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El Himno Nacional en Independencia

por 31 julio, 2016

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He escrito sobre esto anteriormente. La dictadura vulneró reiteradamente el derecho a vivir en la propia patria a través de expulsiones administrativas y listas de prohibiciones de ingreso. En palabras de un iusnaturalista, el derecho a vivir en la propia patria es uno de los derechos naturales y anteriores al Estado. Por ello, el Estado debe reconocer y reglamentar su ejercicio, pero no siendo él quien lo concede, tampoco podrá jamás negarlo.

Todos los hijos de exiliados tenemos algo por decir sobre el exilio desde un punto de vista político. La experiencia del exilio ha impactado las miradas políticas que todos tenemos hoy. Pero también a los hijos de los exiliados, la experiencia de vivir fuera por un periodo de tiempo extendido nos ha complicado el proceso de desarrollar una identidad cultural. He señalado anteriormente que el ser chileno para mí ha sido una construcción no pacífica. Se hace difícil reconciliar la cultura del país del exilio y la de Chile. Se siente que no se pertenece completamente a una cultura u otra, se siente que es una mezcla. Se debe aprender a tomar los aspectos de dos culturas con los cuales se sienten más identificados encontrando maneras para hacerlos coexistir.

Es por eso que símbolos patrios como la bandera o el himno nacional, si bien no me producen rechazo, sí me son distantes. Sin embargo, por temas profesionales y académicos me ha tocado estar cerca del Proceso Constituyente convocado por la Presidenta en octubre del año pasado. He tenido la posibilidad de participar en conversatorios y seminarios en universidades y centros de estudio. También en reuniones en juntas de vecinos, centros culturales, sindicatos y asociaciones de funcionarios públicos. Personalmente estos últimos han sido más entrenidos y enriquecedores. El hecho de restarle elitismo a la conversación constitucional es uno de los resultados más importantes del proceso constituyente.

He observado varios encuentros locales y también organicé y moderé el ELA en el cual participé. He sido testigo de cómo una Constitución ideal debe lograr el máximo de participación democrática, compatible con el máximo de protección de derechos. He sido y soy consciente de las dificultades y complejidades que encierra esta definición. Creo entonces que la pregunta a plantearse, y que ha aparecido durante la etapa constituyente, es de qué manera podemos conciliar plenamente las dimensiones de los derechos y la participación para hablar verdaderamente de un constitucionalismo democrático.

He visto como en Chile hemos conversado por primera vez como dialogan las sociedades pluralistas. Este tipo de sociedades reconocen-y nosotros lo hemos hecho-que es inevitable la existencia de discrepancias en los juicios de la gente, y que parece primordial establecer algún tipo de mecanismo o procedimiento que permitan hacerse cargo de ellas (Constitución). Pese a que no existe plena garantía de objetividad dadas las posiciones parciales de cada uno de los participantes, he visto como hemos abandonado la actitud del rechazo a priori. Si, la deliberación constitucional ha logrado dejar al margen ese rechazo que siempre abona en favor de la violencia del más fuerte. El diálogo público-constitucional que hemos llevado adelante, ha ayudado a filtrar los sesgos particularistas que resultaran excluyentes de algunos individuos o grupos. La prevención contra la ideología, que a menudo se disfraza de libertad, no ha logrado echar por tierra la idea de que también, en contra de ese discurso, el diálogo y la deliberación han sido los mejores de nuestros recursos.

Creo entonces que la pregunta a plantearse, y que ha aparecido durante la etapa constituyente, es de qué manera podemos conciliar plenamente las dimensiones de los derechos y la participación para hablar verdaderamente de un constitucionalismo democrático.

En este diálogo he visto como la AC-nuestro mecanismo para dar origen a una Nueva Constitución-ha sido la conversación presente. He visto como se ha transformado en indispensable diseñar los procedimientos democráticos para la formación de la voluntad popular y de agendas políticas (Iniciativa Popular de Ley). Hemos conversado acerca de la necesidad de que existan mecanismos garantizados con cierta suficiencia para actualizar permanentemente los principios y valores que configuran el proyecto constitucional (Mecanismos de Reforma y Revisión Constitucional). He visto como todo esto, se mezcla con la existencia de reglas e instituciones históricas de nuestra tradición constitucional (Régimen de Gobierno, Congreso y Poder Judicial).

He sido testigo y actor de cómo la participación de quienes formamos parte de la sociedad política, ha fortalecido los espacios en los que acontece la deliberación pública. He leído también la columna escrita en El Mercurio por Eugenio Tironi. Al igual que él estuve en el Cabildo Provincial de Independencia. Canté el Himno Nacional al cual nos conminó a entonar el ciudadano a quien él hace referencia. Creo que es la primera vez que lo hago con emoción. No sé si vuelva hacerlo, ojalá. Tironi no es santo de mi devoción, en todo caso no importa, no creo que a él le interesa tampoco. Pero el sábado pasado logramos converger en algo, los dos nos emocionamos con el Himno Nacional.

Tironi termina su columna preguntándose para qué sirve todo este Proceso Constituyente, dice que no sabe o no le importa mucho, pero que le basta sólo con el amor a la patria demostrado por todos quienes participamos el sábado en los encuentros provinciales. Yo creo que nacionalmente ha servido para fortalecer los espacios en los que acontece la deliberación pública, y para sensibilizar a un sinnúmero de manifestaciones de las personas y grupos en desventaja expresadas a menudo- si quiere ponerlo en términos futbolísticos- desde la galucha e invitados hoy a jugar a la cancha. Y a nivel personal, bueno para acercarme un poco a lo que Tironi, al final de su artículo llama el amor a Chile. A mí también me basta con eso.

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