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La belleza del lenguaje de Parra: versos octosilábicos, rima fácil y la picardía de las payas

por 5 septiembre, 2014

La belleza del lenguaje de Parra: versos octosilábicos, rima fácil y la picardía de las payas
Hoy Nicanor Parra cumple 100 años y en tan tremenda ocasión la poesía, los poetas y el país completo deberían estar brindando por él, por su vida, por su talento, por su antipoesía, por su obra entera, porque su escritura desmitificadora e iconoclasta se paró ante nuestros ojos hace sesenta años y se mantiene aquí más viva que nunca en este mundo que se vuelve más antipoético cada día. ¡Felicidades, Nicanor! Happy Birthday to You!
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*La primera vez que me encontré con un poema de Nicanor Parra no fue en la sala de clases. Tengo la certeza casi total de que nunca se me dio a leer un poema de Parra mientras fui estudiante liceano. Nunca vi un poema suyo en el aula en esos seis años de enseñanza secundaria. Poesía poco y nada. En verdad, fue más nada que poco, como era común en esos días y tal vez ha de seguir ocurriendo hasta hoy en las escuelas y liceos de nuestro país de poetas, y en las escuelas de buena parte del mundo.

La poesía es difícil, dicen algunos profesores. La poesía es difícil, repiten por doquier los estudiantes. Y como ni unos ni otros hacen ni el menor intento por romper la burbuja de ese miedo a la enorme e inexplicada dificultad de la poesía, simplemente no se hace leer poesía en nuestras escuelas y liceos, para mal de todos. De modo que no me es difícil recordar el año que me dio clases de castellano Edgardo Sánchez, puesto que ese año sí que leímos poesía. ¡Y cómo la declamaba el profe! Recuerdo que Edgardo, que además de mi profesor era mi vecino –y a veces se iba al liceo sentado en un carretón para deleite o extrañeza de todos– nos hizo leer y nos leyó en clase poemas de Óscar Castro y de Carlos Pezoa Véliz. Tal vez nos haya leído a otros poetas, pero la verdad es que los que mantengo vivos en la memoria hasta hoy son algunos de esos poemas de Óscar Castro y de Pezoa Véliz obligados a memorizar en esos días por Edgardo Sánchez, en el Liceo de Castro. Pero de Nicanor Parra, ¡nada de las nadas!

Mi encuentro con Nicanor Parra fue tan antipoético como imagino que debe gustarle a él que sean los encuentros con su poesía. Debo haber estado en segundo o tercero de humanidades, cuando los estudiantes de un sexto año se propusieron la tarea de poner un diario mural en uno de los patios cubiertos del viejo liceo. Como todo proyecto impulsado por el profesor jefe, y hecho de mala gana por los estudiantes, el diario mural fue renovado “religiosamente” todas las semanas, hasta que el profe, confiado en la diligencia y aplicación de sus pupilos, dejó de vigilar si se seguían haciendo los cambios con la periodicidad acordada. De modo que con el paso de las semanas el diario mural pasó de moda y ya no atrajo la atención de ningún lector. Asimismo, empezaron a desaparecer los recortes, las noticias, las fotografías y todas las demás colaboraciones que cubrían por completo la cartulina, con la excepción de un extenso poema en cuartetas asonantadas que me encantó desde que lo descubrí.

Diría que se produjo un amor a primera vista entre ese poema y yo. Un amor a primera vista nacido no tanto por el tema ni por la belleza de la poesía sino por el lenguaje, la rima fácil, el verso octosilábico y esa picardía tan propia de las payas y de toda la poesía popular y campesina, que nunca había visto hasta entonces en un poeta de esos que publican libros.

El poema en cuestión era “El chuico y la damajuana”, y cito algunas de sus estrofas para que quienes no lo conozcan o lo miren por debajo del hombro sin darse cuenta de la travesura tremenda que le hace Parra a la poesía “culta”, empiecen a leerlo, a disfrutarlo y a mirarlo con otros ojos, más abiertos a la picardía y la novedad.

El Chuico y la Damajuana
Después de muchos percances
Para acabar con los chismes
Deciden matrimoniarse.

Subieron a una carreta,
Tirada por bueyes verdes
Uno se llamaba ¡Chicha!
Y el compañero ¡Aguardiente!

Como era pleno invierno
Y había llovido tanto
Tuvieron que atravesar
Un río de vino blanco.

Tan bien se sentía el Chuico
Juntito a su Damajuana
Que el sauce llorón reía
Y el cactus acariciaba.

Cómo no le iba a gustar al niño que yo era en ese entonces un poema como éste que parecía “pura travesura” y que me hacía recordar los versos que improvisaba mi abuelo Juan allá en las alturas de Tantauco cada vez que estaba alegre y en buena compañía. Aunque esos mismos “cada vez”, sus hijas, vergonzosas como eran las campesinas chilotas de entonces, no le permitían que se lanzara a cabalgar a todo galope con la guitarra y la rima porque los versos muy pronto podían subir de tono y de color, y mis tías se pondrían coloradas como tomates y, seguramente, para adentro, pensarían que no era bueno que su papá, “el fiscal de Tantauco”, se pusiera a improvisar esas décimas de tono tan subido.

Esos versos campesinos, improvisados mientras se compartía la amistad, eran los que me recordaban estos de Nicanor Parra, de quien sólo sabía que era un poeta chileno, que había nacido en San Fabián de Alico, en las cercanías de Chillán, y que había escrito el poema “El Chuico y la Damajuana”.

