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Presidencia de la República: dificultades y requisitos

por 1 febrero, 2017

Presidencia de la República: dificultades y requisitos
Parece que hoy cualquier persona cree que puede ser Presidente de la República, todo indica que por una mezcla de desilusión y empoderamiento que bien podría llevarnos a un desastre populista. Desilusión con generaciones políticas que se “profesionalizaron” en la tarea y otras que, atrapadas en aquel intermezzo en que la educación cívica y la actividad partidista desaparecieron de Chile, se autoeducaron con graves falencias y más allá de las normas de la decencia. Empoderamiento, porque la calidad de la política que observamos en los medios día a día, así como las conductas y expresiones de muchos de sus exponentes, son mediocres o muy básicas, lo que alienta a los ciudadanos comunes –hoy más informados y opinantes– a un audaz “¿y por qué no yo?”.
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La ex Primera Dama Luisa Durán de Lagos ha hablado –con cierto asombro– sobre lo extraordinario de “que todo el mundo crea que puede ser Presidente”, poniendo énfasis en las dificultades que trae aparejadas el ejercicio de tan alta responsabilidad, así como la ingratitud de quienes, desde las redes digitales, realizan constante “bullying” en contra de quienes han asumido dicho cargo o aspiran a él.

Tal vez estimando que la frase estuvo dirigida indirectamente al novel senador Alejandro Guillier –dada su poca experiencia política, pero expectante posición en las adhesiones ciudadanas–, dirigentes y simpatizantes del periodista salieron a responderle, afirmando que su visión era “elitista” y asegurando que “cualquier persona en Chile puede ser candidato presidencial y son los ciudadanos los que defienden los liderazgos que quieren que los representen”.

En lo formal y de acuerdo a la Constitución, efectivamente cualquier ciudadano mayor de 35 años de edad, chileno por nacimiento en el territorio nacional o por ser hijo de padre o madre chilenos y nacido en el extranjero, puede ser candidato a la Presidencia de la República. Pero no es tan obvio que “cualquier persona” pueda ser un buen Mandatario y que las simpatías de los ciudadanos por algún candidato se transformen, por arte de magia, en la verdad o vox Dei. Eso lo saben muchos pueblos que han sufrido la consecuencia de garrafales errores de la vox populi.

En efecto, quienes han tenido la responsabilidad de conducir grupos humanos de cualquier naturaleza, desde una pequeña empresa, ONG, equipo de fútbol, ministerio o partido político, saben los aprietos que implica conseguir la coordinación y unidad de criterios para dirigir a dichos grupos hacia metas determinadas, las que, a mayor abundamiento, casi nunca son unánimes, siempre cuentan con opositores a los objetivos trazados –sea por ideas distintas o por lucha de poder–; y saben, asimismo, que los conflictos, más que los logros, son el pan de cada día en la organización. Desde tal perspectiva, los liderazgos son, realmente, un “cargo”.

Si esto es así, cuantos más problemas trae consigo el gobierno de un país, particularmente si se trata de un régimen democrático, plural, libre, diverso, respecto del cual hay que resolver una amplísima gama de exigencias y demandas de millones de ciudadanos, en los más variados ámbitos sociales, políticos, culturales y económicos, encarando intereses que chocan y permutan diariamente en esa constante lucha por conseguir los propios y legítimos objetivos personales, familiares o grupales, sin tener que recurrir a la violencia.

Todo aquello, además del deber de actuar bajo el mandato de la ley o norma que limita el poder del gobernante y que, a veces, complica aún más esa resolución rápida y eficaz que hoy exige una ciudadanía imbuida de la velocidad de respuesta de los adminículos digitales, que perdió –hace años ya– la paciencia rural, en donde el resultado de una siembra seguía el lento y anual ritmo de la madre naturaleza.

Doña Luisa tiene razón. Ser Presidente de la República es algo muy difícil y no son muchos los capacitados o llamados a serlo, aun cuando sean vox populi, voz que –por lo visto– pocas veces ha tenido motivos para la felicitación en sus decisiones. La afirmación de la ex Primera Dama, lejos de ser elitista, apunta más bien a la constatación de que –con las exigencias legales y requisitos personales que se debieran pedir como mínimos para ocupar el cargo, si queremos una mejor gobernanza– son pocos los que, responsablemente, cubren el perfil.

