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Estrechez de corazón, o las lecciones de la última CEP

por 21 agosto, 2014

El modo en que se enfrenta la pregunta por el sentido social y político de las movilizaciones del 2011 es crucial para entender por qué, pese al sesgo –a estas alturas indesmentible– de la última CEP, no es conveniente negar por completo su potencial heurístico. Más todavía si se considera la exagerada reacción de algunos representantes del progresismo nacional, que se negaron de raíz a “mirar” los resultados de la encuesta, como si evitaran acercarse a una verdad terrible y reveladora.
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La publicación de los resultados de la última encuesta CEP ha dado lugar a una discusión sobre la validez del instrumento que, en esta pasada, pretendía dar luces sobre la opinión de la ciudadanía en aspectos claves de la reforma educacional. Es posible identificar, grosso modo, a lo menos dos posiciones en el debate. La primera posición –esgrimida desde la derecha y desde el propio CEP–, sostiene que la reforma que lleva a cabo el gobierno está desconectada del verdadero “sentir” ciudadano y que, por lo tanto, adolece de un déficit de legitimidad democrático que hace necesaria y urgente su reformulación. La segunda posición, en tanto, postula que la encuesta es una pasada de cuenta del ex ministro de educación Harald Beyer al gobierno; que las preguntas son tendenciosas en la medida en que están confeccionadas para favorecer la posición de la derecha, y que, en definitiva, su escasa rigurosidad metodológica hace de ésta un instrumento poco válido y poco confiable para extraer cualquier tipo de conclusión. Pero, más allá de las querellas metodológicas, y aceptando la evidente intencionalidad política de la encuesta, el debate en torno a los resultados de la CEP revela importantes aspectos políticos sobre la manera en que la Nueva Mayoría ha conducido políticamente la reforma hasta ahora.

Lo que resulta interesante del debate en torno a los resultados de la última CEP es que, en un nivel más general, ambas posiciones representan diagnósticos opuestos sobre los efectos que el movimiento social por la educación ha tenido en la sociedad chilena. Por una parte, los resultados de la encuesta servirían para validar la postura según la cual Chile seguiría siendo más o menos el mismo país que a mediados de los 90, que no ha habido ningún cambio sustantivo en los pilares de la sociabilidad chilena y que, por lo tanto, las “tesis triunfalistas” de un inminente derrumbe del modelo no habrían pasado de ser buenas fórmulas de marketing editorial. Según esta posición, las críticas al “modelo” habrían implicado a lo sumo la expresión al mismo tiempo potente y difusa de un deseo frustrado de integración a éste y no una recusación a sus fundamentos. Por otra parte, la posición que rechaza la validez de los resultados basada en las debilidades metodológicas del instrumento sostiene –como lo hiciera la Presidenta en el lanzamiento de su candidatura– que efectivamente “Chile cambió”. La sociedad chilena se habría levantado (y habría salido a la calle) para protestar contra los abusos de un modelo socioeconómico esencialmente excluyente y desigual, que convirtió el derecho a la educación en un bien de consumo transable al mejor postor en el mercado.

El modo en que se enfrenta la pregunta por el sentido social y político de las movilizaciones del 2011 es crucial para entender por qué, pese al sesgo –a estas alturas indesmentible– de la última CEP, no es conveniente negar por completo su potencial heurístico. Más todavía si se considera la exagerada reacción de algunos representantes del progresismo nacional, que se negaron de raíz a “mirar” los resultados de la encuesta, como si evitaran acercarse a una verdad terrible y reveladora.

El modo en que se enfrenta la pregunta por el sentido social y político de las movilizaciones del 2011 es crucial para entender por qué, pese al sesgo –a estas alturas indesmentible– de la última CEP, no es conveniente negar por completo su potencial heurístico. Más todavía si se considera la exagerada reacción de algunos representantes del progresismo nacional, que se negaron de raíz a “mirar” los resultados de la encuesta, como si evitaran acercarse a una verdad terrible y reveladora.

