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El Pacífico sur y el “nuevo orden mundial”

por 3 julio, 2022

El Pacífico sur y el “nuevo orden mundial”
Las inversiones y el comercio chino (casi el 30% de nuestras importaciones provienen de ese mercado) no deben impedir apreciar que el escenario geopolítico global ha sido gravemente impactado por la guerra en Ucrania (rearme alemán incluido y emergencia de Polonia como potencia regional), y que ese impacto ha terminado por extenderse a la Cuenca del Océano Pacífico.  La confrontación entre Australia y China, y el implícito “visto bueno” occidental al rearme japonés son algunos de sus resultados. Chile —y también otros países ribereños del Pacifico Sudeste— deberían comprender y mensurar el alcance de estos cambios, y prepararse para cualquier alteración no solo en el comercio con China, sino que en las relaciones con “Occidente” (del cual no solo provienen buena parte de “nuestra manera de ser”, sino que la innovación y las inversiones que necesitan nuestras economías).
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Una reciente gira del Ministro de Relaciones Exteriores chino, Wang Yi, por diversos Estados archipelágicos del Pacífico Sur ha terminado por hacer evidente que —en el marco de la compleja relación entre el régimen del Partido Comunista Chino y Estados Unidos y sus aliados— alejadas regiones de nuestro hemisferio son, desde ya, partes de una disputa geopolítica de alcance global. En este plano es relevante que, en su dimensión Indo-Pacífica, dicha disputa también incluye a la India, país que si bien con Estados Unidos, Australia y Japón participa del denominado “Dialogo Cuadrilateral sobre Seguridad” (QUAD, de abierta hostilidad hacia Beijing), junto a China (y también Rusia) es parte del grupo de los BRICS (no obstante que en regiones del Himalayas, chinos e indios se siguen enfrentando militarmente).

En medio de este dinámico escenario es posible observar que, empleada en su renovada acepción ideológica resultante de la guerra en Ucrania, la disputa política y geopolítica entre “Occidente” (con su componente austral) y China, comienza a extenderse hacia el hemisferio sur, en paralelo a la prolongación del conflicto en Europa. Si bien el régimen de Beijing —hasta ahora— no intervino de manera directa en dicho conflicto europeo, tampoco ha desaprovechado la coyuntura para avanzar en objetivos geopolíticos de largo plazo, incluido, como se indica, en el Pacífico Sur.

En este último ámbito debe entonces inscribirse la “gira” de Wang Yi. En principio concebida para reforzar “acuerdos de cooperación” para facilitar el libre comercio, las inversiones, la transferencia tecnológica ynlos créditos chinos (que han convertido a ciertos Estados insulares del Pacífico Central en deudores netos de Beijing), desde el punto de vista occidental esas visitas pretendieron consolidar la “pertenencia a la “esfera de influencia china” de países estratégicamente ubicados, léase las Islas Salomón y Vanuatu.

Desde la perspectiva de “Occidente” en general, y de Australia muy en particular (la principal economía del hemisferio sur), en el mediano y largo plazo esas actividades chinas propenden a extender y consolidar sus actividades de pesca oceánica y la construcción de puertos con capacidades para albergar bases militares de evidente significado estratégico. Por lo mismo, la “gira”  de Wang Yi ha terminado por escenificar el enfrentamiento entre Australia y sus aliados y  China, aspecto que desde ahora debe entenderse como “un elemento esencial” del sistema de relaciones intra-Pacífico.

Desde una interpretación geo-legal, los acuerdos suscritos por el canciller chino no solo fortalecen el posicionamiento geoeconómico de su país, sino que son instrumentales a la “interpretación china del Derecho del Mar”, especialmente en lo relativo a la “cuestión en desarrollo” de los “límites más allá de las 200 millas” de la plataforma continental. En el relato chino, en enormes espacios oceánicos del Pacífico Occidental, Beijing tiene “derechos históricos” derivados de la “presencia ancestral” de sus pescadores, incluso en áreas próximas al ecuador terrestre. Se trata, obviamente, de un argumento a lo menos discutible.

