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¿Ignoró Francia la amenaza que representaba Merah?

La extrema derecha francesa dice que los asesinatos de Toulouse demuestran que el país «subestimó peligrosamente la amenaza del extremismo musulmán». ¿Es justa tal afirmación?


De acuerdo con Marine Le Pen, la belicosa líder del Frente Nacional, los asesinatos de Toulouse demuestran que Francia «subestimó peligrosamente la amenaza del extremismo musulmán.»

¿Es esto justo?

Como crítica, no se puede descartar inmediatamente sólo porque ella se sitúe en la extrema derecha.

Siete personas fueron asesinadas en horrorosas circunstancias y el asesino halló justificación en el islamismo.

Mientras no se conocía la identidad del autor, la teoría más favorecida era que se trataba de un neonazi.

Algunos, incluso, culpaban al presidente Sarkozy por atizar las pasiones y crear las condiciones en que los atentados se hicieron posibles.

Tales sugerencias parecen de total mal gusto en estos momentos y los que las hicieron seguramente tendrán que soportar las tempestades de los vientos que sembraron.

Pero nada de esto responde a la pregunta de si Francia se dejó sorprender por la cuestión musulmana.

¿La inteligencia francesa no debería haber impedido que Mohamed Merah llevara a cabo esos ataques?

¿Es cierto que Mohammed Merah, de 23 años, había estado por mucho tiempo en la mira del DCRI (el servicio de inteligencia nacional de Francia)?

Lobo solitario

Tras crecer en Les Izards, las torres de departamentos de Toulouse, Merah cayó en la delincuencia de poca monta en su adolescencia.

Luego, hace dos o tres años, se volvió religioso.

De acuerdo con el fiscal del caso, Francois Molins, el joven sufrió un proceso de «radicalización salafista atípica.»

No es nada curioso que los jóvenes delincuentes, de extracción musulmana de los suburbios franceses, atiendan al llamado del islamismo.

Lo novedoso en el caso de Merah es que éste parece haber disfrutado su trabajo en soledad.

Merah hizo dos viajes a Afganistán y Pakistán en noviembre de 2010 y agosto de 2011.

Pero, de acuerdo con las autoridades francesas, los hizo por cuenta propia, es decir, sin el apoyo de las redes musulmanas establecidas, las que están vigiladas estrechamente por los servicios de inteligencia.

De todas formas, Mohamed Merah estaba en una lista de gente vigilada.

A su regreso de Pakistán, el año pasado, incluso fue llamado a un interrogatorio.

Y cuando la policía empezó a revisar domicilios de internet, ligados a la primera víctima, fue la figuración del nombre de la madre de Merah en una de las cuentas lo que les dio la primera gran pista.

Es de lamentar que no se estableciera una vinculación con Merah antes de los asesinatos en la escuela judía, el lunes.

Personalidad de un asesino

Otra interrogante es si los servicios de inteligencia no deberían haber vigilado a Merah más estrechamente.

Muchos franceses imaginarán que si un extremista conocido regresa de tierras afganas o pakistaníes, con fuerte presencia de al-Qaeda, aquél tendría que estar en la mira de los servicios secretos todo el tiempo.

Pero nada de esto ocurrió.

Incluso, Merah fue capaz de reunir un arsenal, pero aún cuando fue identificado como sospechoso, el DCRI no tenía idea de su paradero.

La respuesta del ministro de Interior, Claude Guéant, es que «no es posible arrestar a nadie sólo porque tenga ideas salafistas. En Francia, y esto no es mala cosa, tener un particular punto de vista no es un delito».

En otras palabras, los agentes de inteligencia no tenían ninguna razón específica para sospechar que el extremismo religioso de Merah podría traducirse en violencia.

Aquí es donde entra a tallar la personalidad del asesino.

Hasta donde se sabe, éste actuaba si no solo, en un pequeño grupo, principalmente con la ayuda de su hermano Abdelkader.

Algunos analistas han señalado que Mehra tenía una habilidad «sicopática» para compartimentar su conducta.

La gente que lo conocía, tales como su abogado y el periodista de France 24, a quien le telefoneó el martes, en la noche, muy tarde, lo describieron como cortés, amable y civilizado.

No un atacante suicida

Sin embargo, era un hombre capaz de jalar a una niña de ocho años por el pelo y matarla de un tiro.

En otras palabras, se encontraba en la encrucijada entre el extremismo religioso y el trastorno mental.

Según informaciones de prensa, en su reciente viaje a Pakistán, trató de adoctrinar a jovenes de su vecindario mostrándoles morbosos videos de gente decapitada y otros horrores.

Merah también se hallaba en otras encrucijadas. Entre los mundos de la religión y el crimen, por ejemplo.

Las armas debieron provenir de alguna parte. Se presume que las bandas de los suburbios pueden haber contribuido.

Lo interesante es que no se haya convertido en un atacante suicida.

En otras sociedades occidentales, a saber, el Reino Unido y Estados Unidos, los jihadistas se han mostrado dispuestos a asumir el papel perfeccionado en Irak o Afganistán, y se han inmolado.

Merah dijo que no tenía «pasta de mártir,» según lo ha afirmado por el ministro del Interior, Claude Guéant.

Su manera de abandonar este mundo tenía más del estilo de una película de acción barata que de éxtasis religioso.

Quizás, la lección sea que Francia necesita estar más alerta respecto a los diferentes rostros que el islamismo extremista puede asumir.

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