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El cambio social determina el cambio político, no al revés

por 27 agosto, 2013

Sin tener aún un debate social amplio sobre el tipo de sociedad que queremos construir, resulta arriesgado optar por una Asamblea Constituyente. Falta aún mucha discusión, planteamiento de alternativas, apertura de debates sobre qué modelo de sociedad queremos tener, aquel que debiera quedar reflejado en nuestra Constitución. De lo contrario, ante dichas incertidumbres, lo más probable es que al apoyo masivo de la sociedad termine siendo eminentemente conservador, aún mediante un mecanismo tan aparentemente canalizador del cambio como pudiera parecer una Asamblea Constituyente.
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Hace 8 años a casi nadie se le hubiera ocurrido siquiera en nuestro país cuestionarse el tema del lucro en educación, fuera cual fuera su color político. Era algo ampliamente asumido y aceptado. Pero hoy en día son absolutamente minoría quienes aún creen y se manifiestan abiertamente a favor de dicho lucro. Lo interesante es que, en la práctica, los actores políticos involucrados son casi los mismos ¿qué fue lo que cambió, entonces? El cambio se originó en las calles, en las marchas, en las demandas ciudadanas. Y es ese cambio el que terminó por remecer al mundo político. Luego ¿fue acaso que gracias a esto los políticos tomaron conciencia, o tal vez se iluminaron? Posiblemente no. Lo más probable es que la mayoría de ellos dio el giro por temor a mostrarse antipopulares y llegar a perder votos.

El principal peso que tiene la sociedad para el mundo político son los votos que su apoyo implica. Por tal razón un gobierno, del color que sea, no tiene mucho poder para cambiar las cosas si no cuenta con una base social de apoyo que lo sustente. Pero debe ser una base real, que no sólo se adhiera a un líder de turno mediante su voto y luego se vaya para la casa a esperar los cambios; sino que se manifieste en consecuencia y contribuya con su opinión a construir un concepto extendido y demandado por la sociedad. Así ocurrió con el tema del lucro en educación, tema que ni siquiera estuvo en la génesis del movimiento estudiantil del 2006 (cuya demanda inicial se limitaba al tema del pase escolar), pero que poco a poco se fue extendiendo en la conciencia de la población, resonó en el ciudadano promedio, le hizo sentido y terminó por instalarse como una demanda a la que hoy ningún político se opondría burdamente si es que no intenta suicidarse.

Sin tener todavía un debate social amplio sobre el tipo de sociedad que queremos construir, resulta arriesgado optar por una Asamblea Constituyente. Falta mucha discusión, planteamiento de alternativas, apertura de debates sobre qué modelo de sociedad queremos tener, aquel que debiera quedar reflejado en nuestra Constitución. De lo contrario, ante dichas incertidumbres, lo más probable es que al apoyo masivo de la sociedad termine siendo eminentemente conservador, incluso mediante un mecanismo tan aparentemente canalizador del cambio como pudiera parecer una Asamblea Constituyente.

Son esos cambios sociales los que movilizan los cambios políticos, independientemente de cómo se componga el collage de colores de los representantes del mundo político. Una ciudadanía pasiva, que se deja estar, queda librada a la suerte de lo que decidan esos pocos representantes, girando en torno a sus negociaciones internas y a la priorización de sus propios intereses. Por el contrario, una ciudadanía activa, movilizada, instala temas en la agenda social. Temas que, al masificarse, obligan a la atención de esos mismos políticos. Por lo tanto, no es el voto entregado lo que le da poder al elector, sino el voto potencial que tiene en su mano para ser usado en la siguiente elección.

Es muy claro que la composición de nuestro Parlamento no cambiará en forma radical en el corto plazo. Menos aún con la mantención de la lógica binominal. De allí que para viabilizar un futuro gobierno de cambio, se hace imprescindible contar con el apoyo de una ciudadanía empoderada y manifestante.

Algunos han hablado —y centran sus esperanzas casi a modo de tabla de salvación— en la generación de una Asamblea Constituyente para canalizar la manifestación popular y tratar así de burlar o eludir la lógica conservadora del establishment político. Lamentablemente en el actual estado de cosas de nuestra sociedad, donde lo único que realmente se ha ido generalizando es el rechazo al sistema, es decir, un estado de creciente masificación de la conciencia sobre lo que está mal, pero sin existir todavía una masificación similar respecto de cuáles pueden ser las alternativas a oponer a dicho sistema; difícilmente una Asamblea Constituyente terminará por dar una solución de fondo. No se trata de utilizar sólo una buena herramienta sino, además, es necesario saber muy bien cuándo utilizarla.

Mi impresión es que en este minuto, sin tener todavía un debate social amplio sobre el tipo de sociedad que queremos construir, resulta arriesgado optar por una Asamblea Constituyente. Falta mucha discusión, planteamiento de alternativas, apertura de debates sobre qué modelo de sociedad queremos tener, aquel que debiera quedar reflejado en nuestra Constitución. De lo contrario, ante dichas incertidumbres, lo más probable es que al apoyo masivo de la sociedad termine siendo eminentemente conservador, incluso mediante un mecanismo tan aparentemente canalizador del cambio como pudiera parecer una Asamblea Constituyente.

Hoy enfrentamos una decisión electoral inédita, con nueve alternativas presidenciales. A algunos eso les puede parecer un exceso, e incluso una dispersión innecesaria de votos entre las opciones que se plantean como alternativas al establishment. Sin embargo, me parece que esto no es más que un fiel reflejo del actual estado de nuestra sociedad. Un reflejo del extendido y creciente descontento ante el sistema, al mismo tiempo que una apertura de alternativas que señala que aún no hay claridad sobre el proyecto de cambio que se quiere oponer al sistema. Y mientras no se inicie ese debate social, difícilmente podrá aunarse la propuesta de cambio en una candidatura congregante y única.

Por lo tanto debemos comenzar el debate de fondo, poner los temas sobre la mesa y empezar de verdad a discutir sobre las opciones de sociedad que queremos impulsar. Creo que éste debiera ser nuestro empeño principal durante los próximos años.

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