En esta materia la tesis geo-legal china está resumida en el mapa de “la línea de los 9 puntos”, que ilustra el borde exterior de la soberanía submarina pretendida por China hasta cerca 1.500 kilómetros de sus costas. Si bien en 2016 —a petición de Filipinas— esa tesis fue esencialmente desestimada por la Corte Permanente de Arbitraje, el dictamen respectivo no impidió que el gobierno chino continuara impasible su plan de vincular (por ahora “comercialmente”) ciertos archipiélagos que reclama en el Mar del Sur de China con archipiélagos del Pacífico Sur (comenzando por las Islas Salomón, cuyo valor estratégico en el despliegue naval y aéreo norteamericano durante la Segunda Guerra Mundial es bien conocido).

Chile y América del Sur en el emergente nuevo orden internacional en la Cuenca del Pacífico

Toda vez que a lo largo de miles de kilómetros de costa Chile no solo es ribereño, sino parte fundamental del comercio, la cooperación económica y la navegación del Océano Pacífico (al cual —de forma estructural— están ligadas nuestras oportunidades de desarrollo social y económico), la emergencia de nuevas áreas geográficas y ámbitos de conflicto en esta región debe ser, más que nunca, asunto de preocupación de la diplomacia, las fuerzas armadas, las autoridades regionales, los exportadores,  los expertos  y, en definitiva, del conjunto de la sociedad chilena.

El desarrollo exponencial de la economía china y la consolidación de ese país en tanto “factor de primer orden” de la política mundial constituye uno de los cambios estructurales del sistema internacional de los últimos 40 años. Por su impacto sobre el conjunto de las relaciones internacionales se trata, al menos, de “un hecho” tan importante como el fin de la Unión Soviética y la desaparición del “bloque del Este”. No obstante, mientras hasta 1991 la confrontación bipolar tenía su epicentro en Europa y en el Atlántico Norte, la confrontación entre “Occidente” y China tiene su primer escenario en la Cuenca del Pacífico.

Esto es de principal importancia en vista de que, solo treinta años después de esos sucesos, China no solo es la segunda economía del planeta, sino que su gigantesco mercado concentra las exportaciones de casi todos los países de la Cuenca, incluidos Japón, Nueva Zelanda y Chile. Así, constituyéndose en el “principal comprador”, China ha logrado consolidar una enorme cuota de poder comercial que, desde la perspectiva de su proyecto mundial, es un componente fundamental de su poder político (que a diferencia de Rusia, regularmente es un “poder blando”).

Este fenómeno se repite con los países de la Alianza del Pacífico y del MERCOSUR, esto es, en países de ambas vertientes de América del Sur. En el caso del MERCOSUR, datos de la OMC para 2019 indican que, de los 185 mil millones de dólares de comercio entre ese grupo regional y los países APEC, 118 mil millones de dólares, ergo el 63,4%, correspondieron exportaciones de commodities agrícolas de Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay destinados al mercado chino. En estas cifras destacan las exportaciones brasileras, argentinas y paraguayas de soya, granos, aceites y carnes.

A partir del año 2001, cuando China ingreso a la OMC, el MERCOSUR se transformó en un “elemento” de la seguridad alimentaria del régimen de Beijing, un aspecto que debe entenderse a la par con el fenómeno geopolítico de la progresión de las inversiones chinas en sectores estratégicos de la economía de esos países (energía y transportes, especialmente).

Este escenario comercial es también el trasfondo de la participación de Argentina en la iniciativa de “la ruta de la seda”, y de la presencia de ese mismo país, junto con Brasil, en el llamado “Diálogo Global sobre Desarrollo”. Celebrado a fines de junio vía teleconferencia, ese evento fue presidido por el propio Xi Xinping, y contó con la participación del Presidente Alberto Fernández y del Vicepresidente del Brasil. De interés es que en este caso se trata de una propuesta del propio líder chino, iniciada en la Asamblea General de Naciones Unidas de 2021. Ahora, con el concurso de los principales socios del MERCOSUR, esa “propuesta china” alcanza verdadera proyección internacional.

Toda vez que la continuidad a largo plazo del sistema capitalista de partido único liderado por Xi Xinping depende, en buena parte, del comercio internacional en general, y de las importaciones de los bienes agrícolas necesarias para su seguridad alimentaria, el Océano Pacífico es más que nunca esencial para el proyecto global chino. Esta es la ruta a través de la cual transita el comercio marítimo hacia sus puertos, 8 de los cuales —liderados por Shanghái, Ningbo, Shenzhen y Ganzúo— ya figuran en el top 10 de los puertos más importantes del planeta.

