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Hay dos Boric Opinión

Hay dos Boric

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Hugo Herrera
Por : Hugo Herrera Abogado (Universidad de Valparaíso), doctor en filosofía (Universidad de Würzburg) y profesor titular en la Facultad de Derecho de la Universidad Diego Portales
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¿Cuál de los Boric prevalecerá? ¿El partidista o el capaz de actitudes de Estado? ¿El filudo y consistente con su cofradía o ese capaz de entender el interés nacional? ¿El joven de juventud sofisticada, cosmopolita, levitante o el provinciano que no ha perdido el trato sencillo con el suelo y los árboles? ¿El seguidor del iluminado Atria, más parecido a la acerada izquierda de un –en su minuto– implacable Altamirano o el alumno de Jocelyn-Holt o Salazar (y Góngora), probablemente más parecido al paisanismo llano de un Aguirre Cerda? ¿Cómo saberlo? Probablemente ni él lo tenga todavía muy claro. ¿Quién sabe, en verdad, cuál de entre sus propias pulsiones interiores, cuál de los aspectos de su personalidad primará? Aunque no es de negar que ayudaría mucho a salir de la empobrecedora dinámica partisana en la que nos hallamos, poder decir con algún fundamento que imperó finalmente el segundo entre los dos.


Uno, miembro de la “juventud dorada” chilena, que estudió en colegios pagados y egresó de universidades santiaguinas de élite; que formula argumentos sofisticados, dotada de altísima capacidad crítica; el colectivo de tunantes que flota con sus fórmulas inteligentes sobre la realidad concreta del país, arriba de esa mitad menos conspicua y erudita, más apagada y oscura, que incluye a los grupos emergentes, condescendientemente considerados por la manada de cabezas ágiles e ilustradas. Es el joven radicalizado e hirsuto, fotografiándose con una polera de Jaime Guzmán baleado y atravesado por una lanza. Es también el aliado abrazado del Partido Comunista, la colectividad encallada que celebra a cuanto dictador de izquierda aparece en el horizonte latinoamericano y universal; el PC de Camila Vallejo, que no trepida en homenajear al criminal Lenin. Es, asimismo, el Boric que grita destempladamente, frente a las cámaras, a un joven militar que simplemente cumplía su función y estaba impedido de responderle en igualdad de condiciones, y eso mientras a dos cuadras se quemaban buses, fuentes de trabajo, que destruían bienes alcanzados con el esfuerzo de personas comunes y corrientes, de personas dignas. Mas, sobre todo: es el Boric cercano al fanatismo racionalista del ideólogo de cátedra, Atria.

En sus panegíricos, este condena al mercado moral y hasta religiosamente como “mundo de Caín”, campo de “alienación”. La “deliberación política” es, en cambio, ámbito de plenitud y reconocimiento del otro. El interés mercantil cainita, empero, soslaya al otro y contamina la deliberación. Por eso, se requiere establecer Derechos Sociales universales, que prohíban al mercado en áreas completas de la vida social (en el ideal, en todas). Así, la deliberación puede avanzar, lograrse el reconocimiento que ella procura y, en algún momento, la identificación plena de interés individual e interés general: el comunismo.

Aquí el impulso más febril que le hayamos conocido a Boric, el alegato más destemplado, la frivolidad menos defendible de joven rampante y toda anécdota torpe, simplemente palidecen: ante el fanatismo de una visión descuajada en la que, de la razón y la prohibición del mercado, se espera el salto hacia el estadio comunista, la estrafalaria parusía de un individuo genérico.

En la apresurada cabeza del profeta de cátedra (agradezco la expresión a Weber) se desconoce así, no sólo a la importancia política del mercado como factor de división del poder social (sin mercado, quien emplea y quien gobierna coinciden, y la libertad queda comprometida). Además, que la deliberación es generalizante, o sea: solo admite razones válidas para la generalidad del público; o sea: ella es, en su apego a las generalizaciones y universalizaciones, hostil a la singularidad del individuo real. Soslaya, el pensamiento de marras, que sin ámbitos de silencio y retiro privados, amparados en la propiedad privada, la deliberación deviene superficial, en el extremo: reiteración de “lo que se dice” (remito a mi libro Razón bruta revolucionaria, descargable aquí).

