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La muerte del lector

por 14 septiembre, 2019

La muerte del lector
Ya cuesta encontrar una librería –las pocas que van quedando, pero eso es otro tema– en que el criterio estético-literario sea el que prime: cuánto tiempo hemos de gastar intentando dar –por ejemplo– con la edición completa de "En busca del tiempo perdido". Reinan los libros de autoayuda, sea con un toque espiritual New Age, o con el toque winner, que te ayudarán a convertirte en un ser empático y proactivo que siempre tiene la respuesta correcta.
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Una de las escenas más fuertes de la literatura occidental es la quema de libros que tiene lugar en Farenheit 451. ¿Qué universo distópico es aquel, en que se desconfía del libro, depositario por antonomasia del pensamiento civilizado? Y sin embargo, en la actualidad vivimos una situación en apariencia opuesta (todo es texto, desde París hasta el cuerpo humano), pero que arroja el mismo resultado: no son los libros, sino los lectores los que han sido exterminados.

Sí, se murieron los lectores: unos, agonizaron lentamente, enfrentándose a la enfermedad; otros, sin embargo, no opusieron mayor resistencia.  Y cómo culparlos, si entre torbellinos de texto ya no quedan libros. Digo, libros de papel, tapa y contratapa, ediciones de bolsillo o tapa dura, que honran medianamente el empaste. Digo –majaderamente–, libros que celebren la creación, que se dejen leer con placer. Libros que al leerse produzcan pasmo, conmoción, estupor, deseo de alzar la voz, y no de acallarla.

Ya cuesta encontrar una librería –las pocas que van quedando, pero eso es otro tema– en que el criterio estético-literario sea el que prime: cuánto tiempo hemos de gastar intentando dar –por ejemplo– con la edición completa de "En busca del tiempo perdido". Reinan los libros de autoayuda, sea con un toque espiritual New Age, o con el toque winner, que te ayudarán a convertirte en un ser empático y proactivo que siempre tiene la respuesta correcta.

Sí, se murieron los lectores: unos, agonizaron lentamente, enfrentándose a la enfermedad; otros, sin embargo, no opusieron mayor resistencia.  Y cómo culparlos, si entre torbellinos de texto ya no quedan libros. Digo, libros de papel, tapa y contratapa, ediciones de bolsillo o tapa dura, que honran medianamente el empaste. Digo –majaderamente–, libros que celebren la creación, que se dejen leer con placer.

Online la cosa es peor: fluyen signos dispersos, imágenes con un breve texto circulan como virus por la web. Uno que otro encabezado loco o su tonto tuit. La tónica: pocos caracteres. Idea corta, ojalá irritante. Eso es lo que sobrevivió, o al menos en eso devino el acto de leer.

Creo que resulta difícil definir este mismísimo acto, el de leer. Borges lo hizo con cierto éxito, y de ahí se le colgó Piglia. Bástenos entender que  –por un lado– el mito oral dio paso a la ficción escrita, y que –por otro lado– la palabra escrita era un mero soporte del discurso, buscaba extender la resonancia de lo dicho por un notable en el foro. Después –ya en el Imperio Romano– surgió la lectura silenciosa (se cita a San Agustín, pero quién sabe), ese encuentro alma a alma con el libro…

Y en un abrir y cerrar de ojos todo cambió. Con la llegada de la postmodernidad se invirtieron las jerarquías: primero se proclamó la muerte del autor y claro, con eso el lector estaba ya desahuciado.

Si leer era una instancia de placer reflexivo propia de la modernidad ilustrada, la cantera del ciudadano moderno, a la postmodernidad no le queda otra sino destrozarla.

La postmodernidad desconfía de la lectura. Si fuera un mero acto de solipsismo y enclaustramiento agudizaría aún más el individualismo, ello en una sociedad de redes, de grupúsculos que abogan por esto o aquello, de individuos deconstruidos o colectivizados, de comunidades endogámicas, en donde el “yo” vale solo como exponente de la tribu.

Por el contrario, un libro como una buena sinfonía, una buena pintura, e incluso una buena película, se completa, se refuerza, se construye cuando se comparte, se debate, se deshilvanan las hebras del texto junto con otros, otras, y otres. Es necesario que exista un canon, que la cantidad de libros tenga un límite, entender que todo tiene una cota, solo así se conformaría una comunidad lectora.  Una verdadera comunidad, no un sucédaneo llamado redes sociales, ese universo paralelo de gente exaltada, un verdadero conventillo digital de proto-ciudadanos deseosos de correr a indignarse y despotricar contra tal o cual.

Entendida así, la lectura muere, los lectores desaparecen, los libros sirven para adornar salas de estar.

Es que leer sigue siendo un gesto revolucionario, un acto o una decisión de suspender el tiempo del “rendimiento”, de retirarse del mundanal ruido para replegarse en un espacio individual, silencioso y reflexivo que implica comprender, conocer, aventurarse, aprehender retazos de la realidad tras cada párrafo, cada página, cada libro leído.  Un autor, como Proust, puede ofrecernos una visión de su mundo completo con leer nada más que un fragmento. Otro, como Joyce, puede ser más críptico, un mosaico, que con sus colores, pese a la imposibilidad de concebir la obra como un todo, igualmente deslumbra.

Salvar el libro es salvar lo humano que le queda a esta deshumanizada humanidad. En las palabras finales de su ensayo histórico Mario Góngora habla de que la verdadera libertad es la libertad interior, tan perdido no andaba.

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