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Chile y la dignidad perdida

por 25 agosto, 2016

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¿Qué pasa en Chile que todos se sienten defraudados? ¿Cuáles son las causas de tanto malestar? Sociólogos, cientistas políticos y analistas de la plaza buscan las causas de la crisis de representación en el rol de los partidos, en la conducta de los parlamentarios y en el declive de las instituciones. En paralelo, ninguna fuerza política ha sido capaz de interpretar y responder correctamente el profundo malestar que recorre nuestro país. Ello vale tanto para los partidos tradicionales (reacios a hacerse cargo del problema) como para nuevas fuerzas y figuras políticas. Algunas de estas últimas, desde la izquierda, se aproximan a la realidad combinando lecturas de ideólogos de izquierda del siglo XIX y principios del XX con “agudas” y críticas conclusiones a través de un IPhone.

Abusos a los consumidores, galopante inseguridad, pensiones miserables para nuestros adultos mayores y una clase media de plástico (endeudada y a la deriva). Los chilenos perciben que ni el Estado ni el mercado son suficientes para resolver los problemas que los aquejan. Por ejemplo, el Estado, en su conjunto, ha sido altamente incompetente en enfrentar el grave escenario de inseguridad y delincuencia que los chilenos sufren por igual en Las Condes, Vitacura, La Pintana o Pedro Aguirre Cerda. El mercado, por su parte, parece ofrecer soluciones a veces abusivas, lo que contribuye al malestar descrito.

Todo lo anterior, entre muchas otras cosas, suma en el cóctel de la desafección. Ya está instalado el sentimiento de que siempre hay alguien capaz de meternos el dedo en el ojo.

Bajo mi punto de vista, la palabra que describe de mejor forma el problema que vivimos es la vulneración de la dignidad personal. ¿Más Estado, como quieren Quintana, Bachelet y el PC? ¿Más mercado, como le gustaría a José Piñera o a algunos economistas talibanes? No creo que vaya por ahí la cosa. Los chilenos no quieren un Estado controlador que les diga dónde educar a sus hijos. Nuestros compatriotas rechazan un Estado que enfrenta la delincuencia con desidia, como si no fuera un problema real. Pero tampoco quieren que las grandes empresas, las Isapres o las AFP les pongan el pie encima.

Para construir un Chile más digno debemos resistir la tentación, a veces populista, de darles en el gusto a los grupos de presión. En esa bolsa están las federaciones estudiantiles, los sindicatos y también las grandes empresas. Todos ellos con intereses particularistas que disfrazan o, bien, de motivos ideológicos o de progreso y empleo, según sea el caso.

Bajo mi punto de vista, la palabra que describe de mejor forma el problema que vivimos es la vulneración de la dignidad personal. ¿Más Estado, como quieren Quintana, Bachelet y el PC? ¿Más mercado, como le gustaría a José Piñera o a algunos economistas talibanes? No creo que vaya por ahí la cosa.

La dignidad no se alcanza con retroexcavadoras ni revolucionarios Mac. La dignidad se construye con realismo pero, al mismo tiempo, con sentido de urgencia. El crecimiento económico no es la panacea, pero es una base necesaria. Regulaciones más fuertes para los abusos, nuevas políticas públicas para enfrentar flagelos como la delincuencia y las pensiones miserables. Para dibujar un Chile más digno, empecemos a hacernos cargo de las demandas que nacen desde la ciudadanía. Los datos están ahí claritos en las encuestas. Y dejemos de escuchar a ideólogos trasnochados, economistas radicales que aterrizan con recetas mágicas o grupos de presión vociferantes que en lo último que piensan es en la dignidad de todos los chilenos.

Si alguien es capaz de empezar hablar de esa dignidad extraviada, quizás por ahí comencemos a revertir el malestar y la frustración que recorren Chile.

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