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Retiro de fondos de las AFP: la necesaria innovación económica y financiera

por 21 julio, 2020

Retiro de fondos de las AFP: la necesaria innovación económica y financiera
Parece ser que las mejores mentes técnicas del país se quedan atrás, sin entender un paradigma crucial en la historia del pensamiento económico: la tecnología, las instituciones y personas cambian y eso conlleva una necesidad de revaluar el panorama, pensar en nuevas soluciones. Sin duda lo que requiere Chile hoy es esta profunda examinación de su economía y una articulación moderna, que entienda las tendencias digitales y el retorno a la inversión en capital humano, tecnología e inmigración capacitada, por ejemplo. Un requisito fundamental para este análisis es la disposición a innovar, dejando atrás la certidumbre de los manuales de otros países y épocas.
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Si bien es evidente que el debate sobre permitir el 10% de retiro de la AFP es complejo, una gran cantidad de intelectuales públicos, en especial economistas, dan por sentado que la decisión va en contra del bienestar del país y las personas. Como decía Carlos Peña en una entrevista, la pregunta para él es bajo qué circunstancias la mayoría de las personas conviene en una medida que es perjudicial para el bienestar social e individual de las mismas, aun cuando según él las personas saben sobre lo dañino de la propuesta. Este tipo de análisis demuestra un simplismo en el razonamiento de los expertos y es un signo de una arrogancia intelectual sin méritos, el impacto de una política versus alternativas no puede estar más lejos de ser obvio.

Es probable que tal soberbia de parte de nuestros intelectuales sea un síntoma de un bajo nivel de cuestionamiento en supuestos, modelos, formas de pensar y entender el mundo. Parece haber una insistencia ciega en la tradición tecnocrática chilena de "seguir el manual" tanto en economía como en el derecho, entre otras áreas, cuando la verdad es que ese manual debe ser dinámico, interpretar el momento en la historia y la realidad económica y social del país.

Es difícil creer que las nuevas oportunidades y riesgos presentadas por el panorama de una economía digital global en pandemia, no generen cambios en nuestro entendimiento del mundo y nuestros supuestos fundamentales de políticas económicas durante una crisis. Paradójicamente, Peña intenta argumentar en contra de un cierto simplismo en la política y, en los primeros dos minutos de su intervención, cae en un simplismo similar al asumir como obvio que la política del retiro de fondos es peor que las alternativas.

Para aquellos economistas que, al leer esto, piensan que el autor de la columna "no sabe economía" o "no entiende el impacto económico de la medida", mi respuesta es simple: la economía cambia sin que los economistas estén de acuerdo. La innovación, particularmente en el sistema financiero, producto de las tecnologías digitales y las nuevas preferencias de los Millennials/Gen Z, solo aceleraran los cambios. Sin ir más allá, con el desarrollo de conexiones digitales de terceros a cuentas bancarias un tema en el cual los reguladores en Chile ya han avanzado con su propuesta de "Open Banking"–, los consumidores tendrán muchísimo más poder de decisión y control sobre sus finanzas personales.

Una consecuencia de que nuestros intelectuales no logren mirar el futuro con mentes abiertas es poco escepticismo sano sobre el consenso de la mayoría en una disciplina intelectual –por ejemplo, es difícil encontrar economistas en Chile que no adscriban a corrientes económicas mainstream de escuelas de economía estadounidenses–, en especial cuando se evalúan políticas económicas que no necesariamente se ajustan a la realidad chilena de manera práctica y estratégica.

Es interesante observar que los economistas que dan su opinión sobre políticas públicas en Chile muchas veces asumen explícitamente y a veces de forma implícita las siguientes: mercados competitivos, crecimiento de largo plazo sin cambios estructurales en la producción de la economía –los economistas en Chile aún se burlan de políticas de desarrollo industrial citando el fallo del "sistema de substitución de importaciones"–, acceso casi universal a instituciones, al crédito y a la actividad formal, entre otros. Paradójicamente, existe evidencia que estos supuestos no se cumplen en la economía chilena.

Por ejemplo, en el debate de las AFP ciertamente no parece que los expertos entiendan que un desempleado o empleado con baja de sueldo/inestabilidad laboral pueda necesitar liquidez para cumplir obligaciones inelásticas de corto plazo como salud, educación y arriendo; y que esa liquidez pueda venir de créditos con tasas más altas que el retorno de su AFP o que algunos de esos gastos puedan tener un retorno positivo en sus ingresos futuros.

