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De la fe a la acción política: el dilema de la “izquierda” novomayorista

por 23 mayo, 2016

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En su reciente columna "Sobre creer en este gobierno", el parlamentario y jefe de la bancada de diputados del Partido Socialista, Juan Luis Castro, hace un mea culpa político respecto al sentido de la acción del gobierno de la Nueva Mayoría. Allí, el parlamentario identifica algunas de las razones que ameritan la necesidad de esta autocrítica sobre los resultados del gobierno de Michelle Bachelet: “Escasa prolijidad, necesidad de diálogo interno, descoordinaciones inaceptables, arrogancia, carencia de claridad en los propósitos y una falta de liderazgo increíble y lo peor es que incluso hemos visto a ministros saliéndose de la línea diseñada por la Presidenta”. Serían esas, según el parlamentario, las causas de que la “gente” esté “dejando de creer en nosotros”, es decir, en la Nueva Mayoría.

El análisis de Castro, es necesario decirlo, evidencia una lectura bastante superficial del asunto. Los problemas que enumera no constituyen más que una serie inconexa e inarticulada de problemas de gestión, similares a las que recitan de memoria los opinólogos y comentaristas de actualidad a que nos han acostumbrado ciertos medios de prensa.

No hay allí discusión sobre las formas elitistas de hacer política que se visibilizaron en la “cocina” de la reforma tributaria, ni sobre el sentido profundamente antipopular de la “Agenda Corta Antidelincuencia”, ni sobre la subsistencia de las lógicas mercantiles en la reforma educacional; a lo más, el parlamentario menciona que no comparte la “directriz” que ha asumido el gobierno “en algunas materias, como en la Reforma Laboral” (reforma que gente con menos pelos en la lengua, como la Fundación Sol y diversos expertos en derecho laboral, han caracterizado como un abierto retroceso desde la perspectiva de los derechos de los trabajadores).

Ante esto, no es posible abstenerse de constatar que el análisis que Castro ofrece palidece frente a aquel que en 1998 aglutinara a los así llamados “autoflagelantes”; lo que sugiere que, incluso en su capacidad crítica, el “ala izquierda” de la Concertación/Nueva Mayoría está agotada. Primer dilema de la “izquierda” novomayorista

La confusión aumenta, por cierto, con la extravagante noticia de que el mismo Castro está organizando a parlamentarios de gobierno para recurrir contra el control de identidad ante el Tribunal Constitucional, una instancia constitutivamente reaccionaria, y por esencia refractaria a las formas de hacer política que debiera caracterizar a un socialista, máxime cuando dicho socialista es el jefe de una bancada de diputados.

Pareciera ser que la conciencia política del progresismo novomayorista está tan apolillada por su “larga marcha por las instituciones” que se ha olvidado de que existen otras formas de hacer política, distintas a recurrir a un órgano que, en teoría, decide con criterios técnicos y, por lo tanto, ajenos a la razón popular y, en la práctica, está secuestrado por la derecha. Segundo dilema de la “izquierda” novomayorista.

Pero el centro de la columna de Castro, el elemento que le da su título a la misma y organiza su discurso, es la solución que ella ofrece como salida a la actual disyuntiva: “mantengo la fe”. Así, tal cual. Se da de esta manera la paradoja de que, a través de una columna en un medio electrónico, el jefe de bancada de los diputados del Partido Socialista le pide a una compañera de partido, la Presidenta, “que este 21 de mayo con su mensaje siembre los cimientos para recuperar la confianza que la ciudadanía depositó en ella y en nosotros al elegirnos”.

Tal apelación a la fe como estrategia política, y tal dependencia de la intervención deus et machina de la máxima autoridad política, no encuentran parangón en la historia política moderna. Para encontrar algún símil, debemos ir más atrás, antes de nuestra Independencia, antes de la Revolución Francesa, y remontarnos al siglo XVII, al teatro político del Siglo de Oro español.

Solo allí, en las obras teatrales de Pedro Calderón de la Barca y Lope de Vega, interviene a último minuto la máxima autoridad política, en estos casos el rey, para enderezar los entuertos y corregir las injusticias que habían servido como hilo conductor del guión. Así como ocurre en obras como Fuenteovejuna, El alcalde de Zalamea, y El mejor alcalde, el rey, donde los conflictos que habían mantenido en suspenso a la audiencia son resueltos en los últimos minutos del último acto gracias a la inesperada intervención del monarca, así mismo el diputado Juan Luis Castro expresa su deseo de que la Presidenta haga su aparición y enmiende el rumbo… de su propio gobierno (es decir, el de Bachelet y Castro, militantes ambos del Partido Socialista de Chile). Tercer y, por ahora, último dilema de la “izquierda” novomayorista.

Pareciera ser que la conciencia política del progresismo novomayorista está tan apolillada por su “larga marcha por las instituciones” que se ha olvidado de que existen otras formas de hacer política, distintas a recurrir a un órgano que, en teoría, decide con criterios técnicos y, por lo tanto, ajenos a la razón popular y, en la práctica, está secuestrado por la derecha.

