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La renuncia de Ratzinger: el paso de la Iglesia católica a la modernidad

por 12 febrero, 2013

La renuncia de Ratzinger: el paso de la Iglesia católica a la modernidad
Por primera vez el papa estará en sus plenas facultades para observar el desenlace y apoyar a su sucesor. Benedicto XVI terminó por cumplir el sueño de un Estado moderno digno de la realpolitik inaugurada por Maquiavelo, y más cercano al aprendiz Lorenzo de Médici que a los Borgia.
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Este 11 de febrero del 2013, la renuncia de Benedicto XVI a la autoridad de Sumo Pontífice, más que un acto solemne de fe, es —bajo una perspectiva política— una jugada digna del mejor émulo de Maquiavelo y a la altura de la historia del poder en el Vaticano y Roma. Si durante su pontificado luchó dificultosamente por limpiar la imagen de su Santa Iglesia, ahora ha dado un golpe de timón, tan certero que ha dejado perplejos a sus enemigos y conmocionados a quienes lo criticaban de previsible e inmóvil. Así, más allá de desprenderse del ejercicio vitalicio de su dignidad, ha cerrado varios flancos de ataque tanto a la Iglesia católica como también a su gestión y aplicación de la justicia, abriendo el debate sobre una nueva etapa del derecho canónico político, la vinculación con las finanzas y las relaciones internacionales.

La jugada de la “responsabilidad de gobierno”

En efecto, tras 600 años sin un hecho de estas características, y con menos de un siglo de existencia de la Ciudad-Estado Vaticano, el cardenal Ratzinger ha situado a esta teocracia, —la única católica y en cuna europea—, en el centro de la modernidad. Aunque la dimisión o renuncia no están reconocidas expresamente por la Ley Fundamental Vaticana (dictada por Juan Pablo II y vigente desde el 2001), sí está enmarcada en el Código de Derecho Canónico (máxima jerarquía normativa) promulgado en 1983 que dispone: “Si el romano Pontífice renunciase a su oficio, se requiere para la validez que la renuncia sea libre y se manifieste formalmente, pero no que sea aceptada por nadie” (capítulo primero, canon 323, apartado dos).

Entonces, su audacia está en imponer la renuncia soberana como un mecanismo de movilidad propio de las democracias actuales, teniendo por argumento la “responsabilidad política” del jefe de un Estado. Luego, la sucesión papal devela no sólo la urgencia de un debate legal y doctrinario respecto a la extensión de la responsabilidad de gobierno, sino algo más fundamental: la falta de una legislación que permita mayor transparencia administrativa y que erradique aquellas historias de corrupción y asociaciones ilícitas que conspiran contra cualquier gobierno. Sobre todo en este conspicuo Estado terrenal.

Lo innovador es que por primera vez el papa estará en sus plenas facultades para observar el desenlace y apoyar a su sucesor. Benedicto XVI terminó por cumplir el sueño de un Estado moderno digno de la realpolitik inaugurada por Maquiavelo, y más cercano al aprendiz Lorenzo de Médici que a los Borgia.

En su declaración, el pontífice argumenta tal responsabilidad diciendo que: “Por avanzada edad, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino (…) En el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de San Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto de cuerpo como del espíritu (…) que en los últimos meses ha disminuido en mí en tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado”. Además anuncia que dejará el cargo (se autoinhabilita) el 28 de febrero próximo y solicita que las autoridades competentes convoquen al concilio que designará a su sucesor. Todo esto ante sus pares en un consistorio privado, en el cual ninguno de sus asistentes tenía antecedentes de la decisión y menos han querido dar mayores declaraciones. Asimismo, ya ha desestimado, a través del portavoz del Vaticano, su participación directa en la elección, guardando aún el secreto del cardenal in pectore que podría representarlo.

El pontificado que deja y Vatileaks

Si miramos la gestión de Benedicto XVI, encontramos que sus casi 8 años de ejercicio han estado de tal manera sobreexpuestos ante la prensa internacional, que sus esfuerzos por lograr la modernización del Estado Vaticano han terminado olvidados. Mucho se desconoce sobre la nueva normativa financiera que rige los actos de gobierno y de la banca de la Santa Sede, lo que incluye restricciones expresas para personas relacionadas y sanciona el uso ilegítimo de información privilegiada. Esto, a fin de evitar episodios como los de la quiebra del Banco Ambrosiano o la implicación en el escándalo de Mani Pulite que le costó la dimisión a Giulio Andreotti, e incluso su relación con testaferros de Silvio Berlusconi. De cada uno de ellos, da cuenta una entretenida filmografía representada por El Padrino III, Il Divo o Videocracy.

