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CULTURA|OPINIÓN

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Monumentos Públicos y el valor de la discordia

por 31 octubre, 2019

Monumentos Públicos y el valor de la discordia
Cuestionamientos y transformaciones en torno a los vestigios conmemorativos de la nación
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A principios del siglo XX, el historiador del arte Aloïs Riegl publicaba uno de sus trabajos más difundidos “El Culto Moderno a los Monumentos. Carácteres y orígenes” (1903). En este libro tempranamente el autor definió el concepto de Monumentos como “una obra realizada por la mano humana y creada con el fin específico de mantener hazañas o destinos individuales (o un conjunto de estos) siempre vivos y presentes en la conciencia de las generaciones venideras” (Riegl, 1987:23). En esta definición, el historiador del arte daba cuenta de la “intencionada” decisión a la hora de crear o construir un monumento con fines conmemorativos, haciendo un guiño al estado de presentismo permanente que deberían ostentar los monumentos construidos. Asimismo, más adelante señalaba que los monumentos precian de valores, destacándose el valor de antigüedad, el valor histórico, así como también la existencia del valor rememorativo intencionado el que tiene “el firme propósito de, en cierto modo, no permitir que ese momento se convierta nunca en pasado, de que se mantenga siempre vivo en la conciencia de la posteridad” (Riegl, 1987:67). 

En diversas ciudades del país como La Serena, Santiago, Concepción, Temuco, Collipulli y Punta Arenas, entre otras, aquellos Monumentos Públicos que enaltecían la figura, por una parte, de hombres españoles que llegaron a estas tierras a “conquistar”, o por otra, de sujetos que estuvieron a cargo de los cuestionados procesos de “pacificación” en el Wallmapu o bien que se les otorgó el título de “descubridor” del canal bioceánico más importante del Cono Sur han sido vandalizados, destruidos, quemados u objeto de actos simbólicos reivindicativos.

Tomando en cuenta las centenarias reflexiones de Riegl respecto de los monumentos y la perennidad simbólica de los mismos, en el último tiempo hemos sido testigos de cómo los monumentos han sido profundamente cuestionados desde la contemporaneidad que nos atañe, llegando a su vandalización, transformación o, incluso, a su destrucción. Debido a la serie de cuestionamientos de los que fueron objeto una importante cantidad de monumentos en Europa que enarbolaban a figuras militares o regímenes políticos que violaron los Derechos Humanos, la historiadora alemana Gabi Dolff-Bonekämper (2003) acuñó el concepto de Streitwert o valor de la discordia para comprender aquél sentir conflictivo y disruptivo que algunos monumentos comenzaron a causar en los ciudadanos. Con ello también podía comprenderse la atención que de pronto generaban estos vestigios, en ocasiones silenciosos y casi invisibles, de parte de la población y cómo la materialidad de los mismos era afectada con fines reivindicatorios y simbólicos.  

Considerando lo anterior, en Chile y en medio de un contexto de profunda agitación social del que no se tenía registro desde el término de la dictadura militar, la situación de los Monumentos Nacionales de carácter Público, entiéndase estos como estatuas, esculturas, columnas, fuentes, placas o inscripciones que se han instalado en el espacio público, precian con fuerza en estos últimos días del valor de la discordia al que aludía la historiadora alemana. En diversas ciudades del país como La Serena, Santiago, Concepción, Temuco, Collipulli y Punta Arenas, entre otras, aquellos Monumentos Públicos que enaltecían la figura, por una parte, de hombres españoles que llegaron a estas tierras a “conquistar”, o por otra, de sujetos que estuvieron a cargo de los cuestionados procesos de “pacificación” en el Wallmapu o bien que se les otorgó el título de “descubridor” del canal bioceánico más importante del Cono Sur han sido vandalizados, destruidos, quemados u objeto de actos simbólicos reivindicativos. Casos recientes como el de la ciudad de La Serena donde la estatua en honor al español Francisco de Aguirre fue derribada y quemada y en su lugar instalada una en honor a la “Milanka” o mujer diaguita. Según lo manifestado por el municipio de dicha ciudad, los restos de la estatua de Francisco de Aguirre fueron “rescatados”, pero se evaluará qué hacer con ella luego de estas manifestaciones. 

Más al sur del país, lo sucedido en la ciudad de Temuco también merece ser analizado, ya que circulan imágenes que evidencian que de la mano de la escultura en honor al Toki Caupolicán cuelga la cabeza del aviador Dagoberto Godoy, a sus pies yace el busto de Pedro de Valdivia también derribado, en su base la consigna “Nueva Constitución o Nada” y sobre la cabeza del Toki flamea la bandera Mapuche. 

En momentos en el que país vive una grave crisis de representativa a nivel transversal, en el que las instituciones, el gobierno y sus decisiones no han hecho más que profundizar el malestar colectivo que exige reformas estructurales, entre ellos una nueva constitución, los monumentos y el actuar ciudadano sobre los mismos dan una clara señal sobre esta crisis. Tal como lo señalaba Aloïs Riegl a principios de siglo, los monumentos no debían ser objeto del pasado, sino del presente y hoy muchos de los levantados en el país están más vivos que nunca en la conciencia de los ciudadanos quienes se apropian de los mismos, interviniéndolos en función de su contemporaneidad y territorialidad. De esta forma, las intervenciones de los monumentos son una clara señal del descontento social que existe con el poder y la profunda necesidad de abolir aquellos símbolos que por años lo ha representado. 

Finalmente, al igual que el país, los Monumentos Nacionales también están en medio de una grave crisis de representatividad y en lo pronto cabrá preguntarse qué es lo que en la actualidad conmemorarían los chilenos, qué pretenderían mantener en la conciencia para las futuras generaciones o mediante qué estrategias deliberarían de manera colectiva la representatividad monumental.  

Referencias:

Riegl, Aloïs (1987). “El Culto Moderno a los Monumentos. Caracteres y orígenes”. España: Visor.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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