¿Qué explica que una alta autoridad de un partido político fundado en nombre de los valores ilustrados y jacobinos, como el Partido Socialista, haga política cortesana en un doble sentido, esto es, por un lado, dirigiéndole rogativas a otra autoridad política, y por otro, recurriendo a las cortes como cualquier individuo a quien le hayan afectado algún interés individual? Las explicaciones pueden esperar. Por el momento, habría que hacerle ver a la “izquierda” de la Nueva Mayoría que hace tiempo que se acabaron el barroco y el absolutismo.

También habría que hacerle ver que el histórico fin del Muro de Berlín no puede haber significado el olvido de todos sus aprendizajes históricos de carácter práctico y teórico; y que el materialismo histórico no puede ser arrojado junto al agua sucia de los socialismos reales.

Particularmente, hay que recordarle a dicha “izquierda” que, como hiciera ver el fundador de dicha tradición, aun cuando los seres humanos no escojamos las circunstancias en que nos toca actuar, todavía así somos autores de nuestra historia. Esto implica que los dilemas que nos presenta la historia, incluyendo los tres dilemas de la “izquierda” novomayorista, solo pueden ser superados a través de la acción colectiva; a través de la acción política, no a través de rogativas o de recursos judiciales.

Asimismo, habría que recordarle a dicha “izquierda” que reconocer las circunstancias en que nos toca actuar exige, como también sostenía aquel ilustre pensador, llevar a cabo una “crítica despiadada de todo lo existente”. En este sentido, cualquier esfuerzo por hacer un mea culpa y por enmendar el rumbo exige que reconozcamos que, desde la derrota del SÍ en el plebiscito de 1988, el pinochetismo ha dejado de ser el principal obstáculo al fin del neoliberalismo y de la exclusión social y política.

Desde ese momento, el adversario de las demandas sociales ha sido la desmovilizadora política concertacionista, que le ofrece a la ciudadanía soluciones cortoplacistas y, en cambio, hace reformas que aumentan las posibilidades de acumulación material del empresariado (por supuesto, a cambio de una tajada, que va a financiar sus campañas electorales).

De la misma manera, hoy el adversario del reemplazo del neoliberalismo mediante una nueva Constitución no es la derecha; lo es el gobierno que, pudiendo haber acudido directamente a la ciudadanía para reemplazar la Constitución mediante una asamblea constituyente vinculante, prefirió supeditar este proceso a los procedimientos previstos por la propia Constitución, los que le confieren un importante poder de veto a los parlamentarios. Y no solo a los parlamentarios de derecha; también a los parlamentarios del PPD y el PS, financiados por el empresariado, y del PDC, cuya composición de clase, al menos al nivel de sus cuadros directivos, lo convierte derechamente en un partido empresarial.

Así es como hemos llegado al absurdo resultado de que el mismo gobierno que invitó solícitamente a los empresarios a negociar la reforma tributaria, les haya dicho a los ciudadanos que su única participación en el itinerario constitucional consiste en que se pueden reunir, por sus propios medios, a conversar entre sí, de manera no vinculante.

En realidad, nada de esto estuvo nunca oculto; la lectura de las memorias de Patricio Aylwin y de Edgardo Boeninger permite a cualquiera recordar la secuencia de decisiones políticas que fueron consolidando la preservación del modelo neoliberal y de su expresión constitucional.

Así y todo, muchos de quienes crecimos creyendo que el adversario era el pinochetismo, tuvimos necesidad de que el ciclo 2006-2011 de movilizaciones tensionara al máximo la voluntad política de la Concertación. Y si bien su ampliación política, expresada en la incorporación del Partido Comunista y de otras agrupaciones de izquierda, pudo haber dado razones para creer en un cambio de orientación política, la gestión de este gobierno ha demostrado que, en el mejor de los casos, se trató de un marketero cambio de “marca”, y, en el peor de los casos, un efectivo esfuerzo por desactivar la capacidad movilizadora de esa antigua izquierda extraparlamentaria; la culminación del proceso de “apertura hacia la izquierda” que a mediados de los 80 iniciara el PDC, tras adoptar la tesis de Aylwin de reconocer la Constitución de 1980, y que en lugar de traducirse en una izquierdización del PDC se tradujo en la democristianización del socialismo y, ahora, del comunismo.

En definitiva, quizás el mayor dilema de la “izquierda” novomayorista sea que ha vivido lo suficiente como para asistir a su propio funeral.

Seguramente allí la acompañarán los amigos con que pasó sus últimos días, entre ellos Julio Ponce Lerou y Jorge Burgos. Mientras ese triste cortejo avance con sus cirios y trajes de tres piezas, la movilización social seguirá confluyendo en espacios extrainstitucionales y acumulando fuerzas para emprender su propia acción política; preparando la emergencia de nuevos proyectos políticos, alimentados de la rebeldía contra el orden neoliberal, y construidos en condiciones de autonomía respecto del pacto de la Transición.

Cuando llegue ese día, miraremos hacia atrás y recordaremos, sin nostalgia, los dilemas de la vieja “izquierda” y su apuesta por la fe como método de acción.

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