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Apuntes sobre Aylwin internacional

por 26 abril, 2016

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Ni al asumir ni después supo el Presidente Patricio Aylwin Azócar que el legado vecinal de Augusto Pinochet tenía una bomba de tiempo escondida. El dictador nunca le informó que, en 1986, el gobierno peruano le había advertido que no existía frontera marítima definida entre nuestros países. Guardó el tema como un paradójico secreto personal y se mantuvo al mando del Ejército como guardián de ese y otros misterios.

Ese ocultamiento de información estratégica al interior del Estado explica, en parte, la sorpresa que se llevó Ricardo Lagos cuando su homólogo peruano, Alejandro Toledo, actualizó el tema a inicios de este milenio. Pero también explica un fenómeno más grave por su dimensión de futuro: sin peligro estratégico a la vista, al inicio de la transición, no había motivo dramático para priorizar la profesionalización de la dañada diplomacia que dejara Pinochet.

Por lo señalado y haciendo de la necesidad virtud, Aylwin debió trabajar con una Cancillería política y diplomáticamente débil. Con su innato realismo, partió entonces por potenciar su andadura comercialista, que venía del régimen militar. Lo hizo mediante una compacta red de acuerdos y tratados de libre comercio (TLC) que lideraron de consuno –con algunas discrepancias, pero con talante noble y ejemplar– su ministro de Hacienda Alejandro Foxley y su canciller Enrique Silva Cimma.

Paralelamente, Aylwin optó por una reprofesionalización gradual, que permitiera a la Cancillería asumir un rol moderno, sin las jactancias propias del excepcionalismo chilensis y en su “medida de lo posible”. Con esa orientación, Silva Cimma integró el factor cultura al quehacer normal de los diplomáticos, convocó a reuniones de análisis sobre una futura reforma, reintegró exonerados meritorios e inyectó al servicio a un grupo de internacionalistas y embajadores “políticos” de excelencia. Todas medidas paliativas, pero urgentes, para “mejorar la mezcla” y recuperar el ethos diplomático.

El balance dice que, así enfocada, la función comercial dio excelentes dividendos políticos, bajo la fórmula del “regionalismo abierto”. El aggiornamento diplomático, por su lado, hizo que la crispación vecinal comenzara a esfumarse y se cumpliera, antes de lo previsto, el objetivo de “la reinserción internacional de Chile”.

El balance dice que, así enfocada, la función comercial dio excelentes dividendos políticos, bajo la fórmula del “regionalismo abierto”. El aggiornamento diplomático, por su lado, hizo que la crispación vecinal comenzara a esfumarse y se cumpliera, antes de lo previsto, el objetivo de “la reinserción internacional de Chile”.

Sin embargo, como la política exterior siempre tiene desarrollos desiguales, hubo un retroceso acotado en 1994, cuando árbitros de la región asignaron Laguna del Desierto a Argentina. Obviamente, la oposición de la época puso el énfasis en esa pérdida, contribuyendo a oscurecer el gran éxito que significó la solución de 22 sobre 24 puntos conflictivos con el vecino del Este. Por otra parte, confirmando los peligros de un profesionalismo débil, en 1992 estalló el mayor problema internacional del período: Clodomiro Almeyda, histórico líder socialista, lúcido canciller de Salvador Allende y a la sazón embajador en Rusia, dio asilo político, sin previa consulta, a Erich Honecker, defenestrado y fugado jerarca de la ex República Democrática Alemana.

Ese gesto atrajo contra Chile la irresistible presión conjunta de dos potencias mundiales: los gobiernos de Alemania unificada y de la propia Rusia, cuyos líderes exigieron se les entregara el asilado, para ser juzgado en Berlín. Tras duros debates al interior de la coalición chilena gobernante, que culminaron con la rechazada renuncia de Silva Cimma y el reemplazo de Almeyda por James Holger, diplomático de carrera, Honecker debió abandonar la embajada. Según versión del líder socialista Ricardo Núñez, fue sacado de la embajada por “fuerzas especiales rusas”. Como digresión, en todo ese enconado escenario, interno y externo, Aylwin se las arregló para sostener su vieja amistad con Almeyda, sin perder la amistad de su canciller. Como pocos políticos, entendía que la política también se hace con sentimientos.

Por lo señalado, no fueron pequeños los éxitos ni pocas las tensiones internacionales que debió enfrentar Aylwin. Supo enfrentarlos con su reconocido talento para aplicar el gradualismo y pudo así entregar un legado ejemplar. Administrándolo con inteligencia y buenos cancilleres, su sucesor, Eduardo Frei Ruiz-Tagle, fortaleció una excelente relación con Argentina e incluso con Perú, pues también ignoraba la latencia de un conflicto por la frontera marítima. Hasta pudo tentar un acercamiento con Bolivia, cuyo gobierno, temió, quiso verse aislado tras la exitosa reinserción vecinal de Chile.

Estas son parte de las razones por las cuales don Patricio, como todos le decían, ya comenzó a instalarse en la Historia. Y no solo como un buen político de andar por casa, probo, austero, caballeroso y enérgico. También como un estadista sabio, que supo desempeñarse con dignidad en el resbaloso mundo de la política internacional.

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