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Concepción: hora de definiciones, dentro de lo que hay

por 27 octubre, 2012

El escenario no es muy alentador para la segunda o tercera (aunque a estas alturas uno no sabe en que puesto se encuentra) ciudad más importante del país. Lamentablemente, la ciudad de Concepción está muy lejos de retomar la senda de aquella otrora metrópolis pujante, que marcaba pauta a nivel nacional, con destacados hombres públicos e intelectuales en todos los ámbitos de la sociedad.
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El presente 28 de octubre, los habitantes de la ciudad de Concepción tienen la oportunidad de poner término a más de 10 años de hegemonía gremialista, aunque para ser más específicos al poder e influencia que ha ejercido doña Jacqueline Van Rysselbeghe en el municipio penquista, la cual a pesar de no estar a cargo de su administración, ha logrado mover las piezas del tablero político local para mantener en dicha instancia a sus incondicionales colaboradores y funcionales territoriales.

Si bien en las últimas elecciones municipales, fue indiscutible (desde el punto de vista electoral) la primacía de la otrora alcaldesa e intendenta, la administración municipal penquista ha estado sumergida en constantes escándalos y denuncias ante la Contraloría, producto del manejo en el uso de recursos fiscales. Conjuntamente con aquello, y después de la salida de la alcaldesa para convertirse en intendenta, el municipio experimentó uno de los momentos más bochornosos de la historia local, al ser votado por sus pares, como nuevo alcalde de la ciudad, el concejal UDI Patricio Kuhn (hombre del círculo Van Rysselberghe), quien en la última elección había sido elegido concejal con 631 votos, pese a lo cual, gracias a la correlación de fuerzas y componendas al interior del concejo municipal, logró instalarse como primera autoridad. Toda una proeza, por cierto vergonzosa, para una de las principales ciudades históricas del país.

El escenario no es muy alentador para la segunda o tercera (aunque a estas alturas uno no sabe en que puesto se encuentra) ciudad más importante del país. Lamentablemente, la ciudad de Concepción está muy lejos de retomar la senda de aquella otrora metrópolis pujante, que marcaba pauta a nivel nacional, con destacados hombres públicos e intelectuales en todos los ámbitos de la sociedad.

En esta oportunidad, la oposición (en su mayoría) se presenta unida para enfrentar al candidato de la derecha, mejor dicho, al candidato favorecido y ungido por la señora Van Rysselberghe, se trata del púber político Emilio Armstrong. El nombre elegido para enfrentar a este último es el del Democristiano Álvaro Ortiz, actual concejal penquista e hijo de José Miguel Ortiz, Diputado por el distrito 44 de la Región del Bío Bío.

Ortiz (hijo) fue elegido candidato de la Concertación local (o lo que va quedando de ella), en una primaria, derrotando a sus camaradas Martín Zilic y Pedro Cisterna, en un proceso no exento de controversia y polémica, principalmente por las denuncias de “acarreo” de votantes a favor del hijo del Diputado. No obstante aquello, su candidatura terminó por imponerse y legitimarse al interior de la Concertación local, para finalmente sumar el apoyo (electoral) del Partido Comunista, con lo cual constituirse en un “frente” común para desalojar al gremialismo del municipio.

En el caso de los otros dos candidatos que compiten por alcanzar el sillón edilicio, uno de ellos es Raúl Romero, quien dice representar a las —variopintas— fuerzas cristianas evangélicas de la ciudad. Por otra parte está Francisco Córdova, otrora ciudadano independiente, crítico del sistema y los partidos, pero que a la vuelta de la esquina terminó convirtiéndose en ciudadano de partido, al plegarse a los humanistas. Con un discurso que mezcla la autorreferencia y el populismo (claro que en una versión bien pobre), sin orgánica, busca erguirse como el redentor ciudadano, pero más allá de lo pintoresco que puedan ser estas u otras candidaturas, las cuales siempre irrumpen para las diversas contiendas electorales, lo cierto es que la presente elección  puede marcar un punto de inflexión con lo ocurrido en las últimas dos, donde la derecha, particularmente el gremialismo y el caudillismo de Van Rysselberghe se han impuesto sin mayores problemas.

Si bien Ortiz no es un intelectual de la política; es decir, un referente en el plano teórico/ideológico, ni tampoco alguien que ejerza un liderazgo ciudadano, capaz de convocar y movilizar a las masas, tiene a su favor el conocer desde adentro el trabajo municipal, a lo cual suma el apoyo de la maquinaria DC a nivel territorial y las redes sociales y de base de su padre Diputado. Además de aquello, un punto (a favor de Ortiz) es su contraparte, el arquitecto Armstrong, candidato del perfil gremialista, pero principalmente de lo que busca Jacqueline Van Rysselbeghe: joven, profesional, (titulado en la Universidad del Desarrollo), vinculado al mundo privado y que no viene de la estructura partidaria. De hecho, no posee discurso político y muestra una pobreza ideológica y conceptual que por momentos llama la atención para alguien que se desempeña en el mundo de la academia; asimismo, no ha logrado cooptar el apoyo ciudadano que sí tiene su madrina política, lo cual se ve reflejado en las diversas encuestas, de las cuales hasta la fecha, ninguna lo da por sobre Álvaro Ortiz. A lo anterior se suma su ausencia de los debates, lo que significa que no contrapone ideas, simplemente se ciñe a lo que Tomás Moulián califica como la pseudopolítica; es decir, una buena imagen, sonreír para la foto, levantar el pulgar, caminar por las calles, algunos barrios y poblaciones vestido de casaca naranja y rodeado de algunos ciudadanos.

En consecuencia, Concepción, otrora gran ciudad de Chile, tienen como “oferta electoral” un candidato cuyo principal argumento es decir que encarna los valores cristianos, otro que critica a los partidos y termina vinculado a uno de ellos; al hijo de un Diputado, el cual se impuso en una primaria rodeada de cuestionamientos, y por último a un candidato que no debate y que tiene como gran carta de presentación el apoyo de la otrora alcaldesa.

Y qué decir de la diversidad y mezcolanza de candidatos a concejales. Aquello (incluso algunos de ellos) da para un solo escrito. Varios van a la reelección, mientras otros buscan por primera vez la condescendencia y beneplácito de la ciudadanía. En el caso de los primeros, sobran los dedos de una mano para reconocer el trabajo serio, comunitario y de fiscalización (principalmente los concejales Alejandra Smith y Patricio Lynch), mientras que el resto ha apoyado por acción u omisión la administración gremialista. En ese sentido, tan importante como la elección de un alcalde, es la de un cuerpo de concejales idóneo y responsables que responda a los intereses de la comunidad y no del partido, grupo de amigos y socios de coalición.

De esta forma, el escenario no es muy alentador para la segunda o tercera (aunque a estas alturas uno no sabe en que puesto se encuentra) ciudad más importante del país. Lamentablemente, la ciudad de Concepción está muy lejos de retomar la senda de aquella otrora metrópolis pujante, que marcaba pauta a nivel nacional, con destacados hombres públicos e intelectuales en todos los ámbitos de la sociedad.

Sin embargo y más allá del vaciamiento político y deliberativo del cual nefastamente ha sido objeto la ciudad y la sociedad penquista por parte de quienes en el último tiempo han tenido en sus manos la administración local, los ciudadanos tienen este 28 de octubre la opción —por lo menos— de apostar por un cambio que signifique de una u otra manera desterrar progresivamente los escándalos y aquellas malas prácticas políticas que se fueron instituyendo, a las cuales nos acostumbró de manera vergonzosa las últimas gestiones locales.

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