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El fracasado 2020 de la educación en Chile

por 27 enero, 2021

El fracasado 2020 de la educación en Chile
La educación online asume para su implementación una serie de situaciones que no se cumplen a cabalidad. La más evidente es que tanto estudiantes como docentes dispongan del equipamiento y conectividad necesarios. El acceso a las clases online, ciertamente, es una enorme fuente de desigualdad. Si tomamos las cifras de los planteles de educación secundaria, es posible encontrarse con que 8 de cada 10 estudiantes de colegios privados tienen clases online a diario, mientras que solo 3 de cada 10 estudiantes de colegios municipales o subvencionados acceden a estas clases todos los días, y es aún más grave que 2 de cada 10 estudiantes de estos establecimientos declaran no tener clases online.
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El inicio del año académico 2020 estuvo acompañado por mucha incertidumbre, debido a la situación sanitaria global. La segunda semana de marzo, la mayoría de los planteles educativos decretaba la modalidad online como forma de continuar con la educación y, ya para principios de abril, más de un 98% de las instituciones educacionales impartía clases en esta modalidad.

De esta forma es que comenzó una serie de incertidumbres con respecto a distintos aspectos educativos, como lo son: los aranceles y la constante demanda estudiantil de su rebaja ante la incesante alza, para este año en la Universidad de Chile aumentarán en un 3.5%, sumándole la situación de crisis económica que acompaña a la pandemia; la preocupación del acceso a la educación debido a la conectividad y condiciones materiales; y la constante inquietud ante la realización de actividades prácticas propias de las distintas disciplinas, como lo son las prácticas profesionales para estudiantes de pedagogía o los internados para quienes estudian profesiones de la salud, por nombrar solo algunos ejemplos.

Lejos de una solución genuina a la situación actual, la forma en la que se ha implementado la educación a distancia constituye un salvavidas para intentar garantizar la continuidad del negocio educativo, que responde a los intereses económicos de cada uno de estos planteles. La permanencia de las clases online ante toda situación y circunstancia nacional, la insistencia de los planteles educativos en mantener la universidad online a toda costa, es evidencia de lo anterior. Como resultado de esta situación es posible vislumbrar, en la actualidad, una serie de problemáticas asociadas a la imposibilidad, por parte de las instituciones, de garantizar una educación de calidad.

De esta forma, es posible decretar el año académico 2020 como un rotundo fracaso para la educación nacional en todos sus niveles. Mismo que se encuentra marcado con una profundización y agudización de la desigualdad en la educación. Las instituciones educativas no solo han fallado en cuanto a proveer educación de calidad, sino que ni siquiera han podido garantizar el acceso a la educación a sus estudiantes. Ahora, cabe realizar la pregunta: ¿cómo enfrentamos esta crisis educativa?

La educación online asume para su implementación una serie de situaciones que no se cumplen a cabalidad. La más evidente es que tanto estudiantes como docentes dispongan del equipamiento y conectividad necesarios. El acceso a las clases online, ciertamente, es una enorme fuente de desigualdad. Si tomamos las cifras de los planteles de educación secundaria, es posible encontrarse con que 8 de cada 10 estudiantes de colegios privados tienen clases online a diario, mientras que solo 3 de cada 10 estudiantes de colegios municipales o subvencionados acceden a estas clases todos los días, y es aún más grave que 2 de cada 10 estudiantes de estos establecimientos declaran no tener clases online.

Este efecto aumenta considerablemente en los sectores más vulnerables y en las familias más afectadas económicamente durante la pandemia. Cabe mencionar que más de un 60% de las familias chilenas declara haber sufrido una situación compleja durante la cuarentena, desde la muerte de un familiar, la pérdida del trabajo o del sustento familiar, contagios de coronavirus, entre otros.

Un segundo factor que quizás no es tan evidente, pero muy relevante, hace referencia directa a la evolución del negocio educativo. Hace unos años, ante el agotamiento de la expansión y diversificación de la matrícula del pregrado, nace la necesidad de abrir otro nicho de dinamismo económico en la educación superior. Lo anterior, se materializa en la apertura y creación constante de programas de perfeccionamiento profesional, aumentando el ingreso económico de las instituciones por medio de la venta de postgrados (magíster, diplomados, etc.), impartiendo un porcentaje de estos de forma online, asociándose con distintas empresas y/o instituciones.

