todas luces, insuficientes y precarios. Una movilización tan masiva y multitudinaria como la que tuvimos el pasado 8 de marzo demuestra que estas exigencias son compartidas por gran parte de la ciudadanía y representan un llamado urgente para realizar acciones que permitan un verdadero cambio. Sin duda, esta marcha tendrá un gran impacto social y político, lo primero que debemos hacer es reconocer que la situación de las niñas y las mujeres todavía es injusta. Por eso, se requieren nuevas políticas públicas que gestionen efectivamente estas demandas y, al mismo tiempo, todas y todos debemos realizar verdaderos cambios culturales.

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