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La DC: entre enamorados de las primarias y cautivos de las encuestas

por 12 diciembre, 2012

La DC: entre enamorados de las primarias y cautivos de las encuestas
La DC ha dado un importante paso en apostar por este mecanismo. Va a ser el primer partido en Chile que elegirá su candidato presidencial por primarias este 19 de enero entre Claudio Orrego y Ximena Rincón. Varios estuvieron tentados de dejarse sanar por el poder curatorio de las encuestas —ya sabemos quién va a ganar, para qué correr riesgos, apoyemos a Michelle Bachelet— y dejarse llevar por lo que parece una predestinación.
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Las primarias en sí mismas se han transformado en un gran truco publicitario: todos públicamente quieren tenerlas, pero muchos las menosprecian al lado del valor de las encuestas. En esta elección en el mundo de la oposición declaraciones como las de Juan Carvajal o Francisco Vidal lo demuestran: las quieren como mecanismo validador, pero le restan importancia como herramienta que mejora las opciones electorales de quienes participan en ellas. Las encuestas por sí mismas hacen esa tarea para ellos.

Las primarias han aparecido como la panacea para derrotar al pistolero que usa las encuestas como armas para deslegitimar a los contendores. Las razones son simples: se han entendido como el mecanismo más apropiado para avanzar en la democratización de la vida pública y hacer más tranparente la toma de las decisiones políticas. Permiten un mejor proceso de deliberación dentro de un partido para afinar y visibilizar propuestas y liderazgos internos. Potencialmente, fomentan la introducción de ideas nuevas en los programas y asegurarían una mayor igualdad entre diferentes ciudadanos. Asimismo permiten evitar el sistema de predeterminación de candidatos imperante hasta hoy: solo se apoya a los candidatos que existen públicamente en encuestas, que son básicamente los que están en el cargo o quienes trabajan ligados a lo político territorial financiados por incumbentes. Este mecanismo permite cristalizar a la opinión pública respecto a la capacidad de un candidato y a fortalecer su identificación antes de la “verdadera” elección. Finalmente, las elecciones primarias constituyen un mecanismo para resolver el proceso de renovación de los políticos, sin producir la el fraccionamiento absoluto de los partidos políticos existentes. Es la jubilación sistémica.

Para los enamorados de las encuestas, las primarias se han transformado en una especie de piedra en el zapato: las detestan porque creen que ratifican lo que ya es obvio (debería ganar el que gana en las encuestas), pero saben que tienen el potencial de cambiar una realidad que parecía evidente.

Para los enamorados de las encuestas, las primarias se han transformado en una especie de piedra en el zapato: las detestan porque creen que ratifican lo que ya es obvio (debería ganar el que gana en las encuestas), pero saben que tienen el potencial de cambiar una realidad que parecía evidente. Con voto voluntario aumentan la incertidumbre: nadie sabe a ciencia cierta cuan voluble es la ciudadanía a la exposición pública que dan las primarias y a “la recarga inicial” que significa desatar una campaña electoral antes a la fecha formal de inicio de estas. Una pequeña votación en una primaria puede tener el efecto gatillante de una competencia reñida y con mayor participación en la elección final. El caso de Providencia es emblemático: una primaria de baja participación (3.600 electores) llevó a una alta movilización en la elección de noviembre por la candidata ganadora.

Debemos reconocer que las primarias han sido presentadas en Chile en una versión dotada casi de poderes seudomágicos, sanadores de la democracia. Lo cierto es que no siempre son una buena solución para elecciones con sistemas mayoritarios sino somos capaces de hacernos cargo de sus externalidades negativas: tienden a fortalecer el poder de los militantes que han capturado el sistema para el acarreo —caso parlamentarios y poder municipal— y aumentan el fraccionamiento interno, que mal llevados puede llevar a quiebres sin resolución. Por lo mismo puede terminar ahuyentando candidatos competitivos que no vengan del ADN de los partidos. A su vez, sin financiamiento público aumentan las barreras de entrada para nuevos competidores sin recursos económicos propios, para enfrentar ahora no una, sino dos elecciones: un largo periodo de elecciones, tiende a producir costos económicos exorbitantes e innecesarios. Y por último, dentro del sistema binominal parece ser una trampa para candidatos independientes pro coaliciones (caso Velasco que necesita ser invitado por un partido) y un túnel sin salida para los movimientos políticos en formación, pues o se involucran en las primarias de las alianzas mayoritarias aceptando sus condiciones —hay que ver que pasa con Revolución Democrática o Red Liberal— o deben enfrentar directamente la elección “verdadera” por fuera, ahora en condiciones incluso menos competitivas que las de antes. En ningún caso relativizan la urgencia de cambiar el binominal.

La DC ha dado un importante paso en apostar por este mecanismo. Va a ser el primer partido en Chile que elegirá su candidato presidencial por primarias este 19 de enero entre Claudio Orrego y Ximena Rincón. Varios estuvieron tentados de dejarse sanar por el poder curatorio de las encuestas —ya sabemos quién va a ganar, para qué correr riesgos, apoyemos a Michelle Bachelet— y dejarse llevar por lo que parece una predestinación. Se agradece el hecho de apostar a legitimar los candidatos y dejar que sea la dinámica de la competencia electoral la que permite tener candidatos ganadores frente a los ciudadanos. El principal desafío partidario, no es cuántas personas votan el 19 —los datos comparados demuestran que nada tiene que ver con los resultados en la elección definitiva—, sino evitar que la competencia resalte la natural tendencia a fagocitar sus propios liderazgos presidenciales y a terminar hipotecando el surgimiento de nuevos liderazgos por sus fracturas internas. Las primarias son para abrir ventanas y no cerrar puertas. El enamoramiento de las primarias debe presuponer la adicción democrática a competir para ganar.

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