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La nueva Guerra Fría y los oscuros poderes tras la escalada militar europea

por 15 junio, 2016

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Durante la investigación periodística llevada a cabo por el diario The Washington Post en el marco del Caso Watergate –el mayor escándalo político que registra la historia moderna de los Estados Unidos–, destacó el diálogo entre los periodistas Woodward y Bernstein y su informante secreto, “Garganta Profunda”, quien sintetizó la pista para iluminar el problema con una frase: “Follow the money” (“sigan el dinero”).

Para entender el incipiente desarrollo de una nueva Guerra Fría entre Rusia y la OTAN, sería necesario recurrir a la pista señalada.

La crisis financiera que explotó en 2008, devenida en crisis económica en la mayor parte de los países de la Unión Europea, especialmente los del sur de Europa, ha tenido como resultado la declinación de su crecimiento económico y ha exacerbado no solamente el descontento de la población, su inseguridad económica, sus temores irracionales, manifestados en su racismo y antiislamismo, sino también ha golpeado directamente a la calidad de vida del ciudadano medio a causa del sucesivo desmantelamiento del Estado de bienestar.

El crecimiento en la zona euro, se estima en 1,4% para 2016 y se espera que sea de 1.7% en 2017. Han pasado más de cinco años desde que, prácticamente, se entró en estancamiento y Europa no ha recuperado aún el nivel económico de antes de la crisis.

Una de las formas que utiliza el sistema capitalista globalizado para echar a andar la maquinaria del crecimiento, es el impulso de la industria de las armas.

Durante la década de 1950, el Presidente de los Estados Unidos, el general Dwight D. Eisenhower, fue el primero en advertir el peligro que significaba para la paz mundial la colusión entre la industria armamentista y los estrategas político-militares, que él denominó como el “complejo industrial-militar”.

A partir de este maléfico desarrollo de las economías avanzadas, las de Estados Unidos y de Europa Occidental comenzaron a depender en buena medida de las guerras regionales que ellos mismos han fomentado alrededor del mundo; desde Corea, Indochina, Argelia, Vietnam, la intervención en la ex Yugoslavia, hasta las agresiones en Medio Oriente y Afganistán, pasando por intervenciones en el África sub-Sahariana, en Libia, Sudán, Somalia.

Este repertorio bélico, a menudo autojustificado como intervenciones humanitarias o democratizantes o bien en nombre de la seguridad nacional estadounidense, la que se extendería por todo el orbe, ha resultado en el holocausto de millones de seres humanos y el padecimiento de otros tantos millones de hombres, mujeres, ancianos y niños que deben huir desde sus países en busca de refugio.

Como afirma nuestro genial artista y pensador, Alejandro Jodorowsky: “Cada vez que estalla una bomba, es el negocio de alguien”.

Ciertamente. Y estos negocios tienen prácticamente vida propia y poseen una supremacía que está por sobre el poder político, incluso muy por encima de la autoridad del Presidente de los Estados Unidos y de los líderes europeos.

Desde tal perspectiva, la visita del Presidente Obama a Hiroshima, un gesto simbólico frecuentemente asociado a un mea culpa histórico, posee, a nuestro juicio, otro significado. Este fue expresado en palabras del propio Presidente, al declarar en una reciente entrevista –dada al canal de televisión japonés NHK– lo siguiente:

“El objeto de mi visita no es enfocarse en el pasado sino, en su lugar, destacar el hecho de que en ambos lados de una guerra mueren seres inocentes, y que debemos realizar todo el esfuerzo posible para promocionar la paz y el diálogo mundial y luchar para lograr un mundo libre de armas atómicas”.

Creemos que la visita de Obama a Hiroshima, en sus últimos meses de mandato, puede ser interpretada como un gesto del Presidente para desligarse de toda responsabilidad histórica, en caso de que el mundo cayese en un holocausto nuclear. Seguramente, el Presidente Obama reconoce la existencia de esos poderes oscuros, a los que Eisenhower se refería, y se siente impotente para resistir la actual marea belicista en ascenso.

