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Serie “After Life”: un ingenio fatalmente predecible

por 23 marzo, 2019

Serie “After Life”: un ingenio fatalmente predecible
Ricky Gervais, el creador y actor principal de The Office y Extras, ha lanzado "After Life", una serie, al igual que sus anteriores, concisa (consta tan solo de seis capítulos) e inyectada de un ingenio que tiene su encanto.
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Tony, un hombre de unos cincuenta años que vive en un pequeño pueblo inglés y trabaja en el diario local, perdió recientemente a su esposa Lisa. La pareja vivía en lo que, retrospectivamente, se le aparece a Tony como una armonía perfecta, un idilio cuyo fin significa también, para él, el fin de toda posibilidad y de la vida misma. Pero Tony no quiere o no se atreve a suicidarse, en parte por la compasión que siente por su perro.

Por eso, inventa un sistema que le permite sobrevivir y que él llama su “superpoder”: si el mundo le va a quitar a su esposa, entonces él se vengará contra el mundo. Tony decide dejar de mentir, incluso piadosamente, y decir lo que piensa en todo momento. De esta premisa surge el humor misantrópico de los primeros capítulos, el cual recuerda a Dickens y su Cuento de navidad, en el cual el mal humor rabioso de su protagonista Ebenezer Scrooge, quien odia la Navidad, darán pie a su transformación en una “buena persona”.

El hermano de Lisa, por ejemplo, y jefe de Tony, o la nueva contratada en el diario local, a quien Tony tiene que enseñar los gajes del oficio, o la mujer mayor que conoce en el cementerio cuando va a pasar un rato junto a la lápida de su esposa; todos estos personajes nunca consiguen salir del utilitarismo de un guionista que les consignó un rol demasiado definido, casi burocrático.

El Scrooge inventado por Gervais es más salvaje y a veces más penetrante que el de Dickens, que pertenece, al fin y al cabo, a un cuento infantil. Pero, si After Life, en toda su innegable capacidad de entretener, tiene un defecto que resalta, este es su innecesaria fidelidad a la transformación delineada por el maestro británico.

De este modo, Gervais abandona la experimentalidad en la estructura del relato de que había hecho gala en Extras y asume un método mucho más tradicional. Efectivamente, Tony es muy malo y eso es chistoso; efectivamente, Tony aprenderá a ser mejor persona. Pero la historia es tan predecible y orbita tan fielmente alrededor de su protagonista que termina oscureciendo las caracterizaciones que lo rodean y que a veces, pareciera, tendrían mucho más que entregar.

El hermano de Lisa, por ejemplo, y jefe de Tony, o la nueva contratada en el diario local, a quien Tony tiene que enseñar los gajes del oficio, o la mujer mayor que conoce en el cementerio cuando va a pasar un rato junto a la lápida de su esposa; todos estos personajes nunca consiguen salir del utilitarismo de un guionista que les consignó un rol demasiado definido, casi burocrático.

Aunque After Life consigue capturar con su situación inicial, el desenlace se siente como puro relleno: una mezcla entre cursilería, una seguidilla de discursos de autoayuda, situaciones dramáticas forzadas, hasta que el ingenio de Gervais, siempre al centro de la pantalla y de todas las situaciones, siempre teniendo la primera y la última palabra, comienza a parecernos un poquito más agotante que de costumbre.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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