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Lucidez y generosidad

por 15 agosto, 2020

Lucidez y generosidad
Si la oposición se divide, las fuerzas de derecha y ultraderecha que hoy se atrincheran en los mecanismos coercitivos de la Constitución del 80, volverán a sacar ventaja a su reagrupamiento y optimizarán su representación. Por tanto, es clave un genuino esfuerzo de unidad que garantice que las fuerzas democráticas por el cambio obtengan la mayoría necesaria para abordar la redacción de aspectos fundamentales de la nueva Constitución. Se debe asegurar la paridad y diversidad necesarias, de género, intergeneracional, de creencias culturales, postulados ideológicos, proyectos políticos y sociales. Esto es lo más difícil. La meta óptima debiese ser una lista común de todos y todas las colectividades y liderazgos que aspiran a una nueva Constitución que avance a la justicia social en democracia. Si no se llega a lo óptimo habrá otras opciones, pero debe haber unidad en la diversidad.
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Las multitudinarias movilizaciones sociales llamadas mediáticamente “estallido social” -cuyo mayor vigor, amplitud e impacto fue en los meses de octubre y noviembre recién pasados- generaron una situación nacional inédita, tanto de un rechazo abierto y mayoritario al Gobierno como de un profundo cuestionamiento al tramado institucional prevaleciente, creando las condiciones para el acuerdo político del 15 de noviembre, que permitió establecer la realización de un plebiscito vinculante para avanzar hacia una nueva Constitución, nacida en democracia.

La paralización producida en la marcha del país y la impotencia del Gobierno para retomar el control de la situación, crearon un caótico desbarajuste que provocó la caída del gabinete organizado en base a un liderazgo presidencial ultra personalista y un “consigliere” -el primo del Presidente- con un rol de primer ministro de facto, para el caso que el gobernante estuviera ausente o dedicado a arreglar el mundo como lo intentó en Cúcuta, Colombia, donde llegó engatusado por los halcones de ultraderecha de la Casa Blanca, pensando que con su brillante presencia bastaba para que cayera Nicolás Maduro, en Venezuela.

Todo ese libreto de retórica vacía, tantas veces pensado, aprendido, leído y repetido, se deshizo como pompa de jabón ante la potencia de la movilización ciudadana. El gabinete de los grandes amigos del Presidente se desplomó
estrepitosamente. Surgió una nueva realidad política, el discurso de “guerra” de Sebastián Piñera no tuvo cabida y, en medio del recrudecimiento de las movilizaciones populares, el 15 de noviembre se firmó el compromiso de dar vida al proceso constituyente para resolver el descrédito y deslegitimación de la institucionalidad levantada sobre la base de la fraudulenta Constitución de 1980.

El logro del propósito del conjunto del arco democrático debe imperar por sobre el objetivo o aspiración de cada sector o figura por separado. No habrá otra situación como la que se configuró por la masividad y extensión del estallido social. Evitar un protagonismo que divida será la gran prueba de esta etapa, como también cuanta será la fortaleza de la voluntad reformista y de la capacidad de efectiva unidad, para que el proceso constituyente sea fecundo y la futura Constitución se afiance en una gran y amplia construcción democrática que la transforme, realmente, en la Carta Magna de las próximas décadas.

El punto de partida es el plebiscito en que la ciudadanía decida si se avanza o no hacia una nueva Constitución. Esa es la clave esencial que motiva a la opción Apruebo, al confirmarse su mayoría se deberá además verificar si la Convención Constitucional posterior, se elige en su totalidad o si sólo en un 50% y el otro 50% lo nomina el actual Parlamento. Luego, corresponde la elección del órgano constituyente, esperamos que electo por la ciudadanía en su totalidad y de acuerdo a lo establecido en el acuerdo de noviembre, esa elección se hará con el sistema electoral que rigió para la conformación de la Cámara de Diputados en los últimos comicios, es decir, con esa organización distrital y el mismo número de personas electas.

Por eso, si la oposición se divide, las fuerzas de derecha y ultraderecha que hoy se atrincheran en los mecanismos coercitivos de la Constitución del 80, volverán a sacar ventaja a su reagrupamiento y optimizarán su representación. Por tanto, es clave un genuino esfuerzo de unidad que garantice que las fuerzas democráticas por el cambio obtengan la mayoría necesaria para abordar la redacción de aspectos fundamentales de la nueva Constitución.

La lucidez y generosidad debe asegurar la paridad y diversidad necesarias, de género, intergeneracional, de creencias culturales, postulados ideológicos, proyectos políticos y sociales. Esto es lo más difícil. La meta óptima debiese ser una lista común de todos y todas las colectividades y liderazgos que aspiran a una nueva Constitución que avance a la justicia social en democracia. Si no se llega a lo óptimo habrá otras opciones, pero debe haber unidad en la diversidad.

Hay quienes pensamos que el descalabro económico y social que dejará el Gobierno de la derecha reducirá la irradiación de su candidatura, generando condiciones para la rearticulación de una mayoría democrática sólida, de amplísima convocatoria y sin exclusiones, con la gran misión de proponer y abrir paso al proceso de cambio en los próximos comicios presidenciales.

Esa perspectiva exige madurez y no forzar la disyuntiva de las distintas opciones presidenciales antes de tiempo. Lo primero es lo primero, una amplia victoria democrática en el plebiscito del 25 de octubre que haga posible la materialización del sueño de una nueva Constitución para Chile, erradicando el texto impuesto por el pinochetismo. Nadie sobra en la brega para alcanzar ese objetivo histórico.

El logro del propósito del conjunto del arco democrático debe imperar por sobre el objetivo o aspiración de cada sector o figura por separado. No habrá otra situación como la que se configuró por la masividad y extensión del estallido social. Evitar un protagonismo que divida será la gran prueba de esta etapa, como también cuanta será la fortaleza de la voluntad reformista y de la capacidad de efectiva unidad, para que el proceso constituyente sea fecundo y la futura Constitución se afiance en una gran y amplia construcción democrática que la transforme, realmente, en la Carta Magna de las próximas décadas.

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