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Los transgénicos y la destrucción creativa

por 1 febrero, 2014

De este modo, se puede sugerir que la motivación antitransgénica no es, en realidad, un debate científico sobre su costo-beneficio, sino que es una cuestión que se sitúa más bien en el campo de la economía política. Así, no es el principio precautorio, ni los deslegitimados estudios sobre ratas, ni las supuestas conspiraciones paranoicas entre empresas y gobiernos lo que motiva al activismo antitransgénico. Es simplemente un evento que se ha observado a lo largo de la historia universal, y esto es la resistencia constante a la destrucción creativa. El activismo antitransgénico puede ser, al menos en parte, una proyección de la protección de intereses gremiales por miedo a la destrucción creativa, ya que toda revolución tecnológica trae consigo una resistencia asociada. Indudablemente, estos procesos implican un riesgo intrínseco de cambiar las estructuras económicas sobre las que descansan las prácticas tecnológicas de un determinado momento histórico.
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Daron Acemoglu y James Robinson en su libro ¿Por qué fracasan los países? narran la particular historia del inventor William Lee, quien en 1589 viajaría a la Corte de la reina Isabel I, en Londres, para presentarle la primera máquina de tejer de la historia. Contrario a lo que William Lee esperaba, la reacción de la reina fue devastadora. No sólo le negó una patente por su invento sino que lo acusó de que su tecnología era egoísta porque haría que miles de ingleses perdieran su empleo. La reina Isabel I no quería enfrentar las consecuencias políticas–al menos de corto plazo—de introducir una tecnología disruptiva.

¿Qué hay detrás de la revolución tecnológica que podía traer el invento de William Lee? La respuesta que dan los economistas se adscribe al concepto de “destrucción creativa”, concepto que fue popularizado en la obra del pensador austriaco Joseph A. Schumpeter y que hace referencia a aquellos procesos de cambio tecnológico en donde se revoluciona la estructura económica: se destruye la antigua y se crea una nueva estructura.

Ahora, si analizamos el caso de la tecnología de los transgénicos y lo llevamos al prisma de Schumpeter bajo los ejemplos que proporcionan Acemoglu y Robinson, pareciera que la oposición a la biotecnología no es más que el referente moderno del miedo a la destrucción creativa. ¿Son los activistas antitransgénicos las nuevas reinas Isabel I de Inglaterra? No es tan claro, pero pareciera una hipótesis plausible.

De este modo, se puede sugerir que la motivación antitransgénica no es, en realidad, un debate científico sobre su costo-beneficio, sino que es una cuestión que se sitúa más bien en el campo de la economía política. Así, no es el principio precautorio, ni los deslegitimados estudios sobre ratas, ni las supuestas conspiraciones paranoicas entre empresas y gobiernos lo que motiva al activismo antitransgénico. Es simplemente un evento que se ha observado a lo largo de la historia universal, y esto es la resistencia constante a la destrucción creativa. El activismo antitransgénico puede ser, al menos en parte, una proyección de la protección de intereses gremiales por miedo a la destrucción creativa, ya que toda revolución tecnológica trae consigo una resistencia asociada. Indudablemente, estos procesos implican un riesgo intrínseco de cambiar las estructuras económicas sobre las que descansan las prácticas tecnológicas de un determinado momento histórico.

El miedo a la destrucción creativa en el campo de la agricultura no es algo novedoso. En efecto, Charles Wheelan, en La economía al desnudo, señala que a principios del siglo XX, la mitad de los estadounidenses trabajaban en la ganadería o la agricultura. Un siglo después, sólo el 10% lo hacía en dichos sectores. La destrucción creativa generó tal revolución tecnológica en la agricultura, que su productividad aumentó al nivel que liberó trabajadores para otras áreas. Wheelan agrega: “Los que hace noventa años eran granjeros, hoy nos arreglan los coches, programan juegos de computador, juegan fútbol profesional, etc.”. El único detalle, remata Wheelan, es que la destrucción creativa es una fuerza positiva a largo plazo. Al corto plazo genera perdedores, es decir, empresas y gremios que velan –como lo haría cualquiera– por mantener su poder y estabilidad y que ven en la nueva tecnología una amenaza para sus intereses.

De este modo, se puede sugerir que la motivación antitransgénica no es, en realidad, un debate científico sobre su costo-beneficio, sino que es una cuestión que se sitúa más bien en el campo de la economía política. Así, no es el principio precautorio, ni los deslegitimados estudios sobre ratas, ni las supuestas conspiraciones paranoicas entre empresas y gobiernos lo que motiva al activismo antitransgénico. Es simplemente un evento que se ha observado a lo largo de la historia universal, y esto es la resistencia constante a la destrucción creativa. El activismo antitransgénico puede ser, al menos en parte, una proyección de la protección de intereses gremiales por miedo a la destrucción creativa, ya que toda revolución tecnológica trae consigo una resistencia asociada. Indudablemente, estos procesos implican un riesgo intrínseco de cambiar las estructuras económicas sobre las que descansan las prácticas tecnológicas de un determinado momento histórico.

En definitiva, la tecnología transgénica, o mejor dicho, la ingeniería genética en general, es la nueva máquina de tejer del siglo XXI. Los científicos –los ingenieros genéticos, los bioquímicos, los biólogos y otras áreas afines– son los nuevos William Lee, y el activismo antitransgénico podría estar haciendo de reina Isabel. ¿Cómo termina  esta historia? La revista Nature sugiere que no hay ningún camino fácil y que sólo mientras las nuevas generaciones vayan integrando los beneficios de la biotecnología como algo propio de su tiempo, la luz de la ciencia se irá haciendo paso entre la oscuridad del miedo a lo desconocido, la fantasía y la ignorancia. Quizás sólo nos cabe esperar.

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