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Película “La favorita”: la osadía de confundir

por 1 febrero, 2019

Película “La favorita”: la osadía de confundir
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En un comienzo, La favorita, el film más reciente de Yorgos Lanthimos, amenaza con ahogarnos en su mar infinito de detalles costumbristas. Esto no es habitual para el director griego, cuyas dos últimas películas, La langosta y El sacrificio del ciervo sagrado, hacían gala de un cuidado desacoplamiento emocional, una distancia que tendía a resaltar el carácter cuadrado, liso y opresivo de los espacios urbanos contemporáneos. La favorita, en cambio, nos transporta a un palacio inglés del siglo XVIII lleno de exceso decadentista, donde las pasiones humanas se expresan en forma abierta y brutal.

La vida entera parece estar gobernada por una serie de acuerdos carnales y emotivos que giran en espiral y que tienen su centro en la mismísima reina de Inglaterra. Pero no es su personalidad y sin duda no son sus creencias políticas las que gobiernan, sino su cuerpo físico. Aquel que logre calmar sus dolores o satisfacer sus deseos se asegura una cálida cercanía al poder.

Se trata de la corte de la reina Ana Estuardo, la primera monarca que reinó sobre una Gran Bretaña unificada y que perdió 17 hijos, sufrió siempre de una salud muy poco favorable y libró la guerra de sucesión española. Estos hechos históricos son retratados, pero de una forma oblicua que recuerda los esfuerzos de Mike Leigh en Mr. Turner, donde la reconstrucción del pasado histórico sirve, más bien, como una excusa para las exploraciones estéticas y morales, que dejan muy poco espacio para la verosimilitud.

En la corte, el tratamiento de las materias sexuales es descarnado y el deseo sexual es tratado como una pulsión biológica sobre la cual no se puede responsabilizar a los seres humanos poderosos. Las mujeres hablan de las violaciones que han sufrido con resignación, como si hablaran de una enfermedad que las asoló cuando niñas. Los nobles de la corte persiguen “romances” con las sirvientas haciendo gala de un pragmatismo que llega a causar risa y son recibidos o rechazados con el mismo pragmatismo. La vida entera parece estar gobernada por una serie de acuerdos carnales y emotivos que giran en espiral y que tienen su centro en la mismísima reina de Inglaterra. Pero no es su personalidad y sin duda no son sus creencias políticas las que gobiernan, sino su cuerpo físico. Aquel que logre calmar sus dolores o satisfacer sus deseos se asegura una cálida cercanía al poder. Quien la angustie, quien la haga tener miedo o sentir rabia tendrá que atenerse a las consecuencias. La personalidad volátil y sobrestimulada de esta reina incomprensible es como un vórtice que mantiene al espectador en una hipnosis sumamente difícil de equilibrar y que solo triunfa gracias al talento de la actriz Olivia Colman. Las dos mujeres que compiten por su favor, una noble establecida (Rachel Weisz) y otra caída en desgracia (Emma Stone), cierran el círculo, casi como si entre las tres actrices se hubiesen propuesto representar todo el espectro de las motivaciones humanas. En su exceso emocional y en su enérgico carácter alegórico, en su violencia aparentemente sorda, sin razón de ser, la película de Lanthimos, antes que a cualquier otra producción contemporánea –a las que sí se parece en diversos sentidos–, recuerda sobre todo a obras como Medea de Eurípides.

Es refrescante confirmar que, en un año en que el gran cine comercial se ha visto cooptado por el conservadurismo y la nostalgia de películas como Roma y Cold War, buenas propuestas sin duda, pero que rinden pleitesía a tradiciones bastante tiempo ha muertas (el neorrealismo italiano y la nouvelle vague, respectivamente), existe un film que tiene la osadía de confundir, de no saber exactamente lo que quiere, de apuntar con humor perverso hacia algo que a lo mejor puede constituir un futuro.

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