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El bienestar de la cultura: subvención y subversión

por 23 octubre, 2018

El bienestar de la cultura: subvención y subversión
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Mientras la prensa y las redes sociales anuncian un porvenir desfavorable para el presupuesto de cultura 2019, tensionado por el aumento en general, pero con una importante reducción en áreas específicas. Voces preocupadas salen a imputar al gobierno la responsabilidad por el descuido de uno de los ejes principales de la cultura: el propio mundo de la cultura.

Ya no es noticia que los principales museos de la ex Dibam no cuenten, desde hace meses, con sus directores a cargo; ni que los centros culturales operen con su régimen a la medida, para designar sus autoridades bajo aquel nombre de fantasía de “cargos de confianza”. Tampoco a nadie le impresiona que el Museo Nacional de Bellas Artes tenga por al menos dos meses las salas correspondientes a la muestra histórica cerradas y que no importe que, aunque un número mayor de los visitantes lo hará por única vez en su vida, igualmente, esa única vez no puedan asistir a un recuento mínimo de lo que se ha hecho en los doscientos años de historia de la república en las artes visuales.

Haga lo que haga el gobierno, lo que se escuchará con fuerza es que le están quitando a los artistas y los cultores para darse a sí mismo, como ministerio, excusados en su instalación y bienestar. El tema es que no basta pensar que la izquierda se queja y golpea la mesa porque no haya artistas e intelectuales de derecha. Dejemos esa ingenuidad para otra reflexión.  Lo que ocurre es que hace rato que el arte subversivo se acostumbró a la subvención para poder imaginarse independiente y autónomo. Pareciera que nada se hace sin dinero, partiendo por el arte y la cultura.

En resumen, pareciera que el bienestar de la cultura, con un flamante ministerio apenas aprobado como institucionalidad, se haya convertido en una pléyade de ejes programáticos y actividades inaugurales sin mucha articulación, más bien anecdótico y que, sobre todo, no logra constituir –en serio– un programa cultural para Chile, además sin un presupuesto a la medida de lo ya conocido.

Es paradójico que ahora que, con el aplauso de muchos (en ambas cámaras por mayoría) el primer balance que se hace en cultura sea el de que estamos peor que cuando no había ministerio. Basta ver los resultados de la encuesta de consumo cultural recién publicadas. Pero claro, las cosas no han estado tan pacificas como para poder exigir a dicha cartera el mismo progreso programático que el resto del segundo gobierno del presidente Sebastián Piñera. Mal que mal, ha tenido una ministra, un ministro y luego otra ministra en lo que va del año. Aunque eso no es todo. Este prepuesto 2019, que da y quita –un 4% más total pero hasta un 30% a algunas fértiles instituciones señaladas– está levantando comentarios airados porque con el arte y la cultura no se juega.

La pregunta es ¿por qué le cuesta tanto a la derecha comprender el rol que tiene la cultura en la política en general? ¿Por qué pareciera que solo la izquierda sabe reconocer el peso que tiene el ministerio de la cultura? En resumen ¿por qué no asumen que con el diseño actual el ministerio de cultura es un estupendo ministerio de propaganda?

Basta ver cuánto más se deberá gastar en este disputado presupuesto en la implementación del ministerio mismo para comprender su alcance. Si tiene casi tres mil funcionarios, sin considerar su instalación. El aparato del Estado para poder alcanzar su estado de régimen –el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio– requiere que se invierta en la institucionalidad, y si para eso hay que desvestir un santo para vestir otro, parece que así será.

Nadie imaginó que sería un gobierno de derecha el que tendría a su cargo la implementación del Ministerio que fue celebrado transversalmente por el “mundo de la cultura”. Ese mundo cercano es el mismo que, mañana, tiene el potencial de transformarse en la más férrea oposición a la puesta en marcha de la nueva institucionalidad y que, por lo mismo, representa un desafío para este gobierno lograr ponerlo de su parte. Basta ver el paso fugaz del ministro defenestrado.

De este modo surgen, entre otras, algunas dimensiones sensibles que darán tema y trifulca: la primera, relacionada con el presente griego que le deja la Nueva Mayoría al gobierno de Chile Vamos, la organización del Ministerio mismo, a partir de la fusión de entidades históricas como Dibam, Consejo de la Cultura y el Consejo de Monumentos. Luego, están las políticas quinquenales que la administración anterior dejó sobre la mesa y que implican cientos de páginas con la redacción de líneas programáticas predefinidas para los años 2017-2022 en todas las áreas. Si se revisan con cuidado, resultan más que expresión de buenas intenciones, con toda propiedad, son lo que a la derecha llamaría: textos ideológicos. Así, la nueva administración se enfrenta a un conjunto de conceptos identitarios que rigen esos documentos (minorías, pueblos indígenas y migrantes entre otros). Criterios relacionados directamente más que con la política pública, con un marcado sello en la intensidad de la operación programática desde el centro metropolitano a las direcciones regionales que operan como agencias culturales provinciales. También ellas regidas por la metáfora de “cargos de confianza”, son verdaderos consulados en nuestra larga geografía. Y, finalmente, la gran ausencia, la urgente necesidad de un cambio en el sistema de los fondos concursables, que, en un sentido exactamente contrario a la realidad, se ha transformado en un factor predeterminado por las disciplinas tradicionales, materialidades demodés, técnicas y las tecnologías (como estamentos estancos), dándole la espalda a la interdisciplina contemporánea que repleta los discursos de la innovación y las industrias creativas. Los gremios, conservadores por antonomasia, van directamente al parlamento a hacer sus peticiones, como si de peregrinaciones se tratara.

Todo esto, sin contar con la otra promesa histórica, la TV Cultural, que -entre YouTube y Netflix- resulta un gesto anacrónico asombroso. Mientras los índices de audiencia de la televisión abierta caen vertiginosamente, mientras TVN pierde cincuenta millones por día, remotas referencias sesenteras proponen la TV como medio para entretener y educar.

Haga lo que haga el gobierno, lo que se escuchará con fuerza es que le están quitando a los artistas y los cultores para darse a sí mismo, como ministerio, excusados en su instalación y bienestar. El tema es que no basta pensar que la izquierda se queja y golpea la mesa porque no haya artistas e intelectuales de derecha. Dejemos esa ingenuidad para otra reflexión.  Lo que ocurre es que hace rato que el arte subversivo se acostumbró a la subvención para poder imaginarse independiente y autónomo. Pareciera que nada se hace sin dinero, partiendo por el arte y la cultura. Ese es quizás el mayor daño que le han hecho estas décadas de fondos públicos, desde el CNCA hasta el actual Ministerio, consolidar la “trampa de pobreza”. Si no hay plata no hay cultura, esa es la señal. Así es como se ha instalado un modelo que no fortalece las instituciones del Estado en cultura, ni la profesionalización, todo crece a la sombra de la cinta y el discurso. Darle a cada uno su poquito, ese es el bienestar, basta fijarse en lo que hizo la Concertación y la Nueva Mayoría. En cada uno de sus gobiernos, en la ficción de ser independientes y rebeldes, críticos y políticos, desde la comodidad del horizonte financiero del fondo concursable que año a año se renueva como un mito agrario. Es de esperar que el gobierno actual esté dispuesto a mirar de frente el espejismo de este bienestar, antes que las audiencias, los públicos y los espectadores se den cuenta que, entre presupuesto y presupuesto, entre programa y programa, lo que realmente se juega es el bienestar de los gremios, las artes y los cultores y harto poco el bienestar del resto de los chilenos.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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