China, la OTAN y el Pacífico

La expansión china a lo largo y ancho del Pacífico está encontrando la creciente hostilidad de Estados Unidos, Japón, Corea del Sur y Australia, para los cuales el posicionamiento chino en el hemisferio sur (incluida la vertiente atlántica de América del Sur) constituye una amenaza principal para su seguridad. En ese mismo marco, y en el entendido de que esos países rehúsan reconocer cualquier derecho especial de Beijing en el Mar del Sur de China y otros espacios del Océano Pacífico, sin ningún tipo de vacilación también apuestan por la autonomía de Taiwán y el ejercicio del “derecho a la libre navegación” en áreas controvertidas y conflictivas tales como el estrecho de Formosa (o de Taiwán).

A lo anterior se agrega el complejo asunto de Corea del Norte, cuyo régimen depende, a la larga, de la “tolerancia” de Beijing. Para Estados Unidos, Japón, Corea del Sur y sus aliados la peligrosa beligerancia Kim Jong-un no es sino un “arma china a control remoto”, pues, de diversas formas, sus recurrentes provocaciones son instrumentales para introducir una dosis de caos dirigida a “distraer la atención de Occidente” y facilitar las maniobras de China. Entre esas maniobras se cuenta la anotada “cooperación comercial y económica” con Estados islas del Pacífico Sur que, otra vez en el relato chino, son “resultados naturales” del crecimiento de su “cooperación” con países antes alejados del interés de Beijing.

A la vez, en el Pacífico Norte —y mientras la guerra en Ucrania se prolonga— con cierta frecuencia China desarrolla ejercicios y patrullas militares conjuntas con Rusia, la cual, a su vez, mantiene cuestiones territoriales pendientes con Japón (Islas Kuriles).

Parte de la reacción occidental a estas “maniobras chinas” la constituye la renuncia australiana a un contrato con un consorcio francés para construir 12 submarinos convencionales y reemplazarlos con una flota de submarinos nucleares (los primeros del hemisferio sur). Estos, finalmente, serán desarrollados en conjunto con consorcios de Estados Unidos y del Reino Unido. A pesar del impacto de este suceso sobre la relación entre Francia y sus aliados anglosajones, lo concreto es que el contrato de los submarinos nucleares australianos ha dado pie a otra alianza político-militar en el Pacífico, esto es, la del denominado AUKUS. Junto a lo anterior debe anotarse el acelerado, aunque encubierto, rearme militar de Japón.

En el Pacífico Sudeste y el sector americano del Océano Austral, la presencia china se reduce —por el momento— a la presencia de su programa antártico anual (que deambula entre Punta Arenas en el estrecho de Magallanes,  y Ushuaia en el sector argentino del Canal Beagle), además de sus cada vez más numerosas flotas de pesca pelágica, que anualmente se desplazan desde el Alta Mar frente a las cosas del Ecuador, Perú y Chile, y —a través del Estrecho de Magallanes— el Alta Mar que enfrenta la Zona Económica de Argentina y de las islas Falkland/Malvinas y Georgia del Sur.



En este último caso se trata de decenas de pesqueros y buques fábrica dedicados a pesquerías que, en varios casos, están sometidas medidas nacionales de conservación que no se extienden a la Alta Mar, a pesar de que se trata de especies altamente migratorias. No existe control directo sobre las capturas de estas flotas chinas que, entre enero de 2020 y diciembre de 2021, en un total de 199 pesqueros con TRG de 800 y 1500 cada buque, cruzaron el estrecho para operar en caladeros del Pacífico Sur a las del Atlántico Sur. La enorme capacidad de captura de esas flotas constituye un elemento perturbador que —mientras sigue sin ser mensurado— amenaza la efectividad de los esfuerzos para la conservación de los ecosistemas marinos del extremo sur de América.

Aun así, no se conoce de ninguna protesta firme y grupal de los países ribereños afectados (Ecuador, Perú, Chile y Argentina). ¿La razón? Probablemente la importancia de China como “inversionista extranjero” y “mercado destino” de parte fundamental de sus respectivas exportaciones (en el caso chileno, el 38% del total en 2021).

