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Hernán Larraín: el hombre que ponía las manos al fuego por sus amigos y se quemaba siempre

por 1 abril, 2019

Hernán Larraín: el hombre que ponía las manos al fuego por sus amigos y se quemaba siempre
El ministro de Justicia demostró que cree ciegamente en sus amigos y que no teme hacerlo público –algo poco común en estos tiempos–, aunque sea políticamente incorrecto. Paul Schäfer, Délano y Lavín ya lo comprobaron. Pero lo que parece no entender el secretario de Estado es que, cuando se ejerce un cargo, los intereses personales pasan a segundo plano. Arruinó el acto de reinserción de reclusos, desvió la atención del diseño comunicacional que La Moneda se había trazado para enfrentar las conversaciones con la oposición y, para colmo, dejó en evidencia que recibió una instrucción directa para cambiar de opinión.
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Hay que reconocer que Hernán Larraín es un hombre que pone al fuego las manos por sus amigos y no teme quemarse. Fue acérrimo defensor de Colonia Dignidad cuando ya existían pruebas, más que suficientes, no solo de los crímenes y desapariciones cometidos durante la dictadura en ese recinto, sino de las conductas abusivas y perversas con que su líder, Paul Schäfer, sometía a hombres, mujeres y niños sin piedad. A tal nivel llegó su lealtad con el jerarca alemán, que en 1996 –ya en plena democracia– y ante un allanamiento que realizó la policía, el ex senador salió a criticar el operativo motivado por una investigación que buscaba a Schäfer acusado de pedofilia. Y remató con una sentencia que hasta el día de hoy le debe penar: "¿Alguien me quiere decir que (se hizo el operativo) porque hay una denuncia de un menor en contra de un abuso de una persona determinada?”. Y no fue todo, también intentó revertir la disolución de Colonia Dignidad presentando –junto a otros parlamentarios de derecha– un recurso ante el Tribunal Constitucional.

Pero el ex presidente de la UDI también habría de poner las manos al fuego por los involucrados en el caso Penta, Carlos Bombal, Carlos Alberto Délano y Carlos Eugenio Lavín. En una carta enviada al diario El Mercurio, Larraín señaló que los conocía por años –también a sus señoras e hijos–, sentenciado que eran personas de bien, “gente íntegra, emprendedora, y conectada con la realidad de nuestro país”. Y junto con afirmar que se “rebelaba ante el cómodo silencio” de otros, les expresaba su afecto y su confianza en ellos, avalados por una trayectoria de vida. Bueno, la historia de cómo terminaron los amigos del ministro y Schäfer es conocida por todos los chilenos.

Con estos antecedentes llegó Hernán Larraín a protagonizar un lío innecesario que enredó más de la cuenta al Gobierno, justo en un período en que los nubarrones han rondado por La Moneda, a propósito de las reformas que se están convirtiendo en un dolor de cabeza para Piñera. Prácticamente toda la semana pasada fuimos testigos de audaces declaraciones de su señora, Magdalena Matte, especulaciones, críticas y la voltereta final del ministro, lo que logró hacerles sombra a las reuniones que el Mandatario sostuvo con los presidentes de partidos. Algo similar al efecto que tuvieron sus declaraciones cuando, en un encuentro de su partido, señaló que todos los jueces eran de izquierda.

El ministro del Interior –que llevaba varios días con un perfil bajísimo– sale a realizar una declaración que parece enredar aún más las cosas. Indica que Larraín no había informado del hecho al Gobierno, pero que el ministro estaba obligado a comparecer en calidad de testigo –la ley obliga a cualquier chileno citado a concurrir y dar su testimonio, a diferencia de un imputado que puede guardar silencio–, pero intentó clarificar algo que pareció del teatro del absurdo. Sostuvo que Larraín declararía en calidad de ciudadano y no de ministro. Chadwick es un hombre muy inteligente, pero la frase daba pie para preguntarse si Hernán Larraín se estaba volviendo esquizofrénico o tenía doble personalidad. ¿Se pueden separar ambos ámbitos, más aún desde la perspectiva del que observa esta situación? No, definitivamente, no.