De esta forma, los planteles educativos que optan por considerar dentro de su esquema educativo potenciar esta modalidad, son instituciones tales como Institutos Profesionales, Centros de Formación Técnica y universidades privadas fuera del CRUCH, las cuales se sostienen en los sectores más desposeídos de la sociedad chilena, debido a su modalidad de ingreso y la baja calidad educativa.

El tercer factor a mencionar es que las competencias docentes en materia de educación a distancia son nulas en la mayoría de los casos. Sin duda, se ha visto en una porción de docentes un esfuerzo en innovar en la forma de entregar material educativo, pero esto se encuentra completamente limitado a las condiciones particulares de cada uno.

Se intenta cambiar la modalidad de la educación, pero manteniendo el mismo programa y metodología de aprendizaje. Esto quiere decir que se está realizando un cambio en la forma “física” de enseñanza, pero no en el enfoque pedagógico de esta, se asume que la recepción de los contenidos opera de igual manera que una modalidad presencial, sin hacer grandes cambios en la metodología del aprendizaje. Lo anterior se limita aún más cuando no se tienen las condiciones materiales apropiadas, cuando no existe un manejo de las distintas plataformas y, por sobre todo, ante los constantes problemas de conectividad, aumentando así el agobio ante la situación educativa del país.

Un cuarto factor son los impactos emocionales o socioemocionales causados o agudizados por la pandemia y el confinamiento obligatorio. De forma inevitable la pérdida del contacto social y de las rutinas propias de socialización, que forman parte de la vida universitaria, tienen un costo no menor.

El sector estudiantil más vulnerable –que participa o es parte de diferentes programas, terapias, grupos de apoyo y/o nivelación– resulta ser también el más golpeado por el confinamiento. Este mismo sector es el que porcentualmente enfrenta mayores dificultades de salud mental, que se encuentran asociadas directamente con el modelo económico chileno, es decir, el neoliberalismo que se expresa en las condiciones económicas que enfrentan en sus hogares, que como ya se ha nombrado anteriormente, afecta notoriamente a un sector específico de la sociedad.

A lo anterior se suma el gran porcentaje de estudiantes que han cesado sus estudios por tiempo indefinido y, como se mencionó en una columna anterior, revelando que en la Universidad de Tarapacá el 11% de sus estudiantes decidió suspender sus estudios de forma temporal, lo que equivale a una cifra de 1.024. En la Universidad Técnica Federico Santa María hay 744 estudiantes que congelaron sus estudios al 30 de junio de este año. Como contraste, a la misma fecha, el 2019, lo habían hecho 458. Otro ejemplo es la Pontificia Universidad Católica de Chile, donde el 3%, que equivale a 850 estudiantes, suspendió sus estudios este año.

Podríamos hacer un recorrido por todas las universidades, declarando la baja de estudiantes debido a la crisis económica que azota al país y, probablemente, encontraríamos resultados similares. Cabe mencionar que la PUC es parte de las universidades de élite y donde se encuentran en su mayoría estudiantes de alto nivel socioeconómico, teniendo uno de los porcentajes de deserción menor, por lo tanto, es directo relacionar que el sector estudiantil en que más desertan es el de quienes tienen bajo nivel socioeconómico.

De esta forma, es posible decretar el año académico 2020 como un rotundo fracaso para la educación nacional en todos sus niveles. Mismo que se encuentra marcado con una profundización y agudización de la desigualdad en la educación. Las instituciones educativas no solo han fallado en cuanto a proveer educación de calidad, sino que ni siquiera han podido garantizar el acceso a la educación a sus estudiantes. Ahora, cabe realizar la pregunta: ¿cómo enfrentamos esta crisis educativa?

Frente a los carentes resultados de las distintas instituciones de educación superior para asegurar la calidad en la educación, es necesario que como estudiantes exijamos a nuestros planteles educativos la entrega de conocimiento acorde a las necesidades de nuestro pueblo, que nos permita ser un aporte como estudiantes a las mejoras sustantivas en la calidad de vida de cada uno(a) de nosotros(as). Cada una de las instituciones educativas tiene que formar parte de la creación de nuevos y nuevas profesionales al servicio de la sociedad, enfrentando de forma colectiva las injusticias del sistema neoliberal.

Es así que la lucha que debemos empujar debe estar acompañada de un Estado que efectivamente se subordine a las necesidades reales del país, una lucha que se inicia hoy, pero que solo se completa dentro del contexto de una nueva sociedad.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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