Los datos, esos dardos en el corazón

Lo que nos muestran los datos de la última CEP en el ítem Educación es que la mayoría de las chilenas y chilenos está a favor de la segregación escolar (63%), de la selección en los colegios emblemáticos (54%) y del copago (55%). Esto, se ha dicho, implica un duro golpe al “corazón” de la reforma; pero si las reformas tienen corazón, no es del todo claro que la vida útil de éste se agote en las políticas anunciadas por el gobierno.

Acá es donde emerge una tercera lectura en el debate, que sostiene que si “Chile cambió” no fue debido a un cambio cultural posibilitado por la expresión de un malestar social acumulado hace más de treinta años. Es muy difícil establecer fehacientemente que la sociedad chilena sea hoy más “progresista” que hace veinte años y que las movilizaciones hayan dejado una marca indeleble en la estructura normativa del país. Asimismo, es prematuro plantear el agotamiento de un modelo de sociedad por la mera constatación de una “crisis” de legitimidad. La ruptura del movimiento por la educación señala un cambio político antes que uno cultural. El que el malestar haya cruzado la barrera de la impotencia individual y se haya logrado articular colectivamente, es fruto de un trabajo llevado a cabo por un actor social particular, el movimiento estudiantil, que fue capaz de establecer alianzas con otros actores sociales y dotar de masividad sus demandas; o, lo que es lo mismo, hacer de sus demandas las demandas de la mayoría.

Pero la lectura que hizo la Nueva Mayoría de todo este proceso es que, dado que Chile cambió, ya no necesita cambiar más. Al tiempo de las elecciones debía sucederle el tiempo de los expertos, ejecutores y representantes. Esto aun cuando las lecciones básicas de anatomía señalan que, como todo músculo, el corazón necesita acción, y que los únicos datos que se mantienen invariables en la encuesta CEP de los últimos años son los que muestran un rechazo casi absoluto a la política chilena. En otras palabras, si es que en los datos de la CEP se ven “retrocesos” respecto a la posición sobre algunos aspectos claves en Educación (como el 10% de diferencia a la baja en la opción de rechazo al copago entre la encuesta del 2012 y la reciente), esto no se debe a una mera manipulación de los datos, ni a una vuelta a nuestros “viejos” temores y valores neoliberales que supuestamente habíamos comenzado a cambiar. Lo que ocurre más bien es que, al poner en el tapete las medidas concretas para llevar a cabo la reforma, la Nueva Mayoría sustrajo del debate público el verdadero “corazón” de ésta: el fin al lucro, la gratuidad universal y, por sobre todo, la visión de acuerdo a la cual los derechos sociales básicos no son transables en el mercado. No se trata simplemente de que, al “bajar” a medidas concretas, los principios de la reforma queden en segundo plano; es que la forma en que el gobierno ha llevado a cabo la reforma no es completamente fiel a su “corazón”.

 Las “reformas” por venir

Y lo que ocurre con la educación es válido para todos los otros “Problemas país”, derivados la gran mayoría de ellos de las contradicciones que acarrea Chile después de treinta años de modernización neoliberal. La mera conciencia o experiencia individual de un abuso o vulneración de un derecho (a la vivienda, al trabajo, a la salud, a pensiones dignas, o a elegir en aspectos derivados de asimetrías de poder en relaciones de género) no genera por sí solo un cambio en el tejido normativo de una sociedad. Es sólo en la medida en que estos “problemas” son convertidos en objetos de disputa por sujetos sociales particulares que podremos abordar democráticamente dichos problemas. Dados los altos niveles de desconfianza hacia la política formal y sus instituciones, es poco probable que asistamos a una institucionalización adecuada de estos momentos de movilización y lucha. Entretanto, habrá que seguir haciendo esfuerzos por mantener activo el corazón de las “reformas” por venir (incluida la de la Constitución, que en la encuesta aparece como última prioridad, con un escaso 2%), y aprender de las lecciones que nos ha dejado el movimiento estudiantil.

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