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La izquierda chilena, entre el oportunismo y la victimización

por 28 octubre, 2014

La izquierda chilena, entre el oportunismo y la victimización
Desde la subjetividad política de izquierda, la experiencia de padecer la derrota y tener que convivir con la “dominante neoliberal” nos ha hecho, por un lado, redimidos, culposos, oportunistas e hipócritas y, por otro lado, meditativos, críticos, negadores, denunciadores y víctimas permanente de las perversiones del modelo.
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En estos días en que los juicios a los violadores de los Derechos Humanos se han reactivado, y los gestos amplios de la denominada “izquierda chilena” confluyen en un “discurso común” para no olvidar el genocidio pinochetista, en la apariencia –por lo menos– detectamos convergencias temporales que resisten la impunidad de la violencia institucional en esos 17 años. Desde el bacheletismo hasta el anónimo militante radicalizado hay un punto de articulación: la narrativa humanitaria. Si hay algo que genera tibias complicidades y disimula de momento la profunda fractura que divide a la izquierda, es la denuncia a las violaciones a los Derechos Humanos en el pasado reciente. En suma, la narrativa humanitaria logra concitar un encuentro temporal.

De un lado la izquierda extraviada, testimonial y derrotada tras la imposición de la hegemonía neoliberal. De otro, la izquierda instrumental, indexada al “neoliberalismo avanzado” fue capaz de configurar el mapa ideológico-cultural donde las distintas sensibilidades políticas herederas de la lucha contra la Dictadura modernizante se posicionaron en las tecnologías de la transición (mesa de diálogo, gobernabilidad, realismo, memoria institucional, política de consensos et al.). Tras este periodo las fronteras políticas fueron marcadas con énfasis para establecer quiénes se habían redimido de un “pasado revoltoso” y,con inusitada rapidez, se transmutaron en militantes confesionales de la nueva alianza entre tibio progresismo y razón gestional. Luego de la renovación socialista (años 80) la izquierda entendió nuevamente que los paradigmas no solo son cuestiones abstractas, sino que materialmente se cultivan en una sociedad de bienes y servicios.

Este escenario político-transicional, no sólo daba cuenta de una división más de las adjuntadas por los partidos de izquierda en la historia republicana chilena. Aquí tuvo lugar una inflexión más sustantiva, la germinación de una fragmentación ideológica gatillada por una crisis doctrinal que no sólo responde a disputas contingentes o posiciones coyunturales. La fragmentación efectivamente no era una división momentánea que pudiera en otras circunstancias convocar a una convergencia de la izquierda. Hay, por cierto, una explicación global, de basta investigación empírica y de lugares comunes para detectar el diagnóstico de la derrota: los efectos demoledores de la caída portentosa de los llamados socialismo reales, la prolongada crisis del marxismo y el bullado fin de los metarrelatos.

Un factor externo indesmentible y complejo de ignorar al momento de elaborar un “diagnóstico de la derrota”, pero también una narrativa ideológica efectiva utilizada por la izquierda chilena para delimitar las fronteras entre redimidos-convertidos al “neoliberalismo avanzado” y críticos-resistentes al modelo económico-político de la reconstrucción democrática. Durante estas últimas dos décadas, la frontera señalada no ha sido una delimitación infranqueable que ha permitido dar cuenta de subjetividades políticas convictas ideológicamente, profesando las nuevas formas del socialismo de mercado o la crítica a las actuales configuraciones de alienación política. Más bien en el transcurrir de la política en este periodo, ha quedado en evidencia que estas subjetividades políticas pueden pasar los límites ideológicos y hospedarse, sin demasiados escrúpulos políticos, en un lado o en el otro.

Desde la subjetividad política de izquierda, la experiencia de padecer la derrota y tener que convivir con la “dominante neoliberal” nos ha hecho, por un lado, redimidos, culposos, oportunistas e hipócritas y, por otro lado, meditativos, críticos, negadores, denunciadores y víctimas permanente de las perversiones del modelo.