No es solo que Boric se codee con las y los comunistas. No es solo que sea parte de un corro juvenil algo impulsivo, desentendido de la situación del pueblo en su territorio; crítico sin matices de las contundentes victorias de ese pueblo en las últimas décadas: contra el hambre, el frío y la desnutrición; descuidado con el pueblo padeciendo el “miedo inconcebible” a regresar a la pobreza. El problema se encuentra todavía, antes que eso: en que no sabemos hasta qué punto Boric está capturado por una ideología radical, abstracta en grado sumo y por abstracta dañina, esa que la discreta mente de su lugarteniente Jackson decía llevar “en su mochila” los días de las protestas de 2011; esa cuya adopción significaría la ejecución de un radicalismo ante el cual los comunistas de partido lucen como buenos vecinos del club social de la esquina.

El asunto no es, sin embargo, tan sencillo, al punto que nos quedase simplemente desconfiar y lamentarnos. Quizás así sería más fácil todo. Pero resulta que aparece por momentos también otro Boric. Es uno que luce más provinciano, de Punta Arenas, que llegó a Santiago con la experiencia de la ciudad pequeña y en la cual resulta posible todavía hallarse uno paisanamente con personas de diversas clases y condiciones. Arribó a la capital a estudiar Derecho en la Universidad de Chile. Derecho en la Chile ha perdido algunas de sus cualidades, pero todavía en el tiempo de Boric deambulaban por allí (además de Atria) una pluralidad de profesores menos amigos de las construcciones mentales, más corteses con la situación concreta, más deferentes con la singularidad de los individuos. Historia, por ejemplo, la enseñaban Gabriel Salazar, Alfredo Jocelyn-Holt y Bernardino Bravo, de miradas muy diversas y hasta opuestas, pero no desprovistos de fuerzas intuitivas, que añaden humanidad a las elaboraciones racionales; académicos atentos, con igual o mayor énfasis que a las ideaciones, a la situación, sus tonos, espesuras y peculiaridades.

Dos de ellos fueron discípulos de Mario Góngora, y ahí hay una fuente de realismo histórico esclarecido, con la que probablemente Boric tuvo contacto. Recuerdo una vez que escribí sobre la “Generación del Centenario”, ese egregio primer conjunto de intelectuales jóvenes que pensó con plena consciencia al país: la de Alberto Edwards, Francisco Antonio Encina, Darío Salas, Luis Galdames, Tancredo Pinochet, Luis Ross, Alejandro Venegas y Guillermo Subercaseaux. Boric complementó mi texto con una indicación que evidenciaba familiaridad con esos autores.

Quizás aquí pueda hallarse una base de lucidez histórica y política, de atención atinada hacia la realidad de a pie y los individuos que la habitan. Tal vez esa lucidez, acompañada del aprecio sincero del provinciano por su tierra y vecindario expliquen el otro Boric: ese que estuvo dispuesto un día a salir de la trinchera, arriesgando perder apoyos y ganándose odios, y dialogar y acordar para darle viabilidad a un proceso que amenazaba colapsar en medio del estallido. Es el Boric “traidor”, para algunos, “traidor” ciertamente con credos estrechos, pero comprometido con el país. Gracias a la suya y a otras “traiciones” patrióticas, fue parido, en sede parlamentaria, el invaluable acuerdo del 15 de noviembre.

¿Cuál de los dos Boric prevalecerá? ¿El partidista o el capaz de actitudes de Estado? ¿El filudo y consistente con su cofradía o ese capaz de entender el interés nacional? ¿El joven de juventud sofisticada, cosmopolita, levitante o el provinciano que no ha perdido el trato sencillo con el suelo y los árboles? ¿El seguidor del iluminado Atria, más parecido a la acerada izquierda de un –en su minuto– implacable Altamirano o el alumno de Jocelyn-Holt o Salazar (y Góngora), probablemente más parecido al paisanismo llano de un Aguirre Cerda? ¿Cómo saberlo? Probablemente ni él lo tenga todavía muy claro. ¿Quién sabe, en verdad, cuál de entre sus propias pulsiones interiores, cuál de los aspectos de su personalidad primará? Aunque no es de negar que ayudaría mucho a salir de la empobrecedora dinámica partisana en la que nos hallamos, poder decir con algún fundamento que imperó finalmente el segundo entre los dos.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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