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La familia neoliberal

por 4 julio, 2016

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En Chile, hablar de la familia, como ha dicho recientemente Manfred Svensson, tiene un creciente sentido del ridículo. La familia, se piensa, es propio de “conservadores”, de personas “religiosas”, que quieren “tener muchos hijos” y, como si fuera poco, de sujetos que se identifican políticamente con la “derecha”.

Luego, si bien pareciera que los chilenos siguen creyendo que la familia es lo más importante –como lo atestiguan las principales encuestas–, en el terreno público hasta las convicciones de los más "conservadores", como el ministro Fernández, reculan contra esa fuerza colectiva que los llama a morigerarse.

Probablemente, la confesión de muchos de que “no hay nada más importante que la familia”, haya contribuido a generar una profunda ruptura en nuestra sociedad chilena. Es cierto que, en términos coloquiales, si nos preguntan qué es lo más importante que tenemos, respondemos sin pensarlo que “la familia”. Pero si razonamos esta tesis, concluiríamos que la familia es el origen de nuestra formación, pero no el punto de llegada. Una familia fuerte, no puede estar privada de otras familias, ni tampoco de la sociedad a la que pertenece. Debe estar abierta a la sociedad.

Y eso es, quizás, lo que ha sucedido con la familia.

Luis Emilio Recabarren, en su obra Ricos y pobres, confesaba sentir tristeza por aquellos que estaban alegres, pero vivían en el mundo de las ilusiones. Una frase fuerte, pero que traspasa las décadas y se instala en el primer plano de nuestras avanzadas sociedades. ¿Quiénes son, hoy por hoy, los “alegres”?

Las categorías de “ricos” y “pobres” están un tanto pasadas de moda, pero pareciera que siguen vigentes bajo otros distintivos. ¿No es la educación superior –y no cualquier educación superior– una forma de marcar un cerco de distinción en nuestras sociedades, que hace “alegres” a algunos y “tristes” a otros?, ¿no es por ese ideal que muchos estudiantes marchan, porque allí, en ese amplio terreno, se juega y se lucha para ser “alguien” en la vida?

Hemos vivido un par de décadas de grandes transformaciones económicas, en el mundo de las “ilusiones”, como decía Recabarren, en un mundo plagado de “certezas”, pero carente de realidades sociales, esas mismas certezas que impedían que Hernán Büchi se fugase del país, pero que ocasionaron que muchos de esos tristes se criaran sin familia, sin modelos parentales, sin la posibilidad de plantearse críticamente frente a los demás, pero por caminos razonables y conducentes a fines sociales.

Son esos chilenos, que Felipe Berríos calificó de “jóvenes hastiados por el consumo”, los tristes de nuestra historia presente y que ya no tienen a la familia como horizonte de realización personal.

Si hilamos más fino, probablemente quienes creemos en la familia y nos preciamos de sus bienes públicos, hemos contribuido a propiciar una ética familiar privada, ajena a las formas más elementales de sociabilidad, inserta en una suerte de estado de naturaleza compuesto por individuos autosuficientes, sin un horizonte público que sólo piden “paz”, pero no justicia. La configuración de nuestras ciudades, por ejemplo, en la que presenciamos una evidente segregación espacial, si bien tiene mucho de errores políticos que se han ido corrigiendo con el pasar de los años, también tiene algo de querer “huir” de estos jóvenes sin familia, que se han desmoralizado por culpa nuestra y hoy solo apelan a la violencia como método de resolución de conflictos, porque no tuvieron una familia que les haya enseñado lo contrario.

Así las cosas, hemos vivido un par de décadas de grandes transformaciones económicas, en el mundo de las “ilusiones”, como decía Recabarren, en un mundo plagado de “certezas”, pero carente de realidades sociales, esas mismas certezas que impedían que Hernán Büchi se fugase del país, pero que ocasionaron que muchos de esos tristes se criaran sin familia, sin modelos parentales, sin la posibilidad de plantearse críticamente frente a los demás, pero por caminos razonables y conducentes a fines sociales.

Son esas tristes certezas las que han hecho de la familia, para las nuevas generaciones, una realidad ridícula y antojadiza; es esa familia neoliberal, que hemos transformado en un estado ideal, ilusorio y permeable por la subjetividad, accesible solo para quienes cumplen con “ciertos” estándares de distinción económica, social, cultural, pero no para seres comunes y corrientes que quieren “formar” familia, como se decía antes y progresar humanamente a través de ella.

A lo más, si queremos mostrarnos “a la moda”, en el espacio público podemos hablar de las “familias”, como dice el instructivo de los encuentros locales. Aunque ni siquiera eso signifique hablar de la “diversidad de realidades familiares” que hoy existen en nuestro país, sino solo y exclusivamente del matrimonio homosexual.

Una realidad que ni siquiera un ministro Opus Dei se atrevió a desafiar.

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