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“La maté porque la amaba, la maté porque era mía”

por 30 mayo, 2016

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Aún indignados por la brutal agresión a Nábila Rifo ocurrida en Coyhaique y por el caso de una mujer en Rancagua que sufrió una golpiza al no permitir que la violaran, nos vuelve a estremecer la noticia de un femicidio en la Región Metropolitana. Velia Manríquez fue asesinada por su pareja, quien luego de cometer el crimen se suicidó. Estos dolorosos delitos se suman a tantas otras historias de violencia que sufren a diario las mujeres en Latinoamérica y que son invisibilizadas incluso después de ocurrida la mayor tragedia.

Según cifras gubernamentales y ONG locales, se registraron 4719 femicidios en Brasil el año 2012, en México 2000 muertes estimadas en el 2013, mientras que en el 2014 Argentina registró 277 víctimas, Colombia 115, Ecuador 97, Perú 96 y Chile 40, cifra que ascendió a 45 en el 2015, mientras en lo que va del año se conocen ya 15 casos.

Según el Sernam, en Chile 1 de cada 3 mujeres han sufrido violencia machista, manifestada en cualquier acción o conducta que cause muerte, daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico a la mujer, tanto en el ámbito público como en el privado. Cuestionamientos, intimidación, amenazas, humillaciones, menosprecio, manipulación, agresiones físicas, sexuales y económicas, todo forma parte de una espiral en la que suelen estar sometidas las mujeres y que en muchos casos, como en el de Velia, terminan en fatales desenlaces. El femicidio es apenas la punta del iceberg de los ciclos de violencia.

La legislación chilena reconoce y tipifica –aún con falencias y limitaciones– el femicidio el año 2010, aumentando las penas aplicables a este delito, sin embargo, esto no ha sido suficiente para terminar con la violencia. La denuncia no detiene el maltrato y la agresividad supera la racionalidad. Al agresor le da igual, ataca, mata y punto. Las leyes no logran disuadir al femicida. Ni el castigo, ni el suicidio del agresor le devuelve la vida a la víctima.

Ante un problema social que asume magnitudes dramáticas y que exige medidas integrales, encarcelar a los agresores es una providencia, una forma de remediar, de alivianar con justicia el dolor de las familias y de la sociedad. Sin embargo, no basta la publicación de derechos y normativas, ni el cumplimiento de las leyes, si en la cotidianidad no transformamos el conjunto de creencias y patrones socioculturales que justifican la desigualdad y las diferencias de poder entre hombres y mujeres, propias de nuestra sociedad patriarcal.

En un entorno de homofobia, xenofobia, aporofobia y cuantas otras, la misoginia –presente desde la mitología antigua, pasando por las religiones y muchos intelectuales, hasta la actualidad– debe ser erradicada junto a toda forma de discriminación y para ello, además de la responsabilidad colectiva en la prevención de la violencia de género en todos los ámbitos, debemos responsabilizarnos de nuestra sociedad y sus relaciones colmadas de ansiedad y angustia que constituyen otro impulso para transformar la agresividad humana en agresión.

La legislación chilena reconoce y tipifica –aún con falencias y limitaciones– el femicidio el año 2010, aumentando las penas aplicables a este delito, sin embargo, esto no ha sido suficiente para terminar con la violencia. La denuncia no detiene el maltrato y la agresividad supera la racionalidad. Al agresor le da igual, ataca, mata y punto. Las leyes no logran disuadir al femicida. Ni el castigo, ni el suicidio del agresor le devuelve la vida a la víctima.

Son los Estados, como garantes de los Derechos Humanos, los que deben implementar políticas públicas y mecanismos para prevenir, sancionar y erradicar el machismo, sin escatimar recursos para ello; pero sobre todo somos las personas, las ciudadanas y los ciudadanos, quienes debemos encarnar en el sentimiento y la acción la erradicación de toda forma de violencia.

La idea perversa del supuesto amor, en el cual se busca la dominación del otro o que pretende apropiarse de su libertad, debe revertirse luchando colectivamente, pues, como decía Simon de Beauvoir, “el opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los propios oprimidos” y, viviéndolo individualmente, “el día que una mujer pueda no amar con debilidad sino con su fuerza, no escapar de sí misma sino encontrarse, no humillarse sino afirmarse, ese día el amor será para ella, como para el hombre, fuente de vida y no un peligro mortal”

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