Efectivamente, estas fuerzas están empujando hacia una nueva Guerra Fría. Esta vez ya no se trataría de una guerra de motivación ideológica entre la democracia liberal y el comunismo, dado que el proyecto de los socialismos reales, supuestos precursores de un comunismo futuro, se derrumbó junto al Muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética que siguió. Esto, hace ya un cuarto de siglo.

Las formas en que operan estos poderes pueden tomar diversas modalidades, las cuales son difíciles de rastrear. Una de ellas se realizaría a través del lobby de origen académico. Por ejemplo, el centro de estudios (think tank) neoconservador, Proyecto para un Nuevo Siglo Americano, PNAC, por sus siglas en inglés, fue creado en 1997 por los académicos William Kristol y Robert Kagan y sus objetivos declarados eran los de promover el liderazgo mundial de los EE.UU., mediante una política de fortaleza militar y de claridad moral de inspiración reaganiana; liderazgo que sería bueno tanto para EE.UU. como para el mundo.

Creemos que la visita de Obama a Hiroshima, en sus últimos meses de mandato, puede ser interpretada como un gesto del Presidente para desligarse de toda responsabilidad histórica, en caso de que el mundo cayese en un holocausto nuclear. Seguramente, el Presidente Obama reconoce la existencia de esos poderes oscuros, a los que Eisenhower se refería, y se siente impotente para resistir la actual marea belicista en ascenso.

De los 24 miembros fundadores del PNAC, 10 pasaron a formar parte del gobierno de George W. Bush en 2001, entre ellos: Dick Cheney, Donald Rumsfeld y Paul Wolfowitz, vicepresidente, ministro de Defensa y subsecretario de Defensa, respectivamente.

Cheney y Rumsfeld poseen un nutrido historial como funcionarios del Pentágono. El primero, fue ministro de Defensa durante casi toda la administración de George H.W. Bush padre, mientras el segundo había ocupado el mismo cargo entre 1975 y 1977, durante la Presidencia de Gerald Ford.

Desde el nivel político-estratégico, ellos fueron claves en la planificación y ejecución de la invasión a Irak y el derrocamiento de Saddam Hussein, en marzo de 2003. Una guerra basada en informes de inteligencia falseados y en contravención de una resolución previa del Consejo de Seguridad de la ONU.

Las supuestas Armas de Destrucción Masivas de Saddam Hussein nunca se encontraron, ni tampoco se probaron sus eventuales conexiones con Al-Qaeda.

Lo que sí se comprobó y se hizo público, fueron los multibillonarios contratos de operaciones de la Compañía Halliburton luego de la invasión a Irak.

Empresa de la cual Dick Cheney había sido su presidente y CEO entre 1995 y 2000. También se constataron las conexiones de Donald Rumsfeld con compañías petroleras norteamericanas beneficiarias del petróleo iraquí.

Lo anterior es solo un ejemplo de cómo pueden operar las oscuras fuerzas del complejo militar-industrial. Otra forma, es la que relata el artículo del The Guardian, fechado el 31 de Mayo 2014, pero que empalma perfectamente con la coyuntura de hoy y con lo que esta columna intenta informar.

En relación con la situación actual, ocurre que la mayor parte de los países europeos de la OTAN, desde Dinamarca a Turquía, necesitan reemplazar el ya anticuado “caballito de batalla” de la guerra aérea, los cazas Lockheed Martin F/A-16, por un nuevo material que se supone justo y necesario para componer un poder disuasivo europeo por los próximos 30 o 40 años.

A la competencia para este multibillonario negocio, han acudido las diferentes fábricas de armamentos, tanto norteamericanas como europeas, entre otras, la Saab sueca con el JAS 39 Gripen, la Lockheed-Martin con el F/A-35 Joint Strike Fighter, el F/A-18 Super Hornet de la Boeing, el Eurofighter Typhoon fabricado por el consorcio europeo formado por Alenia Aermacchi, Airbus Group y BAE Systems.

Se trata del llamado “negocio del siglo”.