Tampoco parecen mencionar que habrá quienes, en ausencia de este tipo de medidas, no tendrán acceso a crédito y que tendrán que cambiar su estilo de vida drásticamente. Esto afectará negativamente al PIB por la baja en el consumo y causará el riesgo de un mayor tiempo de recuperación para la economía. Por otro lado, quienes retiren por elección y no necesidad, utilizarán el dinero para consumir y reactivarán la economía, acelerando el crecimiento de las empresas. Esto resultará en un efecto multiplicador de aumentar consumo, disminuir desempleo y generar aún más consumo, en otras palabras, habrá un retorno no lineal de los fondos retirados en términos de impacto en el PIB.

Incluso podría ser más: desde un punto de vista mediático, la medida podría hacer más clara la amenaza al sistema de las AFP para los ejecutivos que las manejan. La amenaza podría motivar a las administradoras de fondos de pensiones a proveer mejores servicios, con experiencias digitales más ricas y más accountability. El impacto de estas consecuencias no es obviamente menor o peor que otras alternativas de política fiscal o monetaria.

Parece ser que las mejores mentes técnicas del país se quedan atrás, sin entender un paradigma crucial en la historia del pensamiento económico: la tecnología, las instituciones y personas cambian y eso conlleva una necesidad de revaluar el panorama, pensar en nuevas soluciones. Sin duda lo que requiere Chile hoy es esta profunda examinación de su economía y una articulación moderna, que entienda las tendencias digitales y el retorno a la inversión en capital humano, tecnología e inmigración capacitada, por ejemplo. Un requisito fundamental para este análisis es la disposición a innovar, dejando atrás la certidumbre de los manuales de otros países y épocas.

Esta exaltación a innovar no viene sin precedentes. El 2008 la reserva federal estadounidense y el Banco Central Europeo utilizaron el quantitative easing, una medida nunca antes vista, consistente en extender los balances de la banca central con instrumentos de largo plazo, para estimular la economía y disminuir el tiempo de crisis, que es un gran riesgo en sí mismo, dado que la extensión de la crisis podría traer un impacto importante y duradero al PIB, que aunque no aumente la deuda, aumentará el ratio de la deuda al producto, resultando en consecuencias similares. El quantitative easing ha sido empíricamente medido y el consenso es que es una política efectiva para una situación como la del 2008.

Sin ir mas allá, toda la política monetaria que existe hoy es resultado de desarrollos relativamente recientes y, como toda política, tiene ganadores y perdedores, es un tema de economía política y no meramente técnico –si lo fuera, los macroeconomistas tendrían la razón en sus predicciones, algo que es lejano a la realidad de hoy–. La creación de dinero a partir de crédito es un concepto nuevo y requirió una profunda experimentación del sistema bancario y los bancos centrales en Estados Unidos y, antes de eso, en el Reino Unido. Las herramientas de política monetaria solían venir en distintos sabores: emisiones de notas de crédito, bonos con intereses, compras de reservas de oro, entre otros.

Dado este dinamismo intrínseco a la política monetaria, no es una sorpresa que vayan surgiendo más propuestas e instrumentos. Lo correcto es tomarlas en serio y volver a conceptos fundamentales como "liquidez" de Minsky, para entender con claridad las propuestas en el contexto de la economía chilena.

Para aquellos economistas que, al leer esto, piensan que el autor de la columna "no sabe economía" o "no entiende el impacto económico de la medida", mi respuesta es simple: la economía cambia sin que los economistas estén de acuerdo. La innovación, particularmente en el sistema financiero, producto de las tecnologías digitales y las nuevas preferencias de los Millennials/Gen Z, solo aceleraran los cambios. Sin ir más allá, con el desarrollo de conexiones digitales de terceros a cuentas bancarias un tema en el cual los reguladores en Chile ya han avanzado con su propuesta de "Open Banking"–, los consumidores tendrán muchísimo más poder de decisión y control sobre sus finanzas personales.

Si hoy la gente está disconforme con las AFP y exige control sobre esos fondos, mañana todos los supuestos del sistema bancario estarán bajo la lupa. Los bancos tendrán que avanzar en experiencia, en ofrecer más valor a sus clientes para convencerlos de elegirlos a ellos y no alternativas –que podrían ser empresas totalmente fuera de los bancos mainstream, como comienza a suceder en Australia o Suecia–. Dado que esto es inevitable y el mundo avanza sin la bendición de los intelectuales, mi consejo para quienes quieran mantenerse relevantes: es hora de dejar la arrogancia y comenzar la reflexión.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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