Entonces, ¿cuántos de los cerca de 7,8 millones de ciudadanos chilenos mayores de 35 años, con derecho a sufragio, están verdaderamente capacitados para asumir un cargo de responsabilidad mayor, como el de conducir el país y su compleja administración social, política y económica? Si hubiera que intentar discernir con algún parámetro la pregunta, baste recordar que el número de militantes refichados por los partidos no supera los 100 mil en total, al tiempo que al reciente llamado del Gobierno a discutir las bases, nada menos que de una nueva Constitución para Chile, concurrieron poco más de 200 mil personas, lo que –aunque constituye récord para la historia de Chile– es pobre en cuanto a expresión de voluntad de participación política de los ciudadanos.

Se puede aducir que hubo un amplio sector de la derecha que se abstuvo. También que, en la actualidad, de los aproximadamente 13 millones de ciudadanos habilitados para votar, lo hacen menos de 7 millones, por desilusión con la clase política y sus actuales líderes. Así y todo, pareciera que la vocación de servicio público es un bien poco pródigo en Chile, al menos desde la perspectiva de la política, aunque, por cierto, sea enorme cuando se trata de acciones solidarias, como lo demuestra la reacción ante los graves incendios en la zona centro sur, o el terremoto y tsunami de 2010. Ambos, buenos ejemplos de las complejidades de la administración de los recursos del Estado.

Pero ¿por qué parece que hoy cualquier persona cree que puede ser Presidente de la República?

Todo indica que por una mezcla de desilusión y empoderamiento que bien podría llevarnos a un desastre populista. Desilusión con generaciones políticas que se “profesionalizaron” en la tarea y otras que, atrapadas en aquel intermezzo en que la educación cívica y la actividad partidista desaparecieron de Chile, se autoeducaron con graves falencias y, lanzados a la competencia en una estructura asimétrica, varios llevaron el vínculo política-dinero-poder, más allá de las normas de la decencia. Empoderamiento, porque la calidad de la política que observamos en los medios día a día, así como las conductas y expresiones de muchos de sus exponentes, son mediocres o muy básicas, lo que alienta a los ciudadanos comunes –hoy más informados y opinantes– a un audaz “¿y por qué no yo?”.

Así y todo, doña Luisa tiene razón. Ser Presidente de la República es algo muy difícil y no son muchos los capacitados o llamados a serlo, aun cuando sean vox populi, voz que –por lo visto– pocas veces ha tenido motivos para la felicitación en sus decisiones. La afirmación de la ex Primera Dama, lejos de ser elitista, apunta más bien a la constatación de que –con las exigencias legales y requisitos personales que se debieran pedir como mínimos para ocupar el cargo, si queremos una mejor gobernanza– son pocos los que, responsablemente, cubren el perfil.

También, por cierto, los simpatizantes de Guillier tienen cierta razón, porque, efectivamente, en una democracia abierta y plural como la nuestra, cualquier ciudadano que cumpla las obligaciones legales puede optar a ser candidato a la Presidencia, lo que no obsta para que los electores, tras esbozar simpatías por tal o cual candidato en las encuestas, en el secreto de la urna, reflexionen seriamente sobre a quién le entregarán la conducción del futuro de cada chileno, más allá de sus espontáneas respuestas emotivas y/o políticamente correctas a los sondeos de opinión.

Habría, pues, que observar con más cuidado que, tal como lo han demostrado los enormes fallos predictivos en los casos del Brexit, Trump o el plebiscito por la paz en Colombia, las encuestas parecen hoy tender más a reflejar una fotografía de las insatisfacciones y/o esperanzas de los consultados respecto de su futuro inmediato, que a validar un apoyo cierto al candidato específico que pudiera encarnar sus aspiraciones en un momento dado.

De allí la relevancia del discurso o programa de cada cual, así como la necesidad de que cada vez más ciudadanos salgan de su apatía, incrementando su interés por influir respecto de quienes serán sus representantes en el Ejecutivo y el Parlamento, de manera que, en una polémica menos emocional que la de las redes, más informada, ilustrada y culta, surjan las ideas y los liderazgos con el perfil adecuado para los desafíos de Chile en el siglo XXI.

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