¿Cómo legitimar ante los contribuyentes europeos un gasto fiscal militar de tan elevada dimensión en momentos en que Europa se debate en crisis y que, por este motivo, se ha intentado justificar la reducción del gasto fiscal en bienestar social?

La ocasión propicia se presentó al emerger en Rusia un liderazgo político fuerte y decidido, el que, a la primera provocación occidental en Ucrania, materializada por un golpe de Estado que derrocó al Presidente pro ruso Víctor Yanukovych, decidió, previo referéndum, anexar la Península de Crimea; una posición estratégica con población mayoritariamente rusoparlante, la cual había sido traspasada a Ucrania en la década de 1950 por el premier soviético Nikita Krushev.

La drástica movida de Vladimir Putin provocó las iras de Occidente, iniciándose una serie de sanciones económicas en contra de Rusia; al mismo tiempo, la Alianza Atlántica mostraba sus músculos y reforzaba sus lazos políticos-militares con las naciones de Europa del Este escindidas de la ex URSS, las que, supuestamente, se sentirían intimidadas por la agresividad del líder ruso.

La ampliación de la presencia militar de la OTAN en el Báltico no es reciente: comenzó el año pasado, cuando los tres pequeños países –Estonia, Letonia y Lituania– firmaron contratos multimillonarios con EE.UU., Holanda, Noruega, Reino Unido y Polonia para la adquisición de armamento.

A principios de este año, el ejército estadounidense llevó a cabo un desfile de blindados en Narva, una ciudad estonia con un alto porcentaje de población rusa y que se encuentra a escasos metros de la frontera con la Federación Rusa.

Coincidiendo con la cumbre de la OTAN en Varsovia, programada para el mes de julio próximo, se realizarán en Polonia los ejercicios militares de código “Anaconda 2016”, que involucrarán a más de 25.000 soldados de 24 países, miembros de la OTAN y a seis países de la llamada Asociación para la Paz.

Por otro lado, los encuentros entre aeronaves de la OTAN y de Rusia sobre el Mar Báltico, han estado muy cerca de provocar accidentes de consecuencias imprevisibles. Un caza ruso ejecutó un rol volado sobre una aeronave de la OTAN que se aproximaba a aguas territoriales rusas. A mediados de abril, cazas Sukhoi SU-24 rusos realizaron vuelos rasantes sobre el destructor USS Donald Cook, en simulacros de ataque.

En el editorial del New York Times del 19 de mayo 2016, se han descrito estas acciones como una provocación rusa a la seguridad nacional de los EE.UU. Pero, obviamente, el periódico omite aclarar que el incidente se produjo en las aproximaciones bálticas, a 70 millas náuticas de territorio ruso, si bien dentro de aguas internacionales, pero a miles de millas de la costa americana.

La OTAN está procediendo a la instalación en Europa del Este de un sistema de defensa antimisiles para protegerse de un ataque desde Irán, según argumenta. Explicación poco convincente, dado el publicitado éxito de las negociaciones de no proliferación nuclear, que concluyó con un acuerdo firmado entre Irán y los EE.UU.

En una reciente entrevista con el programa'The John Bachelor Show', el académico y profesor de la Universidad de Nueva York, Stephen Cohen, declaraba: “He visto a la OTAN acercarse cada vez más a la frontera de Rusia por tierra, mar y aire, y todo ello se presenta en EE.UU. como una provocación de Rusia. Un militar incluso dijo: ‘Putin está acercando sus tropas a la OTAN’. Es la OTAN que se acerca a Rusia. Rusia no se mueve, está donde está”. El ejercicio “Anaconda 2016” constituye “la mayor concentración de tropas en las fronteras con Rusia desde la invasión alemana en 1941”, agrega Cohen.

Sin duda, el fuego de ablandamiento mediático que precede a las acciones de hecho, para justificar políticas belicistas ante la opinión pública europea y mundial, aún no se ha desencadenado del todo. Pero es muy probable que los europeos sean presionados por los medios a medida que los plazos para firmar los multibillonarios contratos de armamentos se acorten. Ante el estado anímico depresivo que afecta a millones de personas en el Viejo Mundo, el gambito es altamente peligroso.

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