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El silencio de los filósofos

por 14 mayo, 2016

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El presente artículo se erige a partir un reportaje titulado “¿En qué están pensando los filósofos?”, publicado por el diario La Tercera, el sábado 12 de Marzo de 2016. En dicho reportaje, las entrevistadoras consignan que “(…) a un poco más de un año de la muerte de Humberto Giannini, fuimos a preguntarles a las nuevas generaciones por qué están tan callados”. Nuestro breve texto, no procura detenerse rigurosamente en la revisión de las causas de lo que llamaremos aquí, “el silencio de los filósofos”, sino más precisamente, nos interesa reflexionar en torno a las implicancias y consecuencias del desaparecimiento del filósofo en la escena pública. Nuestra impresión a este respecto, se debe a que, fundamentalmente la filosofía en Chile, esto es, la filosofía profesionalizada, es parte de una élite intelectual, altamente especializada, cuya laboriosidad se orienta en su mayoría al tratamiento analítico de problemáticas abstractas, de fuerte enraizamiento en las tradiciones filosóficas.

Antes bien, en el contexto de un extensivo otorgamiento al acceso a educación universitaria, -de características vía endeudamiento crediticio y de gestión pública subsidiaria-, nuestro país, nunca había tenido tantos filósofos profesionales, pese, a la precarización del oficio del profesorado de colegios municipalizados y particulares subvencionado. De forma un tanto paradójica, no ocurre lo mismo con la filosofía de postgrado, aquella otorgada por centros de pensamiento de un capitalismo académico especializado. A este respecto, permítaseme discrepar de la opinión del filósofo Juan Manuel Garrido, de la Universidad Alberto Hurtado, publicada en el reportaje en cuestión, en la que señala que; “(…) nunca en Chile, habíamos necesitado tantos filósofos.”, pues, habría que preguntarse a lo sumo, para qué y con qué propósito, pues, los filósofos que existen actualmente han sido en gran parte, enteramente funcionales a las lógicas de las condiciones políticas contingentes.
Utilizando la misma expresión del profesor de filosofía y analista político Max Colodro, de la Universidad Adolfo Ibañez, habría que decir que, nos parece inconcebible “ser filósofo y no tener una posición sobre los cambios culturales y políticos que estamos viviendo….”.

Al igual que en el reportaje aludido, pensamos que existe un silencio del filósofo que se ha tornado constitutivo a su ejercicio profesional, cuyas dimensiones atraviesan toda la comunidad nacional, ya sea, en cuestiones relativas al debate público, la política, la educación, la cultura, o en otras palabras, en todo aquello relativo al poder. A nuestro juicio, el problema remite al resultado de una alta especialización académica de características elitistas, las cuales, han restringido toda posibilidad de diletancia y exploración libre del pensamiento filosófico. La altísima fragmentación, y por consiguiente, profesionalización de áreas de interés analítico de la filosofía, han coadyuvado a limitar las habilidades críticas del filósofo, disminuyendo con ello, la posibilidad reflexiva y anticientífica de su oficio. Por ello, el filósofo de nuestros días, se deja entrever como un sujeto tecnocratizado que ha hecho de su experiencia filosófica y literaria, una experiencia técnica, esto es, una de tipo fundamentalmente academicista. A este respecto, el filósofo-literato Maurice Blanchot, lo ejemplifica muy profundamente a propósito de la figura del escritor; al señalar que éste; “Mientras no está solo, no siente más que una especie de necesidad profesional de placer o de inspiración, para las horas que dedica a buscar y calibrar las palabras; en este caso, se está engañando cuando habla de una exigencia irresistible”. (Blanchot 1997, 9).
En nuestras palabras, se trata, -podríamos decir-, de un hombre interesado en ejercer su oficio bajo lógicas de una reproductibilidad sujeta a indicadores, mucho más centrada en la publicación de papers vinculados a determinados campos de especialización, entre los que destacan por antonomasia, las revistas indexadas, en detrimento de cuestiones de debate público, contingencia o actualidad. Nuestra impresión, frente a este respecto, es que existe un cierto desprecio en hablar de opinión pública y cuestiones cotidianas. Tal y como señala en el artículo referido, el filósofo Francisco de Lara, de la Universidad Católica, el oficio del filósofo se ha vuelto un ejercicio estrictamente técnico de especialistas desprovistos de espontaneidad crítica.

