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¿Quién manda en el gobierno de la Nueva Mayoría?

por 8 agosto, 2014

De manera tal, que lo que se presentó como nuevo, hoy no hace más que reproducir los mismos vicios de antaño, una política autoencerrada, que está dispuesta a abortar la oportunidad histórica de hacer cambios sustantivos en educación por determinar quién queda con la posta presidencial. Es el divorcio entre lo político y lo social que se acrecienta a niveles intolerables.
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Los cien primeros días del gobierno de la Nueva Mayoría han quedado atrás y el aura reformista que les rodeó progresivamente ha comenzado a desaparecer.

Sin perjuicio de que aún queda mucho trecho que recorrer, el pacto tributario con la derecha, el carácter que ha tomado la reforma educacional, cuyos principios sustentadores aún se encuentran alejados de concebir la educación como un derecho y la eventual postergación del proceso constitucional declarada hace algunas semanas por el gobierno, indican que el tiempo venidero tiene cara de estar más cercano a la época donde se avanzaba en la medida de lo posible.

Esta dirección que han tomado las reformas no se produce exclusivamente como consecuencia del comportamiento obstruccionista de la derecha, sin desmedro de que a pesar de ver reducida su presencia en la institucionalidad ha sabido arreglárselas para mantener su influencia en el escenario político. No, si las reformas avanzan así se ha debido a la impotencia del oficialismo para poner en marcha los cambios demandados por la ciudadanía, pese a estar envestido de una contundente mayoría electoral y parlamentaria y contar con una Presidenta que sigue teniendo altos niveles de adhesión ciudadana.

Mucho se ha hablado sobre la existencia de las llamadas “dos almas” dentro del gobierno de la Nueva Mayoría, una progresista y otra conservadora, que supuestamente tironean las reformas hacia uno u otro lugar. De hecho, esta idea llevó al PC y a otros sectores de izquierda a jugársela por presionar por dentro el cumplimiento del programa. Sin embargo, sin negar la existencia de estas diversas visiones que se han expresado a propósito del debate educacional, pareciera ser que no es en el seno de esta disputa donde se está resolviendo la dirección de las reformas, sino más bien dentro del bacheletismo.

De manera tal, que lo que se presentó como nuevo, hoy no hace más que reproducir los mismos vicios de antaño, una política autoencerrada, que está dispuesta a abortar la oportunidad histórica de hacer cambios sustantivos en educación por determinar quién queda con la posta presidencial. Es el divorcio entre lo político y lo social que se acrecienta a niveles intolerables.

Fue dentro de las fronteras del bacheletismo donde se definió mandatar a Arenas a negociar el corazón de la reforma, cuyo vehículo fue la Comisión de Hacienda del Senado, que concluyó con un ajuste tributario que seguirá permitiendo la existencia de diversos mecanismos de evasión y que presenta fundadas dudas sobre si alcanzará a obtener la recaudación prometida. Fue en el mesón de la cocina del bacheletismo donde se definió el reforzamiento del desprolijo y novel Ministerio de Educación y donde hoy se rediseña la reforma educacional, rediseño que tuvo su primera expresión en el anuncio de Eyzaguirre de relativizar el plazo para poner fin al copago.

Pero también, en lo que resulta más llamativo de esta especie de Montt-varismo de siglo XXI, desde su interior ya se lanzó la carrera presidencial, la cual se instaló en el centro de la reforma educacional, a partir de la intervención del ministro Peñailillo y su grupo de asesores en la conducción de la reforma educacional. En definitiva, es el bacheletismo tempranamente pensando en su reproducción.

Ahora bien, el temprano aterrizaje de la carrera presidencial y su presencia como factor en la reforma educacional es expresión del verdadero carácter del bacheletismo y en gran parte del talante del gobierno: su incapacidad para representar genuinamente intereses sociales de mayorías expresados a través de las movilizaciones de los últimos años.

De manera tal, que lo que se presentó como nuevo, hoy no hace más que reproducir los mismos vicios de antaño, una política auto encerrada, que está dispuesta a abortar la oportunidad histórica de hacer cambios sustantivos en educación por determinar quién queda con la posta presidencial. Es el divorcio entre lo político y lo social que se acrecienta a niveles intolerables. En definitiva, la lección 2011 no les enseñó nada, o mejor dicho nunca estuvieron interesados en aprender, ya que aquellos son los mejores estudiantes de la idea de que la política es un ejercicio vacío de poder, reducido a frías transacas que depredan la capacidad transformadora de aquellos que sí creen en el progreso y en un cambio del ciclo político.

Por lo anterior, el movimiento estudiantil, aprovechando el histórico avance que implica la derogación de la normativa dictatorial que impedía la participación de las comunidades universitarias en el gobierno universitario, este segundo semestre jugará un rol protagónico, porque frente al vaciamiento de intereses sociales de mayorías que experimenta el bacheletismo y la política en general a propósito del debate educacional, deberá oponer legitimidad social o ciudadana, transformándose en vehículo precisamente de dichos intereses.

Pero, además, las fuerzas políticas alternativas deben avanzar en la tarea de fundar un nuevo espacio político, con vocación transformadora y democrática, que pueda ser crisol entre una visión transformadora de la realidad y las luchas sociales que, a la luz de estos acontecimientos aquí descritos, no sólo es tarea urgente sino ineludible para todos/as aquellos/as que creemos que otro Chile es posible

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