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La culpa de los chilenos

por 17 abril, 2015

La culpa de los chilenos
Y es que Chile no cambia, envejece (lo que fue hermoso será horrible después…). Acá el cambio es, simplemente, un poco de más de lo mismo (Aquiles nunca alcanza a la tortuga). Me bajo con una tesis incontrastable: los chilenos no comprendieron el abuso y la desigualdad social (“lo molesto del malestar”) como injusticia, sino que los introyectaron a ambos como culpa. Y es precisamente este mecanismo, el de la introyección de la culpa, lo que ha impedido que se constituya sujeto social en Chile (o pueblo, dicho en chulo), o consumidor, o individuo siquiera.
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Después de tantos años de ignorancia transitológica –no muchos, pero se hicieron largos–, estamos más o menos como al principio. Porque a la Presidenta podrá sorprenderle la desconfianza y al ex Contralor la corrupción. Pero ya en septiembre de 2013, antes de comenzar su segundo período, 7 de cada 10 chilenos sentía que nadie le ayudaría siquiera a subir el coche de una guagua por las escaleras del metro, y uno de cada dos ya pensaba que en el Congreso había “mucha gente” corrupta.

Sin embargo, otra vez (como en el 2011), las páginas han sido tomadas por augures que lo interpretan todo como si el mundo se nos estuviese viniendo abajo, porque, ahora sí que sí, la gente estaría molesta de verdad-verdad.

Pero las cosas habitualmente cambian sin cambiar, y en Chile estamos muy lejos de la Revolución… (¿Y si mañana es como ayer otra vez?). Porque el malestar social en Chile es viejo como el hilo negro y es muy anterior a Caval-Penta y SQM. Los Informes de Desarrollo Humano lo vienen identificando y explicando desde los 90, pero pongámoslo acá con datos de septiembre de 2013, y para todos los niveles, desde los infra a los super, desde el laborans al faber: 7 de cada 10 chilenos cree que la plata no les alcanzará para jubilar o para enfrentar una enfermedad grave o para tener más hijos o para educar a los que ya tienen; 8 de cada 10 no se ha sentido representado por ningún tipo de político en los últimos 10 años (ni Presidente de la República ni de La Junta de Vecinos, ni dirigentes universitarios, alcaldes o parlamentarios); 7 de cada 10 siente que el sistema social y económico en Chile hay que cambiarlo completa o profundamente, etc.

Al final del día, ¿qué molesta más?, que no te dejen soñar o que te metan el dedo en el ojo. Pero serán trascendentes en el marco del más de lo mismo: populismo sin pueblo, ciudades sin ciudadanos: la gente participará aún menos, votará aún menos. Cumplirán el sueño de Franco: “Haga como yo, déjeles la política a los políticos”, que es también el de Pinochet, “pluralismo, esa beatería política”. Y aparecerá Lagos como candidato, y la foto de Aylwin y sus ministros para que no olvidemos que en estos años es más lo que hemos ganado, porque todo tiempo pasado fue anterior. La inercia es más fuerte.

Y es que Chile no cambia, envejece (lo que fue hermoso será horrible después…). Acá el cambio es, simplemente, un poco de más de lo mismo (Aquiles nunca alcanza a la tortuga). Me bajo con una tesis incontrastable: los chilenos no comprendieron el abuso y la desigualdad social (“lo molesto del malestar”) como injusticia, sino que los introyectaron a ambos como culpa. Y es precisamente este mecanismo, el de la introyección de la culpa, lo que ha impedido que se constituya sujeto social en Chile (o pueblo, dicho en chulo) o consumidor o individuo siquiera.

Pistas de esto: los chilenos son los que más justifican las diferencias de salario entre empleados y empleadores, al mismo tiempo que tienden a creer más que los pobres lo son porque son flojos. Y, probablemente, es por esa misma razón que las personas de los grupos socioeconómicos más bajos son las que más sienten que “viven para trabajar”, al mismo tiempo que son también las que más sienten que Chile necesita una sociedad más exitosa e individualista que solidaria. Los especialistas se han esforzado siempre en interpretar este tipo de datos diciendo que los chilenos no “legitiman” la desigualdad social, pero la culpa va más allá. Ferenczi nos dirá que la introyección de la culpa comienza en la identificación con el agresor (pero esa es harina del costal de la memoria).

Las movilizaciones estudiantiles pudieron haber marcado la agenda, pero tampoco construyeron sujeto político. Y terminaron siendo más como el carnaval de Tunick que otra cosa: un espacio donde jóvenes y no tan jóvenes pudieron (¿pudimos?) dejar de ser, soñar e invertir el orden por un rato, para, 3 años después, tener cosas que recordar, cuando esos mismos que marcharon se junten ahora apurados a tomar un café en el centro, antes de que les cierren los bancos.

En ese sentido, probablemente, estos nuevos-viejos casos de corrupción serán, incluso, más trascendentales. Porque, al final del día, ¿qué molesta más?, que no te dejen soñar o que te metan el dedo en el ojo. Pero serán trascendentes en el marco del más de lo mismo: populismo sin pueblo, ciudades sin ciudadanos: la gente participará aún menos, votará aún menos. Cumplirán el sueño de Franco: “Haga como yo, déjeles la política a los políticos”, que es también el de Pinochet, “pluralismo, esa beatería política”. Y aparecerá Lagos como candidato, y la foto de Aylwin y sus ministros para que no olvidemos que en estos años es más lo que hemos ganado, porque todo tiempo pasado fue anterior. La inercia es más fuerte.

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