Escena Uno. El diario La tercera le dedica una página completa al matrimonio Larraín Matte. Por supuesto, no era casual. La ex ministra empieza una larga entrevista con una conclusión: “Me imagino que parece sorprendente apoyar públicamente a los amigos que están caídos”. Y luego arremetió contra la Justicia, el desequilibrio de criterios cuando se trata de personeros de la ex Nueva Mayoría, para concluir con la frase que encendió las alarmas en La Moneda, al afirmar que su marido pensaba igual que ella.

Escena Dos. Hernán Larraín, en entrevista a CNN, le da su pleno respaldo al ex senador de la UDI que arriesga 21 años de cárcel por los delitos de cohecho, fraude y delitos tributarios. “Tengo plena confianza en Jaime Orpis, en su conducta y espero dar testimonio de ello”. Es decir, ni más ni menos que el ministro de Justicia de Chile le enviaba un directo recado a los tribunales y jueces respecto de la confianza que tiene de la conducta del imputado. No dijo de su nobleza, historia familiar o amistad, señaló expresamente de cómo Orpis ha actuado en el caso. Grave. El secretario de Estado que influye en la designación de jueces y que ya dio su opinión acerca de la ideología de estos, expresa en público su apoyo.

Escena Tres. El ministro del Interior –que llevaba varios días con un perfil bajísimo– sale a realizar una declaración que parece enredar aún más las cosas. Indica que Larraín no había informado del hecho al Gobierno, pero que el ministro estaba obligado a comparecer en calidad de testigo –la ley obliga a cualquier chileno citado a concurrir y dar su testimonio, a diferencia de un imputado que puede guardar silencio–, pero intentó clarificar algo que pareció del teatro del absurdo. Sostuvo que Larraín declararía en calidad de ciudadano y no de ministro. Chadwick es un hombre muy inteligente, pero la frase daba pie para preguntarse si Hernán Larraín se estaba volviendo esquizofrénico o tenía doble personalidad. ¿Se pueden separar ambos ámbitos, más aún desde la perspectiva del que observa esta situación? No, definitivamente, no.

Escena Cuatro. El ministro de Justicia, comunica al tribunal que prestaría declaración en su oficina, es decir, en el ministerio. O sea, Hernán Larraín entregaba una señal incluso más contradictoria. De acuerdo a la tesis de La Moneda, la “situación personal” –textual de Andrés Chadwick– volvía a convertirse en una “situación de Estado”, debido a que el ex timonel de la UDI se refugiaría en su rol actual.

Escena Cinco. El secretario de Estado declina participar como testigo de su amigo Jaime Orpis, tirando por tierra todas las explicaciones del Gobierno, incluido el argumento del titular del Interior que había afirmado, 24 horas antes, que Larraín estaba “obligado a declarar”. Y, claro, abriendo otro flanco importante, porque, de acuerdo al abogado del ex senador, el ministro fue citado –no invitado– por su participación en la Ley Longueira. ¿Los testigos pueden entonces simplemente informar al tribunal que no concurrirán por las razones que sea? ¿La ley lo permite? La respuesta es clara: no.

Epílogo. Hernán Larraín demostró que cree ciegamente en sus amigos y que no teme hacerlo público –algo poco común en estos tiempos–, aunque sea políticamente incorrecto. Paul Schäfer, Délano y Lavín ya lo comprobaron. Pero lo que parece no entender el secretario de Estado es que, cuando se ejerce un cargo, los intereses personales pasan a segundo plano.

Arruinó el acto de reinserción de reclusos, desvió la atención del diseño comunicacional que La Moneda se había trazado para enfrentar las conversaciones con la oposición y, para colmo, dejó en evidencia que recibió una instrucción directa para cambiar de opinión. La frase “ha generado un comprensible debate por el alcance de mis declaraciones, ya que ellas han sido interpretadas razonablemente por algunos en un sentido totalmente ajeno al espíritu con que fueron formuladas”, de seguro fue sugerida.

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