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Migrantes, extranjeros y nuestras representaciones de la otredad

por 27 diciembre, 2016

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Por su situación geográfica, el fenómeno migratorio en nuestro país ha sido más bien episódico, breve, y de carácter más moderado que masivo. Si se nos permite tratar de sintetizar, diríamos que desde la independencia en el siglo XIX, principalmente, se asientan algunos comerciantes y soldados europeos, algo que se reiterará a fines de dicha centuria (ya sea en labores militares o en la construcción del ferrocarril e infraestructura estatal, así como en el trabajo de las salitreras); y en el siglo recién pasado, destaca el ingreso de palestinos y los ibéricos que huían de Franco a fines de los 30.

No obstante lo anterior, quizás la relevancia del dato cuantitativo es secundaria en relación con otro aspecto ligado intrínsecamente con ello: las representaciones de la otredad en nuestro imaginario nacional, es decir, cómo una cultura define una imagen de sí, tácitamente muchas veces, a través de la definición/construcción de un otro. Es así como en nuestra historia, los extranjeros (genéricamente masculino) aparecen como conquistadores, aventureros, constructores, colonizadores, refugiados, etc. Pese a sus diferencias, el rasgo en común de todas estas representaciones, es que recrean el pecado original en el que fueron concebidas: el resultado material de la contienda librada con posterioridad al encuentro entre Europa y América.

En efecto, en un acontecimiento histórico en que quien invade luego pasa a los anales como quien “descubre y conquista”, es fácil deducir quién elaboró el registro. Por otra parte, la misma idea de “descubrimiento” lleva implícito el hecho de que estas latitudes eran, en términos humanos, territorio baldío, y en un proceso histórico de explotación y expropiación de recursos naturales, claramente existía necesidad de un discurso que legitimara tales hechos.

Quizás no siempre reflexionamos con la relevancia que amerita, respecto al complejo proceso por el cual, en nuestra historia nacional y continental (también en lugares como India y Sudáfrica), cotidianamente terminamos sobrevalorando lo foráneo y subvalorando lo nativo. Dichas representaciones se estructuran luego en lo que tan brillantemente el profesor Lipschutz denominó “pigmentocracia”: la construcción de una estructura social basada en el establecimiento de privilegios y diferencias sociales a partir de la pigmentación de la piel, y en donde claramente el europeo y su descendencia (criollo), está por sobre el aborigen, la mezcla de estos y de todo aquel que eventualmente tuviera algún porcentaje de genética afro.

En consecuencia, nuestra construcción de la otredad decodifica al extranjero, en términos elogiosos –conquistador, colono, aventurero, etc.–, si luce fenotípicamente europeo, en tanto que se es invisible o indeseado en caso de que su apariencia luzca como la de nuestros pueblos originarios o, desde hace poco también, afrocaribeña.

Deberíamos tratar de ser sumamente cuidadosos con nuestro léxico, ya que de lo contrario pudiéramos condicionar el sentido de futuras políticas públicas en la materia, desarrollar perspectivas avasalladoras de las colectividades referidas o, incluso, quizás como en Europa, contribuir en parte a la xenofobia de mañana a través del marco teórico de hoy.

Esa es la causa por la cual en los textos de nuestros más prestigiados historiadores, conservadores o incluso marxistas, el aporte de las colectividades extranjeras no europeas fuera a veces subvalorado, subsumiéndolo al interior de “la cuestión social”, o restando su relevancia en el marco de la “lucha de clases”. Mientras que el extranjero que es, o labora para, la clase alta, es presentado en clave estética de individuo solitario, aventurero, inversor o ingeniero; la masiva presencia de bolivianas(os) y peruanas(os) –por sólo nombrar dos colectividades– en las faenas y oficinas salitreras, parece resultar bastante poco significante. Desafortunadamente, para las ambiciones de posteridad de nuestros vecinos del norte, para nosotros no eran más que “cholos”.

En ese sentido, la controversia surgida hace algunos días respecto a si a las colectividades extranjeras se les debía denominar migrantes o extranjeros, está también condicionada por dicha realidad. Dicha sea la verdad, ambos términos no son muy felices, pues poseen connotaciones ciertamente etnocentristas. Quizás cierto sector con presencia en los medios se ha inclinado por instalar el de migrantes. Respecto a este, su uso hace gala de cierta continuidad de la discusión europea (nuevamente la sobrevaloración de lo euro), iniciada desde fines de 60 (diásporas originadas por la independización de las últimas colonias africanas), y 70 (crisis del keynesianismo/instalación del neoliberalismo), y actualizadas desde mediados de los 90.

No obstante ello, traslada también las propias limitaciones del concepto, pues, al definirlo como tal, lo que se hace es caracterizarlo fundamentalmente como alguien en permanente tránsito, puesto que su proveniencia del latín apunta al movimiento y al cambio de residencia, lo que a todas luces es casi una caricatura. En el origen de la conceptualización está el problema de la “falsa expectativa” respecto a que ello es un problema circunstancial, ya que como “entes en tránsito” (migrantes), por su propia naturaleza seguirán su rumbo en cualquier momento.

Volviendo a Europa, quizás el contraste de la “promesa del concepto” con la realidad multicultural del continente (residente ya no migrante), explique en parte el brote de movimientos xenófobos. “¡Vuélvete ya a tu puto país!”, se escucha, lamentablemente, a veces en Madrid.

Extranjeros, por otra parte, al menos responde a cierto referente empírico: una otredad construida sobre la base de nuestra identidad de nativos de Chile, de “naturales” de este lugar (con todo lo problemático que resulta el hecho de que los Estados-nación son en realidad “comunidades imaginarias”, y que los verdaderos naturales de estas tierras han sido sistemáticamente desplazados desde 1536 al menos). Sin perjuicio de lo anterior, dicho concepto de todas maneras suscita problemas a futuro, pues “lo extranjero” es un concepto genérico desarrollado sobre la base de una oposición respecto a nuestra natividad chilena y no respecto a las diversas realidades a las que cubre –algunas tan diversas entre sí como bolivianas(os) y haitianas(os), por ejemplo–, y Edward Said en su clásico Orientalismo, ya nos advirtió respecto al peligro de tales operaciones, pues a través de ello Occidente invisibilizaba toda una serie de diferencias e identidades culturales sustantivas, de tal manera de reducir y controlar dichas culturas.

Últimamente ha aparecido también al ruedo el constructo de “colectividades extranjeras”, y aun cuando este también posee características como la criticada en el párrafo anterior, al menos reconoce la naturaleza gregaria de dichos actores sociales, facilitando así la interlocución y el reconocimiento de esta “otredad” desde su propio discurso y posibilitando, en consecuencia, el salto cualitativo hacia la alteridad (Levinas), la posibilidad de alternar entre las perspectivas culturales en juego. Aun con todo, la definición por la que se opte en estos momentos no debiese ser más que una provisional, pues en la conceptualización definitiva de dicha realidad debiesen participar también, como decíamos, los colectivos a los que hace, o debiese hacer, referencia, pero ello presupone un nivel de debate en una fase muy superior a la que recién nos encontramos.

Lo anterior no es baladí, pues el lenguaje construye realidad, y en un escenario como en el que nos encontramos (ad portas de la discusión de una nueva ley regulatoria en la materia), deberíamos tratar de ser sumamente cuidadosos con nuestro léxico, ya que de lo contrario pudiéramos condicionar el sentido de futuras políticas públicas en la materia, desarrollar perspectivas avasalladoras de las colectividades referidas o, incluso, quizás como en Europa, contribuir en parte a la xenofobia de mañana a través del marco teórico de hoy.

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