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El desarrollo de capacidades reflexivas y la apertura democrática

por 10 noviembre, 2014

Al momento en que definimos una estrategia, es decir, nuestro actuar para alcanzar nuestros objetivos, debemos poder leer con la mayor precisión posible los costos y peligros que acarrea la elección. Si hoy no nos ocupamos de desarrollar ciertas capacidades en la fuerza social (y las personas que la componen) que llevará a cabo la transformación, mañana perfectamente podríamos estar más lejos de nuestros objetivos.
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Dentro de la izquierda chilena podemos encontrar diversos grupos que apuntan, por lo menos discursivamente, hacia una transformación estructural de la sociedad. Esta, obviamente, es una tarea compleja, la cual requiere del desarrollo de distintas capacidades dentro de los grupos que buscan la transformación y, por sobre todo, en las personas individuales que llevarán a cabo esta misma. Como los procesos de cambios de esta magnitud generalmente llevan mucho tiempo en realizarse, se vuelve necesario que los “agentes transformadores” delineen estrategias y tácticas que les permitan intervenir sobre la sociedad existente y así avanzar hacia la concreción de sus metas. Es en el proceso de entender a la sociedad existente, es decir, realizar una buena lectura de esta, donde radica la potencialidad transformadora de las estrategias a aplicar. Este proceso debe entenderse dentro del concepto de capacidades reflexivas a desarrollar.

Para analizar el éxito de las estrategias y tácticas adoptadas (y, en consecuencia, la capacidad de realizar lecturas correctas) debemos observar si estas efectivamente significan avances políticos para el grupo interesado en la transformación, es decir, los que se ven más afectados por la estructura del sistema: la clase dominada.

Es en este marco en que nos encontramos con la archiutilizada estrategia de la “apertura democrática”. En nuestro país, el discurso relacionado con mecanismos participativos ha ido adquiriendo bastante fuerza en los últimos años, encontrando su “radicalidad” en la campaña por la asamblea constituyente, la cual incluso halló un espacio en la discusión pública durante las elecciones presidenciales recién pasadas. Esta estrategia no es exclusiva de la izquierda chilena y tampoco hay que mirar muy lejos para ver si efectivamente la aplicación de esta resulta en avances hacia la transformación social esperada. Como centro de investigación Fragua, hemos observado algunos procesos de apertura democrática en la región latinoamericana, y nos hemos dado cuenta de que esta estrategia, de por sí, no necesariamente implica avances para las fuerzas transformadoras e incluso han significado retrocesos en la disputa en que se han dispuesto. A continuación repasaremos de forma breve algunos de estos casos, principalmente los de Argentina y de Ecuador.

Al momento en que definimos una estrategia, es decir, nuestro actuar para alcanzar nuestros objetivos, debemos poder leer con la mayor precisión posible los costos y peligros que acarrea la elección. Si hoy no nos ocupamos de desarrollar ciertas capacidades en la fuerza social (y las personas que la componen) que llevará a cabo la transformación, mañana perfectamente podríamos estar más lejos de nuestros objetivos.

Un caso muy ilustrativo es el de Argentina. Previo a la llegada de los Kirchner al poder, los “piqueteros” (denominados así por la utilización del piquete como forma de movilización) habían adquirido cierta notoriedad bajo el alero de un proyecto de clase y en un contexto de fuerte y expreso desencanto social, el cual validaba políticamente el actuar de este grupo. Una vez electo Néstor Kirchner, el gobierno urge por una política de “normalización” social, lo que decanta en un espacio transversal de participación ciudadana que incluía a una sección de los piqueteros junto con otras fuerzas políticas. El resultado fue el esperado por el gobierno: se apaciguaron las aguas en términos sociales, dándoles a los piqueteros una funcionalidad a un gobierno que no proyectaba cambios estructurales y por otro lado se criminalizó, desde un punto de vista público, a aquellos que buscaron continuar con el proyecto transformador a través del piquete. Lo anterior se traduce en una invalidación del mismo proyecto y, por lo mismo, una pérdida de la fuerza que los piqueteros habían logrado acumular hasta ese momento. En este caso, entonces, podemos observar dos costos funcionales que puede acarrear la apuesta democrática: por un lado, puede descomprimir momentos de fuerte tensión social (en favor de aquellos que apuestan a conservar la estructura del sistema) y, por el otro, marginar a aquellos que defienden un proyecto transformador.

Una situación similar se puede encontrar en Ecuador. En ese país el movimiento indígena siempre ha jugado un rol importante. A través de su principal agrupación, la CONAIE, constituyeron un proyecto que no sólo consideraba a las demandas indigenistas sino que también a la clase dominada en su conjunto (incluso establecieron como lema “Nada sólo para los indios”). Ya para la primera década del siglo XXI, se habían constituido como una fuerza social muy influyente, tanto por su tamaño como por su capacidad de influir sobre el devenir de la política nacional ecuatoriana (fueron personajes principales en la destitución de más de algún presidente). En su afán de “disputar todos los frentes” es que, para las elecciones presidenciales del 2005, apoyan la candidatura de Lucio Gutiérrez, quien luego saldría electo. Diferentes miembros de la CONAIE formaron parte del gobierno de Gutiérrez, el cual no demoró demasiado tiempo en adoptar las políticas neoliberales recomendadas por el FMI. Lo incompatible que resultaban estas con el horizonte que se había planteado la CONAIE en su formación, obligaron a la organización a desligarse del gobierno (en un proceso bastante tenso a nivel interno en la organización). Este tiro por la culata no fue gratuito para la CONAIE, ya que se tradujo en un fuerte trasquilamiento de sus bases populares y de su influencia política, desacumulando gran parte del capital político que habían logrado constituir hasta ese momento. Como los principales agentes del movimiento popular en Ecuador, lo anterior también significó un retroceso para todo el proyecto transformador. El costo que se puede reconocer es, en este caso, la exposición a la cooptación a la que se enfrentan los movimientos con proyección transformadora a la hora de buscar mecanismos participativos dentro de la institucionalidad del Estado.

Muchos otros casos de mecanismos de participación o de apertura democrática hemos podido encontrar en estos y otros países latinoamericanos observados, sin embargo, así como hay diversos casos, existen también distintas consecuencias y costos para el proyecto transformador. La apuesta democrática parece ser mucho más compleja que la liviandad con que recurrentemente se le trata, los distintos casos observados en Latinoamérica, nos van enseñando que, para que esta apuesta entregue los resultados esperados, es necesario tener una fuerza social amplia, organizada y consciente, que sea capaz de sostenerla sin caer en retrocesos como los observados en Argentina y Ecuador. Es sobre la base de la observación que podemos afirmar que la apertura democrática no necesariamente implica un avance de largo plazo para el movimiento transformador.

Volviendo al marco inicial de esta columna, es en estas experiencias en donde podemos observar el importante rol que juegan las capacidades reflexivas en el proceso transformador. Al momento en que definimos una estrategia, es decir, nuestro actuar para alcanzar nuestros objetivos, debemos poder leer con la mayor precisión posible los costos y peligros que acarrea la elección. Si hoy no nos ocupamos de desarrollar ciertas capacidades en la fuerza social (y las personas que la componen) que llevará a cabo la transformación, mañana perfectamente podríamos estar más lejos de nuestros objetivos. En este contexto es que vale la pena preguntarse: ¿a qué nivel hemos desarrollado las capacidades reflexivas del movimiento transformador en Chile?, ¿las estrategias que se adoptan desde los grupos transformadores son acordes a una lectura correcta del estado actual del movimiento en Chile?

Las respuestas quedan a la subjetividad del lector.

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