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Trump y el virus de la locura

por 30 abril, 2020

Trump y el virus de la locura
Todas sus acciones, peligrosísimas para la vida de millones de estadounidenses, no dejan ninguna duda sobre las carencias de criterio, juicio y capacidad mental que presenta el actual anfitrión de la Casa Blanca. Pero el factor más importante es el político. Todo el espectro emocional de Trump gira en torno a un mes simbólico: noviembre, por las elecciones presidenciales. Siente terror de que este enemigo invisible, como él llama al virus, le arrebatará de las manos una reelección que simboliza la batalla de su vida. Él sabe que, en sus delirios narcisistas, perder una reelección en EE.UU. es simplemente borrar el propio logro de haber llegado a la Presidencia. Está desesperado por reabrir la economía, no por el bienestar de los 20 millones que han perdido su empleo, sino para recuperar las buenas noticias que los mercados de valores y la macroeconomía le han traído por 3 años.
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El rostro de la coordinadora del comité de respuesta contra el coronavirus, doctora Deborah Birx, lo dijo todo. Mientras Donald Trump –en uno de los momentos quizás de más delirio (al borde de lo patológico) de su Presidencia–, mirándola directamente, sugería, en conferencia de prensa, a todo el pueblo estadounidense inyectar directamente en el cuerpo desinfectantes o productos de limpieza para destruir el COVID-19, la doctora se convirtió en el símbolo del escape sicológico. Las cámaras la enfocaron sentada, a máxima tensión, con sus manos tomadas sobre sus muslos, su cuello y boca en paroxismo, con su mirada fija a un punto en el vacío, como deseando que la barbaridad que el presidente del país más poderoso del planeta enviaba desde la Casa Blanca, fuera una pesadilla.

En la misma conferencia de prensa, Trump le sugiere que hable con doctores para probar la aplicación de una poderosa luz ultravioleta o calor sobre el cuerpo o al interior de las personas para curarlas del COVID-19. La profesional, forzada a hablar –nada menos que el presidente de EE.UU. la estaba obligando a torcer la ciencia para no hacerlo parecer como un idiota– hizo un esfuerzo sobrehumano para simpatizar con el mandatario en delirium tremens frente a las cámaras y titubeó alguna explicación que salvara la dignidad presidencial (citó la fiebre, como una conexión con calor que el cuerpo genera para vencer una infección). Seguramente Trump escuchó de sus expertos sobre que los rayos ultravioleta matan al virus en las superficies expuestas. De ahí, a llevar la cancerígena luz UV al interior del cuerpo, es un salto pequeño para la mente inquieta del millonario neoyorquino.

Boicot a las políticas sanitarias de su propio gobierno

La crisis del coronavirus no ha hecho sino exacerbar todo lo que Trump ha traído consigo a la más alta esfera del poder estadounidense. Trump ha desviado sus esfuerzos desde lo realmente prioritario –testear a la población, vencer la propagación del virus, equipar a los hospitales– a una letanía de rencillas políticas, distribución de teorías conspirativas o delirantes diseminadas por Internet, que plantean soluciones de locura, y boicoteando a las agencias especializadas de su propio gobierno. A fines de marzo, Trump dijo sin ningún tipo de filtro que su mecanismo de distribución de ayuda a los estados de la unión se basaba en su nivel de empatía con cada gobernador, según qué nivel de agradecimiento mostrara cada líder estatal con él.

Todos estos hechos demuestran, una vez más, que Trump no tiene absolutamente ninguna capacidad para liderar la crisis del coronavirus de forma racional. No está en su identidad de carácter. Para él, cualquier medida de política pública es válida si de alguna forma responde a su agenda personal en el poder. Está como un lobo hambriento en una jaula de oro, encerrado en la Oficina Oval de la Casa Blanca, sin poder entender por qué todos quienes le rodean –los asesores directos, los médicos del gobierno federal, los gobernadores, los doctores en terreno que ven morir a 700 estadounidenses cada día– no terminan esta pesadilla y le permiten retomar sus esfuerzos de campaña.

Cada vez que el experto del gobierno en epidemiología, doctor Anthony Fauci, hace esfuerzos por informar con datos científicos a la población sobre cómo enfrentar la pandemia, Trump se dedica a desdecirlo, confundiendo a la población. Incluso en la misma conferencia de prensa. El pasado 22 de abril, Trump señaló que el virus “podría no volver nunca”. El doctor Fauci tuvo que reaccionar inmediatamente diciendo con la fuerza que pudo que “tendremos coronavirus en el otoño. Estoy convencido de eso”. Trump, parado junto a él, impasible.

La CDC, la institución a cargo del control de infecciones en EE.UU., declaró hace un par de semanas sobre la necesidad de usar mascarillas en lugares públicos. Trump boicoteó inmediatamente la medida, a través de conferencia de prensa, relativizando su uso y diciendo que él no las usaría.

