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Y una reforma universitaria, ¿podría ser?

por 2 febrero, 2015

Ir a cualquier Universidad en Chile hoy, significa un entrenamiento continuo para el trabajo futuro, porque las herramientas que se entregan, los esquemas de pensamiento y hasta el comportamiento ideal que se transmite quedan plasmados en la futura capacidad de resolución laboral. De ahí que dividamos a las mejores de las peores universidades de acuerdo a la futura capacidad de éxito laboral de sus egresados.
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Cada vez son más las voces en Chile que hablan sobre la necesidad de modificar profundamente el proceso educativo en su estructura, con el fin de reposicionar los roles de los participantes favoreciendo el aprendizaje y la construcción de ciudadanía responsable, lo que en el marco de la reforma educacional del gobierno de Bachelet está recién empezando.

Hasta ahora, los tres puntos centrales de la propuesta gubernamental han sido la gratuidad, un fin parcial a la selección en las escuelas y el fin al sistema de copago, modificando sustancialmente el marco jurídico de los colegios nacionales. Hasta ahora, eso sí, el espíritu de la reforma en su conjunto se ve poco nítido.

Sin embargo, es la oportunidad para darle forma y dibujar las líneas con claridad. La primera línea que habría que saber marcar es el fin: ¿para qué estamos educando a la población?

 Ir a cualquier Universidad en Chile hoy, significa un entrenamiento continuo para el trabajo futuro, porque las herramientas que se entregan, los esquemas de pensamiento y hasta el comportamiento ideal que se transmite quedan plasmados en la futura capacidad de resolución laboral. De ahí que dividamos a las mejores de las peores universidades de acuerdo a la futura capacidad de éxito laboral de sus egresados.

Actualmente, la educación, según ha sido descrita por un ex Presidente, es un bien de consumo, es un medio para acceder a mejores trabajos y mejores sueldos. La educación en Chile ha sido reducida a un mecanismo de inversión económica. Siendo esa la lógica, resultaría razonable cobrar los aranceles más caros del mundo, exigir al estudiante que responda a un patrón de profesional favorable al mercado e, incluso, premiarlo si no hace muchas preguntas y castigarlo si es insistente en los cuestionamientos. No son pocas las salas de clases donde se escucha en tono amenazante “así nadie los va a contratar”, buscando instaurar un perfil más tradicionalista.

Ir a cualquier Universidad en Chile hoy, significa un entrenamiento continuo para el trabajo futuro, porque las herramientas que se entregan, los esquemas de pensamiento y hasta el comportamiento ideal que se transmite quedan plasmados en la futura capacidad de resolución laboral. De ahí que dividamos a las mejores de las peores universidades de acuerdo a la futura capacidad de éxito laboral de sus egresados.

Existimos, por otra parte, quienes creemos en otra lógica. En la lógica más aristotélica de la educación, donde el objetivo final es generar valores, modificar las conductas y formar personas responsables con el medio en el que habitan, su historia y la de los otros integrantes de la sociedad. Y si estos son los objetivos bajo esta otra lógica, nos parece más razonable aspirar a que todas las personas sean formadas en este ambiente educativo y que, por lo tanto, adquieran la mayor cantidad de herramientas que la educación pueda darles. La educación superior entonces, deja de ser una inversión para algunos pocos, y empieza a entenderse como la necesidad para todos.

Pero para poder cumplir con este objetivo, la educación superior tiene que reformarse y repensarse. “El lugar donde todas las verdades se tocan”, lema de la U. de Chile, debería convertirse en el lema de todos los espacios educativos, obligando a la estructura administrativa, política y académica de las Universidades a transformarse en verdaderos centros de desarrollo intelectual, cultural, artístico y social para las comunidades.

En Europa, el Plan de Bolonia reestructuró las mallas curriculares, el sistema de medición de créditos, la duración de las carreras y está homologando todo lo posible la formación de profesionales de la Unión Europea. Latinoamérica ha intentado parcialmente replicar el modelo, pero no va a ser posible sin el apoyo político de los estados. Y Chile está en una posición privilegiada para dar pasos concretos en esa dirección, y liderar un proceso de reinterpretación de las disciplinas profesionales, su contribución al desarrollo social y, por sobre todo, generar el espacio para la verdadera integración sudamericana.

En nuestras facultades se ha discutido latamente sobre el contexto en que la reforma universitaria debiese gestarse. Hemos hablado de triestamentalidad, cogobierno, mayor participación de los estudiantes en las decisiones de las Escuelas y en los planes de estudio, horarios protegidos para la generación de vínculos entre los integrantes de las comunidades universitarias en materias de interés común, flexibilización de las mallas curriculares, estudios interdisciplinarios, libertad de cátedra, programas como los propedéuticos abiertos a toda la ciudadanía, fundación de centros de estudios científicos, artísticos, culturales o políticos que extiendan sus espacios de acción hacia la población en general, trabajos voluntarios, en fin, una fuerte conexión entre la teoría y la práctica desde la formación de profesionales conscientes de su contexto.

Con seguridad creemos que este tipo de reestructuraciones no solamente debe quedar en las buenas intenciones de quienes aspiramos a integrarnos como profesionales comprometidos con el resto, sino que tiene que ser una apuesta del Estado y la sociedad civil. No creemos que los Estados puedan ser neutros en esta decisión, sino que efectivamente potencien aquellas medidas que están en dirección con el espíritu de generación de democracia, estabilidad y paz social. Después de todo, en el combate a la desigualdad, las Universidades y la educación tienen un rol central y algunos creemos que, para enfrentar con éxito tal desafío, hay que empezar a pensar en una reforma universitaria. ¿Podría ser?

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