Ejemplos abundan. De un lado, dirigentes políticos convencidos de las bondades de la transición a la democracia, la bullada estabilización institucional de Boeninger; de otro, “tecnólogos de Estado” que pontifican la eficacia de la política pública focalizada, que traspasan la frontera y se transforman en agudos críticos de la democracia pactada y la despolitización de los actores sociales. Por otro lado, militantes desgastados de la crítica en los márgenes, cruzan la frontera –seducidos por la promesa– de la integración institucional. Su funcionalización queda atrapada en otro lado, a saber, en la fantasía de encabezar tareas de Estado que supuestamente llevan consigo reformas sustantivas a la modernización autoritaria. El Partido Comunista, cuyas notas de nobleza corresponden al periodo que va entre 1938 a 1973, había emprendido esfuerzos políticos significativos, durante las últimas dos décadas, para aunar voluntades de la izquierda crítica, conformando bloques electorales, para disputar el polo de la reforma –y poner límites al continuismo de una modernización autoritaria–. No es gratuito recordar que el Partido Comunista históricamente ha profesado una alta valoración por los clivajes íntimos de la institucionalidad, pero como bien sabemos padeció una doble cirugía hecha por el propio Jaime Guzmán: como Partido no fue totalmente exterminado; en cambio, fue reducido al testimonio, a la denuncia contra el neoliberalismo, a saber, fue aniquilado como proyecto crítico-social –desmantelada su masa crítica–. En suma, ahí quedó ese esfuerzo, archivado en una militancia que reproduce los temores del vínculo protegido. En fin, la desenfada inmovilidad del Partido Socialista en ese otro lado de la frontera, que paulatinamente pierde todo pudor político y se encuentra indexado en los cogidos de la modernización postestatal.

Más allá de enfatizar la frontera ideológica que mueve a ciertos contextos de significado de la izquierda chilena, nuestra observación es sobre la cuestión de la “subjetividad política”. Pensamos que la fragmentación no es un problema de la contingencia o la coyuntura del devenir propio del sistema político chileno, sino que responde a las mismas prácticas militantes. En este sentido, nos referimos a cómo las prácticas militantes de la izquierda –dentro de los mapas o fuera de estos– instrumentan respuestas a la experiencia de vivir en medio de un modelo que corrige tibiamente la matriz de desarrollo y está atrapado en la oferta política de un “neoliberalismo corregido”.

Desde la subjetividad política de izquierda, la experiencia de padecer la derrota y tener que convivir con la “dominante neoliberal” nos ha hecho, por un lado, redimidos, culposos, oportunistas e hipócritas y, por otro lado, meditativos, críticos, negadores, denunciadores y víctimas permanente de las perversiones del modelo.

La des/ideologización traducida como despolitización ha tenido que ver con la fragmentación de la izquierda, pero no sólo aquella que con frecuencia apunta a los efectos que tuvo en la cultura y lo social. La consolidación del modelo económico neoliberal durante la década de los 90 vino a impostar una república del centro-centro, no solo a redefinir las fronteras política. Nos referimos, más bien, a la crisis doctrinaria que sufren los partidos de izquierda después del golpe –cuestión– que la historiadora uruguaya Vania Markarian ha descrito para la izquierda de ese país, posterior al golpe de 1973, como la conversión doctrinaria de los partidos de izquierda de la narrativa de trasformación social hacia las narrativas humanitarias. En el exilio, la cárcel, la represión y la relegación –la izquierda– se habría mirado hacia dentro para revisar sus postulados y buscar respuestas a la derrota. La necesidad de renovación y la revisión a las experiencias revolucionarias, pusieron a la vista la crisis doctrinaria. La búsqueda de nuevas narrativas que dieran sentido a refrescar ethos de disputa social y política, no parecía posible y, en ese escenario de ausencia, la narrativa humanitaria conectaba sentidos con una izquierda reprimida y perseguida. Así, abrazar el tema de los derechos humanos fue una actividad política natural, porque la violencia institucional de la dictadura no permitía pensar en otra cosa que salvar vidas, buscar a los desaparecidos, proteger a los perseguidos, y tantas otras formas en que operó la violencia institucional.

Para la izquierda chilena este tema es crucial, y por cierto que está dentro de los dolores que llevaremos por siempre. La lucha contra las tecnologías del olvido, el juicio a los violadores de los derechos humanos, la impugnación a las estéticas del consenso, serán nuestras banderas de lucha contra toda instancia que intente justificar la irracional violencia implementada por la dictadura modernizante de Pinochet. Y, por cierto, será un testamento vivo para la izquierda y la sociedad chilena en general, cada vez que la historia busque reiterarse en el tiempo.

Sin embargo, en el trascurrir de estas décadas hemos carecido de la posibilidad de pensar doctrinariamente otras formas de acción colectiva, de iniciativa política, la sociedad en transformación, etc. La frontera que nos fragmenta sólo es una demarcación que utilitariamente nos sirve para identificar al “oportunista indexado” que poco le importa desgastarse en pensar desde la izquierda. E, incluso, si en plena transición algo de culpabilidad con el pasado reciente le quedaba a cierta “subjetividad política”, es probable que ya lo tenga naturalizado. ¿Y qué hacer con el otro lado de la frontera donde su subjetividad llena de fragmentaciones? Toda comunidad herida tiende a la autovictimización, solo prima la denuncia, la desconfianza y el resquemor político. Frente a este escenario preñado de incertidumbres solo nos resta una pregunta: ¿qué hacer?

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