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El futuro de la cultura y la economía creativa

por 9 febrero, 2021

El futuro de la cultura y la economía creativa
Mucho más es posible lograr si nos proponemos trabajar este nuevo año 2021 en conjunto. De lo contrario y como vivimos mayoritariamente en tiempos egoístas y mezquinos, podría seguir siendo por lo observado, un festín de buenos momentos, que no resuelven las precariedades ni menos mejoran la competitividad, pero sí con glamorosas fotos en redes sociales, sin mayor trascendencia para el ecosistema creativo, ni para el país. Es momento de hablar del futuro, pensando en los diversos públicos que en sus casas hoy más que nunca se están familiarizando con los contenidos que producen los emprendedores y trabajadores de las culturas y su economía creativa, para contribuir y mejorar nuestra calidad de vida.
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Publicado y comentado en el 2008 por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, hoy Ministerio. Reiterado en el 2015 y luego las regiones comenzaron a demostrarlo el 2017: no es suficiente medir el PIB en cultura. Es urgente instalar en la nueva Constitución a la cultura y su economía creativa como un bien de primera necesidad, para desarrollar engranajes sólidos a través de acciones estratégicas territoriales que trasciendan a los gobiernos de turno.

Así será posible superar las brechas identificadas. Similares brechas que Europa supo vencer con creatividad, estrategia y cultura, luego de la segunda guerra mundial y que se evidencian tras la caída del muro de Berlín. En Chile, 30 años de democracia, estallido social y pandemia de por medio, ayudan a identificar mejores metodologías y necesidades para pensar un futuro colectivo y colaborativo, con un proceso constituyente ad portas.

Necesitamos medir el impacto de las políticas públicas culturales y su vinculación con la economía, toda vez que debemos superar las dificultades multisectoriales que han quedado en evidencia con la pandemia y que son conocidas por todes.

La economía creativa es catalizadora de innovación y dinamizadora de economías tradicionales. Su producción no es mera mercancía que se transa en el mercado de igual manera que otros bienes. El consumo de creatividad contribuye a la formación humana a lo largo de toda la vida, hasta la vejez. Se trata de un sector de responsabilidad social que, además, proyecta imagen país y transforma ciudades.

En ningún sector se generan efectos económicos sin las y los emprendedores que lo hacen posible. Con respecto a la cultura, a quienes les debemos el indicador del PIB es a los emprendedores y trabajadores culturales, quienes no sólo producen y dan trabajo para producir obras de teatro, danza, circo, libros, películas, videojuegos, objetos de diseño, vestuario, construcciones, obras visuales, paisaje, música, sino que también activan una red no menor de trabajadores intermediarios, dinamizando el o los territorios, transformando ciudades, a través de la creatividad, el talento y el patrimonio como principales insumos, que llegan al público.

Toda esta red de empresas y trabajadores, compuesta de tenaces inagotables, busca un solo objetivo: contribuir al bienestar de los seres humanos que accedemos a ella. He ahí la notoria diferencia con cualquier otra economía, en virtud de la cual la economía creativa se concibe a nivel global como un motor de desarrollo y transformación económico y sociocultural de índole estratégico para la vida, la sociedad y el buen vivir.

Ha quedado demostrado que esa producción no es cualquier producción, sino que es estratégica para la vida. Así lo comprendió Alemania, que lo declara como bien de primera necesidad, o España, que aumenta este año su presupuesto en cultura en más de un 25 %, o Colombia, que también este año perfecciona sus leyes e instala incentivos a sus sectores, o Perú, que plantea hojas de ruta, todo tendiente a un solo objetivo: mejorar la calidad de vida de la población, aumentar la inclusión social y lograr desarrollo humano, a través de variados contenidos altamente tecnológicos que se ofrecen en análogo y en soportes digitales.

Sin ir más lejos, el hecho que la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU) declarara al año 2021 como el año de la economía creativa para el desarrollo sostenible, demuestra la relevancia estratégica del sector y la importancia de impulsar políticas públicas no solo a nivel local, sino a nivel global para su reconocimiento, fomento y valoración por parte de las naciones.

¿De qué futuro hablamos en la economía creativa chilena con el evidente nivel de precariedad que presenta esta comunidad de trabajadores-emprendedores así como su entorno? ¿Qué futuro queremos para nuestros niños y niñas? ¿Adultos mayores? ¿Para la ciencia, la tecnología? ¿Para nuestro medioambiente? ¿Para otras economías? ¿Si no desarrollamos en los territorios un seguimiento a estos emprendedores y emprendedoras que hacen posible ese 2,2 % del PIB en el sector de las artes y las culturas?

A inicios del siglo XXI, comenzamos un decidido trabajo de fomento al cine y la industria audiovisual. A través de un plan de desarrollo, escribimos la manera en que pasaríamos de una película cada cuatro años a 46 estrenos comerciales por año y a que el país alcanzase un lugar en el mundo audiovisual. Diseñamos e implementamos una correcta política pública, para la inserción, la venta y el reconocimiento internacional de la producción audiovisual nacional. Dos premios Oscar y muchísimos otros entregados por las principales plataformas de cine en el mundo demuestran que aquél trabajo que diseñamos y lideramos en conjunto con instituciones públicas y privados tiene sentido.

Hoy, la pandemia y el país nos plantean nuevos desafíos para pasar a otra etapa de fomento y desarrollo. Misma meta que la música chilena ha estado logrando, o las artes escénicas, que se suman al desafío con nueva ley en espera de implementación. Este aprendizaje es la demostración empírica que, de la nada, hemos sido capaces de crear nuevas realidades para Chile y su futuro.

Falta mucho por hacer, sin duda. No obstante, esa era la razón de ser para que la cartera ministerial de Cultura presida el Comité Interministerial de Economía Creativa que aún está vigente, al menos en el papel; el mismo comité −integrado por Hacienda, Educación, Economía, Trabajo, entre otros− que debió estar activo y ser convocado para dar respuesta a las demandas de las personas que a lo largo del país hacen posible, entre otros, el 2,2 % que aporta cultura al PIB de Chile.

El avance de estos últimos 15 años es indiscutido. El conocimiento empírico obtenido, las cifras logradas, los aportes de creativos chilenos a nivel internacional en artes visuales, arquitectura, cine, libro, música, artes escénicas es innegable. Los consejos sectoriales, el decreto presidencial que instala en el Estado un comité interministerial para el fomento de la creatividad, son algunos ejemplos.

La economía creativa es catalizadora de innovación y dinamizadora de las economías tradicionales. Su producción no es mera mercancía que se transa en el mercado de igual manera que otros bienes. El consumo de creatividad contribuye a la formación humana a lo largo de toda la vida, hasta la vejez. Se trata de un sector de responsabilidad social que, además, proyecta imagen país y transforma ciudades.

Mucho más es posible lograr si nos proponemos trabajar este nuevo año 2021 en conjunto. De lo contrario y en tanto vivimos mayoritariamente en tiempos egoístas y mezquinos, podría seguir siendo un festín de buenos momentos, que no resuelve las precariedades ni menos mejora la competitividad, pero que sí entrega glamorosas fotos en redes sociales, sin mayor trascendencia para el ecosistema creativo ni para el país. Es momento de hablar del futuro, pensando en los diversos públicos que en sus casas hoy más que nunca se están familiarizando con los contenidos que producen los emprendedores y trabajadores de las culturas y su economía creativa, para contribuir y mejorar nuestra calidad de vida.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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