Trump, sin enfrentar el fondo del tema, desautorizó a Fauci también sobre la situación de los test. El doctor advirtió que las condiciones del país para esos exámenes son aún insuficientes, mientras Trump señalaba que su gobierno estaba haciendo “un excelente trabajo” y que Estados Unidos tenía una de las “mejores” campañas de test del mundo, en su acostumbrada grandilocuencia.

Los propios científicos de la agencia FDA del gobierno federal han insistido constantemente en desacreditar la insistencia de Trump de sugerir que la medicina contra la malaria, hydroxychloroquine, pueda tratar el coronavirus. La droga puede tener serias consecuencias en personas enfermas del corazón y no hay estudios que la respalden para tratar el COVID-19.

La clave es una: electoral

Todas estas acciones, peligrosísimas para la vida de millones de estadounidense, no dejan ninguna duda sobre las carencias de criterio, juicio y capacidad mental que presenta el actual anfitrión de la Casa Blanca. Pero el factor más importante es el político. Todo el espectro emocional de Trump gira en torno a un mes simbólico: noviembre, por las elecciones presidenciales.

Siente terror de que este enemigo invisible, como él llama al virus, le arrebatará de las manos una reelección que simboliza la batalla de su vida. Él sabe que en sus delirios narcisistas, perder una reelección en EE.UU., es simplemente borrar el propio logro de haber llegado a la Presidencia. Está desesperado por reabrir la economía, no por el bienestar de los 20 millones que han perdido su empleo, sino para recuperar las buenas noticias que los mercados de valores y la macroeconomía le han traído por 3 años.

Tras la recesión actual, todo ese capital se ha desvanecido

Llamó a la rebelión callejera contra rivales demócratas. Está tan desesperado, que incluso ha cruzado una línea que quizás ningún presidente ha traspasado. Incendió las mentes de muchos de sus apoyadores, llamándolos a la rebelión contra gobernadores de estados bajo control del Partido Demócrata. “¡A LIBERAR Michigan, Minnesota y Virginia!”, fueron los tuits en mayúscula lanzados por Trump, apoyando las protestas que grupos de derecha organizaron hace un par de semanas para oponerse a las medidas de cuarentena. Una peligrosa reacción del presidente que, de continuar, puede dar origen a violencia callejera y saqueos, en un país que tiene uno de los índices de porte de armas más altos del mundo.

Trump las ha emprendido incluso contra la Organización Mundial de la Salud (OMS), frustrado por la estrategia de la organización de priorizar las vidas humanas por sobre las economías. Y por negarse a seguir el guión que busca condenar a China, origen del coronavirus. El enroque de Trump de congelar los 400 millones de dólares de aporte de EE.UU. a la OMS fue jugada doble, pues vino adjunto a un ataque frontal contra el gigante asiático, acusando a la Organización de Naciones Unidas de proteger a esa nación.

Su campaña económica y política contra China es uno de los principales puntos de encuentro con sus votantes. Por ello, el ataque a la OMS tiene todo el ingrediente de pura campaña electoral. Quiere convencer al 30% de voto duro que necesita para presentar una buena competencia en noviembre, que el virus, la decisión de los estados de la unión de cerrar las economías, las medidas de la OMS y China, las fotos de millones de estadounidenses usando mascarillas, las muertes por COVID-19, entre otros fantasmas reales y ficticios, son todos parte de una conflagración mundial contra los trumpistas, contra él, contra su reelección presidencial.

Todo este perfil de locura política por fines electorales y la voluntad para poner en riesgo la vida de miles para salvar su ventaja en las urnas, es el calco de la locura de Jair Bolsonaro en la Presidencia de Brasil. El conservador y extremista de derecha mandatario brasileño acaba de despedir a su ministro de Salud, por su insistencia en cimentar medidas de prevención contra la infección del coronavirus. Bolsonaro, como Trump, se ha dedicado a boicotear las medidas antipandemia de su propio gobierno y también a los gobernadores de los estados brasileños. Una realidad torcida impresionante.

Todos estos hechos demuestran, una vez más, que Trump no tiene absolutamente ninguna capacidad para liderar la crisis del coronavirus de forma racional. No está en su identidad de carácter. Para él, cualquier medida de política pública es válida si de alguna forma responde a su agenda personal en el poder. Está como un lobo hambriento en una jaula de oro, encerrado en la Oficina Oval de la Casa Blanca, sin poder entender por qué todos quienes le rodean –los asesores directos, los médicos del gobierno federal, los gobernadores, los doctores en terreno que ven morir a 700 estadounidenses cada día– no terminan esta pesadilla y le permiten retomar sus esfuerzos de campaña.

Cualquier teoría febril sobre curas que lee en Twitter la toma de forma literal y la envía con urgencia a sus asesores. Se lanza como un Quijote a apoyar todos estos espejismos cortoplacistas en conferencia de prensa, mientras sus epidemiólogos se aprietan sus propios nudillos rezando para que guarde silencio y los deje hacer su trabajo y salvar vidas.

En rigor, la verdadera enfermedad de Estados Unidos brotó inadvertidamente hace 3 años en el corazón de Washington DC, un fatídico 8 de noviembre de 2016.

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