El componente austral de la OTAN

La preocupación que en “Occidente” causa el despliegue comercial y militar chino en el Pacífico Sur ha quedado formalmente establecida en la participación de Australia, Nueva Zelanda, Corea del Sur y Japón en un diálogo paralelo sobre seguridad, organizado en el contexto de la Cumbre 2022 de la OTAN celebrada en Madrid a fines de junio.

La preocupación respecto de la ampliación de la influencia china en el Pacífico ha quedado registrada en la Declaración de Madrid teniendo como trasfondo la ampliación de esa alianza militar (adhesión de Suecia y Finlandia) y el anuncio del despliegue de 300.000 efectivos al “flanco oriental” (para hacer frente a Rusia, que sin ambigüedades ha sido sindicada como la principal amenaza a la paz mundial),

La Cumbre ha concluido con la renovación del compromiso de “defender hasta la última pulgada” de su territorio, y el anuncio de una nueva estrategia para el “flanco sur” (para enfrentar el yihadismo y la migración masiva agravada por la escasez de alimento en la región del Sahel a propósito del cambio climático y  la falta de grano ucraniano). En la óptica del “nuevo concepto de seguridad mundial” de la Alianza debe entonces entenderse el vínculo formal establecido en Madrid entre la OTAN y Japón, Corea del Sur, Nueva Zelanda y Australia.

Sin duda que por la “oportunista” actitud china frente a la situación ucraniana, y su contribución a otros focos perturbadores (“cooperación” con Rusia, intervención en África, cercanía con el régimen de Corea del Norte, etc.), la percepción de seguridad internacional de Occidente ha terminado incluyendo un “capítulo Océano Pacífico”, en el que el adversario es otro “régimen no democrático”, esto es, aquel del Partido Comunista Chino.  Junto con Australia, el gobierno de Estados Unidos ha sido el principal promotor de este enfoque político y geopolítico.

Todo indica que de la Cumbre de la OTAN en Madrid ha surgido una nueva alianza estratégica que, en lo esencial, divide a las democracias del Pacífico Occidental desde ahora formalmente consideradas (este es el detalle) “distintas” de los “regímenes no-democráticos” tales como aquellos de China, Rusia y Corea del Norte. Si en origen este concepto fue concebido para justificar el cambio de doctrina europea de la OTAN frente a Rusia (desde ahora la Alianza no buscará “contener”, sino “derrotar” la amenaza de Moscú), la expansión de la influencia china en el Pacífico (y en América del Sur), la convierten en “el otro” adversario esencial de Occidente.

Lecciones

Las inversiones y el comercio chino (casi el 30% de nuestras importaciones provienen de ese mercado) no deben impedir apreciar que el escenario geopolítico global ha sido gravemente impactado por la guerra en Ucrania (rearme alemán incluido y emergencia de Polonia como potencia regional), y que ese impacto ha terminado por extenderse a la Cuenca del Océano Pacífico.  La confrontación entre Australia y China, y el implícito “visto bueno” occidental al rearme japonés son algunos de sus resultados.

Chile —y también otros países ribereños del Pacifico Sudeste— deberían comprender y mensurar el alcance de estos cambios, y prepararse para cualquier alteración no solo en el comercio con China, sino que en las relaciones con “Occidente” (del cual no solo provienen buena parte de “nuestra manera de ser”, sino que la innovación y las inversiones que necesitan nuestras economías).

Si bien a través del comercio bilateral países como Brasil han logrado un importante grado de autonomía y capacidad de gestión respecto de, principalmente, Estados Unidos y la Unión Europea, no es menos cierto que ese mismo comercio constituye un “talón de Aquiles”, pues cualquier alteración en el modus vivendi en la Cuenca del Pacífico tendría efectos catastróficos para sus exportaciones y, por ende, para el conjunto de su economía.

Toda vez que Chile forma parte de “la primera línea” en dicha extensa región de la tierra, para el interés de largo plazo del país resulta de fundamental importancia que su diplomacia, su clase política, sus exportadores y sus autoridades regionales no pierdan de vista el nuevo escenario geopolítico catalizado por la guerra de Ucrania y la expansión de China en el Pacífico, que, más allá de cualquier duda, de manera estructural están alterando no solo el curso de la denominada “globalización”, sino que la médula del sistema internacional derivado del fin de la Guerra Fría.

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