Qué ingenio tremendo veía el niño de entonces en el hecho inaudito de personificar al señor Chuico y a la señorita Damajuana y llevarlos al altar a “matrimoniarse” para acabar con los chismes de esa sociedad pacata y pueblerina que se mete en lo que debe y, con mucho mayor interés y dedicación, en lo que no debe.  Pero allí no se acababa la fiesta que estaban celebrando las palabras, una fiesta grandiosa y alegre en la que todo podía ser todo, al mismo tiempo que cada cosa podía ser otra. Puesto que los bueyes no eran overos ni claveles en el poema sino que “verdes”, completamente verdes. Tan completamente verdes los imaginaba yo, muerto de la risa, que debía ser ‘otra gran fiesta’ la que tendrían sus dueños para encontrarlos en medio del monte o de los cerros igualmente verdes.

Y como si fuera poca la trifulca armada, recién iniciado el poema, en esa misma estrofa nos soltaba los nombres de los bueyes, que no eran los tan conocidos y repetidos sin mucha alteración en cualquier lugar del campo chilote, sino que “Chicha” y “Aguardiente”. Asimismo, por los ríos corría a sus anchas el vino blanco, el sauce llorón reía a más no poder y hasta el cactus cubierto enteramente de púas, enternecido por la ocasión, se había puesto acariciador.

Cincuenta años después de ese encuentro fortuito me pregunto: ¿aparece este poema de Parra en alguna en las tantísimas Antologías de Poesía Infantil que se publican por allí? Yo espero que esté en alguna, como también espero que se encuentre en los programas de estudio de la enseñanza básica chilena. Si no es así, mi esperanza debería cambiarla por un doloroso y correctivo tirón de orejas tanto para los antologadores como para los creadores de los programas de estudio de nuestros niños.

¿Se habrán dado cuenta esos señores y señoras –“y esto lo digo con todo respeto”, como diría Parra– de todo lo que se puede enseñar y aprender de un poema como éste? Pensemos nada más en todo lo que se puede aprender de métrica y otros elementos literarios; pensemos en la picardía del lenguaje y la cultura tradicional; pensemos en la tremenda creatividad que hay en este poema aparentemente tan simple; pensemos en la tremenda libertad y seguridad que le dará al niñito o la niñita saber que, si hace el intento, podrá escribir versos con las mismas palabras que usa todos los días.

El poema es bastante más largo y quien quiera leerlo, copiarlo o aprendérselo de memoria, en este tiempo en que ya no se usa la memoria ni para saberse los números de teléfonos de los parientes o amigos, podrá hacerlo en cualquier antología de Nicanor Parra o, más fácil todavía, buscando en internet.

Pero quiero contarles que aunque hubiera querido quedarme en esa época en que no hay demasiadas obligaciones y en que basta algo tan sencillo como la lectura de un poema para sentirse alegre y feliz, tuve que seguirles el tranco a los años y, con ellos, llegué a conocer más a Parra y a encontrarme con un poema completamente opuesto al anterior. Un poema brevísimo, en verso libre y sin rima. ¿Y dónde está la poesía aquí?, debo haberme preguntado al encontrarme con ese textito que no me sonaba de la misma manera como me sonaban los otros poemas. ¿Dónde estaban la rima y el ritmo? ¿Dónde la cadencia? Y, especialmente, ¿por qué miéchica era tan corto?

El poema encontrado muchos años después se llamaba “La montaña rusa” y, en esos años de La Guerra Fría el lector bien podría haber pensado que se trataba de una montaña de Rusia. Además que por ese tiempo Nicanor había publicado un libro titulado Canciones rusas. Pero esta montaña no tenía nada que ver ni con lo uno ni con lo otro. “La montaña rusa” del poema no aludía a ninguna elevación del terreno de ninguna parte del mundo sino que era una brevísima descripción de su propia poesía, es decir, de la antipoesía. La montaña aludida no era parte del paisaje natural ni pertenecía a ninguna cordillera de ningún lugar del planeta sino que era una montaña rusa de esas que hay en los parques de diversiones y a las que los clientes se suben –para disfrutar,  para sufrir, o ambas cosas juntas– después de adquirir un boleto para vivir la experiencia. El poema dice así:

La montaña rusa

Durante medio siglo
La poesía fue
El paraíso del tonto solemne.
Hasta que vine yo
Y me instalé con mi montaña rusa.

Suban, si les parece.
Claro que yo no respondo si bajan
Echando sangre por boca y narices.

No voy a entrar en detalles de lo que dice el poema, pero a cualquier lector le quedará muy claro que la poesía de Parra ha llegado para desmoronar todo el andamiaje de la poesía anterior a la suya –la poesía del tonto solemne–, y que se ha instalado aquí para quedarse, para derrumbar todos los mitos. Aunque, seguramente, también para crear otros.

Hoy Nicanor Parra cumple 100 años y en tan tremenda ocasión la poesía, los poetas y el país completo deberían estar brindando por él, por su vida, por su talento, por su antipoesía, por su obra entera, porque su escritura desmitificadora e iconoclasta se paró ante nuestros ojos hace sesenta años y se mantiene aquí más viva que nunca en este mundo que se vuelve más antipoético cada día. ¡Felicidades, Nicanor! Happy Birthday to You!

*Carlos Trujillo es profesor Departamento de Lenguas Romances y Literatura de la universidad de Villanova, Estados Unidos.

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