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¿América fascistizada?: una mirada desde la historia

por 16 noviembre, 2016

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Alf Lüdtke en los 70 nos trajo el dramático relato de los héroes de la resistencia nazi. En efecto, la “Alltagsgeschichte” intentó en los 60, en un esfuerzo que como nación hizo ese Estado, recuperar el relato de aquellos que habían resistido al nazismo en pleno apogeo de Hitler.

Un intento de la ex Alemania Federal (RFA) por recuperar la memoria de aquella tragedia para las nuevas generaciones. Mayor fue la sorpresa cuando, preguntando a obreros, dueñas de casa y mundo popular, los investigadores de la “Alltagsgeschichte” se encontraron más bien con testigos que habían sido fervientes partidarios de Hitler o abiertos militantes del nazismo.

La investigación, que impactó a la Alemania de la época, era un fiel reflejo de la distancia que se produce entre los discursos de las elites –y que recogen y difunden sus principales medios– y lo que piensa y siente el pueblo llano profundo.

Algo similar hizo Michael Mann cuando, refiriéndose a la limpieza étnica moderna, nos explicó que las “cifras de mortalidad en el siglo XX, a causa de la limpieza étnica homicida, se sitúan entre los… ciento veinte millones de personas”, inmensamente superior a la del Holocausto, tragedia que todos han asimilado como la mayor catástrofe en la historia de la humanidad.

Mi maestro en la Universitat de Valencia, y uno de los mayores referentes académicos a la hora de analizar los regímenes totalitarios de inspiración fascista, Ismael Saz, intentando hacer el contrapunto entre fascismo y franquismo, llegó a señalar que el régimen de Franco, si bien tuvo una inspiración fascista original, pronto se diferenció de este –de hecho, aquella dictadura acabó de muerte natural– y solo tuvo algunas características de régimen fascistizado, en tanto se distanció del régimen italiano por su fuerte nacionalismo y su ferviente religiosidad.

Hay que recordar, entonces, los orígenes de ese discurso y las nefastas consecuencias que tuvo. Por cierto, no es culpa de Trump sino de aquellos que, pese a las advertencias que se vienen dando desde inicios de los años 2000, insisten en profundizar y mantener un sistema neoliberal que, ahora, ya se ha vuelto peligroso hasta para ellos mismos.

Hago este necesario preámbulo, pues, no siendo un especialista en la política norteamericana, ni menos un fan de esa nación, me llamó la atención, desde que los medios pusieron su foco en esa contienda, el discurso de quien resultó ganador y que cualquier observador imparcial pudo anticipar, dada la manera en que Trump conectó con las audiencias y recibió su apoyo.

En ese escenario Trump apeló en sus arengas a algunos de los rasgos de los regímenes fascistizados, como su apelación al discurso homofóbico y racista tal cual como ocurrió en la Italia de Mussolini y luego en la Alemania de Hitler; así como también su mensaje antielites, que la izquierda de la época jamás pudo digerir y que pagaron caro intelectuales como Rosa Luxemburgo y más tarde Walter Benjamin. También, atrajo mi interés del mensaje de Trump su invocación a un cierto nacionalismo y el rescate del proteccionismo y la industria nacional.

Tal como lo viene reiterando desde hace tiempo José Miguel Ahumada, hay hartos elementos de la coyuntura global actual que también ya se hicieron presentes en 1930 y todos sabemos lo que sucedió luego. Hay un malestar profundo con el modelo neoliberal que administran por igual izquierdas y derechas en el ciudadano medio que, en épocas de crisis, puede tornarse peligroso. Allí está como testimonio Attila Mellanchini, capataz del patrón en el filme Il novecento de Bertolucci –interpretado magníficamente por Donald Sutherland–, devenido en ferviente fascista.

Por cierto, Trump está lejos de ser Hitler o Mussolini, y aquellos regímenes fueron específicos y respondieron al contexto de una época. Pero hay cosas en su discurso que se reiteran hoy, asustan y están allí. Puede que, también, como buen candidato, el vencedor de las elecciones estadounidenses olvide pronto sus radicales medidas o que la elite de poder americana, como lo ha hecho otras veces en su historia, tome sus propias medidas preventivas.

Pero lo más terrible que le puede pasar a una sociedad es olvidar y no sanar sus heridas. A propósito de los rasgos fascistizados del discurso de Trump, el presente no puede construirse sobre un inmenso vacío. Tal como lo señala el destacado historiador valenciano, “el derecho al olvido como un objetivo para mañana nos enfrenta al imperativo de la memoria hoy”.

Hay que recordar, entonces, los orígenes de ese discurso y las nefastas consecuencias que tuvo. Por cierto, no es culpa de Trump sino de aquellos que, pese a las advertencias que se vienen dando desde inicios de los años 2000, insisten en profundizar y mantener un sistema neoliberal que, ahora, ya se ha vuelto peligroso hasta para ellos mismos.

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