El silencio de los filósofos, en este sentido, posee consecuencias muy disímiles y complejas, imposibles de determinar aquí. No obstante, nos interesa pensar el enclaustramiento del conocimiento filosófico, cuyas implicancias han contribuido a que la función pública de la filosofía tienda a desaparecer, contribuyendo con ello, al posicionamiento mediático y estratégico de otras profesiones, las cuales, se han erigido a partir de una pretensión pública, tales como; la sociología, economía, ciencia política, ingeniería comercial, derecho, entre otras, las cuales, intentan reproducir una función pública, tecnocrática y tecnopolítica.

Ahora bien, no se trata aquí de intentar situar al filósofo bajo una mera pretensión de autoridad y poder soberano. De lo que sí se trata, en cambio, es de desacralizar y desnaturalizar la concepción de la filosofía. Para ello, ante todo, es necesario desembarazar la elitista profesión del filósofo, para hacerla portadora nuevamente de una vocación política, que contribuya a la construcción de una ciudadanía filosófica. Ante el panorama del filósofo técnico, hoy en día, es posible pensar un filósofo que ejerza su labor en directa relación con un periodismo filosófico, que públicamente oriente su ethos, al desarrollo de reflexión e investigación filosófica de problemáticas actuales, contingentes y cotidianas. Un filósofo, en este sentido, sin miedo al ridículo, capaz de erigir y articular discursos realmente profundos, a través de retóricas rudimentarias, prácticas y no por ello, menos analíticas. Sin embargo, y esta es parte de nuestra breve tesis. Sólo se podrá salir del encierro y de estar sujetado al silencio, quien cambie radicalmente la forma y el telos de hacer filosofía en Chile.

La tarea del filósofo, en nuestra opinión, -si se me permite-, debe tener un solo objetivo en el mundo, caracterizado a través de dos momentos: el primero, debe consistir como señala Heidegger, en una necedad, esto es, la necedad misma en la que consiste la filosofía, puesto que filosofar significa preguntar: “Preguntar realmente por qué significa: atreverse a agotar y a atravesar interrogando lo inagotable de esta pregunta por medio del desvelamiento de aquello que esta pregunta exige preguntar. Allí donde algo semejante acontece, está presenta la filosofía” (Heidegger 2001; 17).
El segundo momento, por su parte, debe ser principalmente el de realizar el diagnóstico del presente, y para ello, el filósofo debe centrar toda su atención en el presente. Quienes posean alguna afiliación o formación filosófica, advertirán que mi posición, en este sentido, es una herencia contemporánea de la crítica de la historia, ligada al pensamiento del filósofo francés Michel Foucault, que a su vez, estuvo enteramente influenciado en este sentido, a través de Nietzsche. En lo que concierne al caso de Blanchot, si bien, su perspectiva no es bélica como en el caso de Foucault, el interés de su expresión también está centrado en el presente, en la medida en que como Blanchot señala, “nos interrogamos acerca de nuestro tiempo…” (Blanchot 2008; 11).

De manera tal, podríamos decir, que en el caso de Heidegger, Blanchot y Foucault, lo que está radicalmente en el fondo del asunto, es la posibilidad de sondear profundamente en el problema, pues, de lo que se trata enteramente aquí, es el despliegue de una actitud crítica, ya sea, como necedad inagotable, como acto interrogativo, ó, como la crítica del presente y actualidad de nosotros mismos.

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Envíada por Pietro Sferrazza T | 7 diciembre, 2019

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