Con persistencia hemos conocido todo tipo de procesos judiciales, tramas e intrigas de la más variada índole. Un día eran los casos de abuso sexual cometidos por altos miembros de la Iglesia, cuyas víctimas deseaban llevar hasta la Corte Penal Internacional al mismo papa; las redes de protección a violadores de derechos humanos y regímenes dictatoriales; o los problemas doctrinales con algunas congregaciones y sus patrimonios de lujo frente a un mundo con crecientes cifras de indigencia. Otro día, se conocía de la profunda crisis de presupuesto o éramos testigos del enfrentamiento mediático con los defensores de los derechos de los homosexuales y el derecho al aborto. Sin descontar, por cierto, supuestos complots de homicidios de testigos claves, la filtración de documentos por parte del mayordomo Paolo Gabriele —acusando de incompetente al Papa Benedicto—, y “los Vatileaks”, versión especialísima de alta diplomacia canónica que publicaba y traficaba documentación papal.

Consolidar el mundo católico

Benedicto XVI no fue un papa viajero e ícono de la paz como su antecesor. Atento a la diplomacia más clásica visitó diversos países, usando el protocolo que le evoca a muchos las crónicas romanas de Julio César —el primero en detentar el cargo de Sumo Pontífice, aunque con un sentido muy diferente—. Criticado a veces por su vestimenta, joyas y símbolos, llegó a lugares donde el catolicismo se está consolidando, incluso bajo una historia reciente de dominación como, por ejemplo, Nigeria.

Fue de esta forma que realizó un total de 24 viajes oficiales, destacando siempre un discurso por los derechos humanos. En Brasil, su primera visita a América de Sur para inaugurar la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, en el santuario de Aparecida (2005), hace famosa la doctrina del derecho humano a un sueldo digno y la crítica a los abusos de la concentración de la riqueza. En Camerún, Angola, Jordania, Israel y Palestina, pide la alianza de civilizaciones entre cristianos y musulmanes, y el cese de las hostilidades del gobierno israelí (2009). En Malta y Chipre, llama a la reparación histórica de las víctimas de los golpes de Estado y aboga por el derecho humano a la memoria (2010). En Croacia y Benin, exige justicia para las víctimas de la represión genocida (2011). Incluso en Cuba y El Líbano, afirma apoyar la legitimidad de la lucha por la democracia y la dignidad de la Primavera Árabe (2012).

La elección del sucesor: un cardenal, un voto

El Vaticano ya ha comunicado que el concilio para designar al sucesor se celebrará en el mes de marzo y por eso muchos hablan de un santo padre para la Pascua de Resurrección. El punto es que no existen precedentes en la historia moderna y previa al Estado vaticano de la designación de un papa en estas condiciones. Las “renuncias” de algunos pontífices —como la última de Gregorio XII en 1415 que renunció en medio del cisma de oriente— se dieron antes de existir la noción de Estado y gobierno, por tanto se circunscribían a la visión de “heredero” y “trono”. Hoy, la dignidad de Sumo Pontífice es abiertamente política. Por ello, este jefe de Estado tan particular que conserva en sus manos el poder ejecutivo, legislativo y judicial, tendrá el desafío de adherir o no a la tesis de la separación de los poderes, o al menos de la transparencia de sus actos por medio de comisiones más accesibles, que difundan sus resoluciones, pagos, funcionamientos y relaciones empresariales y familiares.

Este próximo concilio, tendrá a la elite de la Iglesia católica, representada en sus cardenales “electores” como únicos ciudadanos habilitados para votar. Lo interesante de la jugada de Ratzinger es que por la vía de los hechos, transformó ese mecanismo antiguo y predemocrático, en una asamblea donde se elegirá al papa mediante “un cardenal, un voto”. Por primera vez, esto es lo relevante, el papa estará en sus plenas facultades para observar el desenlace y apoyar a su sucesor. Benedicto XVI terminó por cumplir el sueño de un Estado moderno digno de la realpolitik inaugurada por Maquiavelo, y más cercano al aprendiz Lorenzo de Médici que a los Borgia.

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