martes, 26 de octubre de 2021 Actualizado a las 17:40

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¿Es el populismo el problema?

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No caben dudas de que la carrera presidencial está desatada. Lagos, Piñera, Guillier, Allende, Tarud, Ossandón y Enríquez-Ominami son solo algunos de los que han inscrito su nombre en la larga lista de aspirantes a La Moneda. Un proceso que habitualmente se iniciaba tras las municipales, ha sido adelantado por una confluencia de varios factores, entre los que se destacan las dificultades del Gobierno para conducir a la coalición, la fragmentación de los partidos, el surgimiento de nuevos referentes políticos, y los interrogantes sobre la continuidad de la Nueva Mayoría y de las reformas impulsadas en los últimos dos años.

Esta danza de nombres se enfrenta al fantasma de lo que se presagia será una muy baja participación en las elecciones municipales, aportando otro elemento para justificar la crisis de representación que afecta al sistema político chileno. Este elemento resulta relativamente novedoso para una democracia que se había caracterizado –tanto antes del golpe como en las primeras dos décadas de la democracia postnoventa– por su capacidad para constituir y reconstituir un sistema de partidos capaz de conducir institucionalmente las demandas de cambio de la sociedad chilena, e incluso ser capaz de recuperarse de experiencias que amenazaron esa capacidad, como la de Ibáñez del Campo y su “escoba”. No por casualidad se ha señalado que los partidos políticos han sido la columna vertebral del sistema político chileno.

Un sistema de partidos que, a diferencia de otros procesos en América latina, se constituyó con anterioridad a la politización de los sectores medios y obreros, lo que facilitó la representación de los sectores que demandaban su incorporación a la ciudadanía entre 1930 y 1970. De esa diferencia hace gala la política chilena, sosteniendo que el populismo ha estado ajeno a la experiencia nacional o ha estado presente de manera más bien marginal, en el plano de algunos liderazgos, pero nunca como expresión sistémica, como en Argentina o Brasil, por ejemplo.

Hay en esta lectura cierta exageración. Es el mismo tipo de exageración que coloca a la violencia imperante durante ese periodo –por ejemplo, la matanza del Seguro Obrero, la proscripción del PC, el fraude electoral en las zonas rurales– como hechos excepcionales. A contrapelo de esta lectura, es posible rastrear elementos populistas en Alessandri, en el ya mencionado Ibáñez del Campo y en los gobiernos del Frente Popular, de la DC de Frei Montalva o de la Unidad Popular (para este último caso se recomienda revisar el artículo de Eduardo Valenzuela en la Revista Preposiciones, en el que, a partir de la identificación de los elementos festivos, identifica en la UP elementos populistas).

De esta forma, habría predominado en el mundo político y académico una visión completamente negativa del populismo, amplificando aspectos que, siendo parte de la experiencia populista, ocultan otros que permitirían tener una mirada más completa y menos prejuiciada. El populismo es demagogia, déficit público, autoritarismo, manipulación de las masas y líder carismático. Resultado: una política desinstitucionalizada. Olvida esta perspectiva que el populismo de los cuarenta es también el impulsor de la política social (el “gobernar es educar” de Pedro Aguirre Cerda), de la industrialización, de la economía protegida y del modelo Estado-céntrico que impulsó mejoras en la distribución de la riqueza. En síntesis, de un proceso de modernización con inclusión social en el marco de un sistema económico capitalista.

Décadas después, en el contexto de la carrera presidencial 2017 vuelven a aparecer, entonces, las críticas al populismo. En esta ocasión, es el senador Ignacio Walker el que sostiene que la candidatura de Guillier es “un germen de la demagogia y el populismo”, porque “no tiene partido, no tiene equipos técnicos ni tiene programa de Gobierno”. Algo semejante se ha dicho del senador Ossandón en la derecha.

Los cuestionamientos –antiguos y nuevos– operan, entonces, en un plano axiológico, pero olvidan que el populismo es, al fin y al cabo, la respuesta a sistemas políticos desbordados frente a las demandas ciudadanas de cambio.

Esta danza de nombres se enfrenta al fantasma de lo que se presagia será una muy baja participación en las elecciones municipales, aportando otro elemento para justificar la crisis de representación que afecta al sistema político chileno.

Desde el punto de vista de las teorías de la modernización (Germani, por ejemplo), el populismo es un fenómeno que se presenta en sociedades subdesarrolladas en transición desde una sociedad tradicional a una moderna, en donde las energías movilizadoras son superadas por la capacidad integradora del sistema. Desde un punto de vista histórico-estructural (la teoría de la dependencia), el populismo es un camino específico hacia el capitalismo que surge en el contexto de la crisis del modelo primario exportador y de la crisis oligárquica.

Por su parte, Laclau aporta nuevos elementos para la comprensión del populismo como una lógica de articulación. En el caso de sistemas políticos democráticos exitosos, el éxito radica precisamente en la capacidad del sistema político de responder “adecuadamente” a la diversidad de demandas (capacidad de respuesta). En el caso contrario, la acumulación de demandas insatisfechas genera un campo compartido de negatividad, en el que cada demanda comparte el mismo espacio de insatisfacción, constituyendo lo que Laclau denomina lógica de equivalencia y una cadena de equivalencias; cada demanda mantiene su particularidad, pero inserta en un conjunto más amplio de reivindicaciones sociales.

No es este el espacio para el debate teórico profundo. La diversidad de interpretaciones en torno al populismo es amplia, pero con un elemento común: la incapacidad de respuesta por parte del sistema político o, mejor dicho, la incapacidad para responder a lo que la ciudadanía considera relevante en un contexto de activación política que expande y modifica los cuestionamientos al orden político vigente.

Teniendo estos elementos a la vista, no cabe más que preguntarse si el eje del debate no debiera cambiar desde los actores hacia las instituciones, desde los nombres hacia los procesos, teniendo en cuenta que la multiplicidad de actores con liderazgos, que podrían ser catalogados de “populistas”, solo serían la evidencia de la dificultad que estaría teniendo el sistema político para procesar los malestares de la sociedad chilena.

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