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Macron: la dialéctica de la redistribución del poder

por 9 mayo, 2017

Macron: la dialéctica de la redistribución del poder
El presidente electo de Francia no solo deberá, ineludiblemente, recurrir a las alianzas parlamentarias para gobernar sino también a una nueva gobernanza, a partir de un movimiento altamente descentralizado y transversal, con fuerte apoyo en las redes sociales. Su oferta es ambiciosa y radicalmente reformista y, tal como dijo su contendora Marine Le Pen, anticipando su triunfo, si gana Macron ello significará “la desaparición de nuestro país como lo conocemos”. Eso, que quiso sonar amenazador, es lo que permitió, precisamente, la elección de Macron, un Presidente independiente pero no antielites, que emerge en un escenario mundial de descrédito de las colusiones político-empresariales.
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Las elecciones de segunda vuelta acaban de confirmar como Presidente de Francia, por amplia mayoría, a Emmanuel Macron, líder del movimiento En Marche! (Asociación para la renovación de la vida política), un político emergente que rompió con la larga alternancia en el poder de socialistas y republicanos, a la vez que cortó la racha internacional de presidentes populistas de derecha. En una inusual campaña electoral que alteró las categorías tradicionales de izquierda y derecha, los franceses presenciaron a una Marine Le Pen, considerada la representante de la ultraderecha, adoptando posiciones anticapitalistas y antiglobalización (típicas de las posiciones de izquierda), mientras que el centrista Macron mostraba su entusiasmo por políticas económicas liberales (como la reducción de la pesada carga tributaria de los franceses) y de flexibilización laboral.

Las posiciones del socioliberal Macron, en parte, se explican por la fuerte influencia del pensamiento de Michel Rocard, ex primer ministro de Mitterrand y radical reformista de la izquierda francesa. Como tal, para Macron la más igualitaria distribución del poder es esencial en su filosofía política, denostando tanto el presidencialismo exacerbado de Francia como los privilegios de las elites, sean estas económicas, políticas, administrativas o sindicales. Por otra parte, es preciso recordar que el nuevo Presidente es un provinciano que, a pesar de ser formado en la Escuela Nacional de Administración (ENA, donde se forma la elite que dirige a Francia), posee un fuerte vínculo con la filosofía humanista de Paul Ricoeur y ha creado su movimiento desde su ciudad natal, Amiens.

De tal forma que el nuevo Mandatario ha preferido elaborar un programa con la gente, ha elegido como asesor a Jean Pisani-Ferry (un destacado economista sensible a estas preferencias y que cuestiona a los expertos) y promete profundas reformas económicas, administrativas (accountability del sistema público) y políticas (entre ellas, el voto electrónico) para un desarrollo más sustentable y armónico de su país.

Una lección de un país unitario, Francia, para nuestro Chile, donde las principales candidaturas deben dejar de ver la concentración del poder territorial como una condición para su desarrollo y entenderla más bien como una enfermedad que debilita a nuestro sistema nacional. Una lección también para parte de nuestra desprestigiada clase política, que se resiste a devolver la soberanía a los ciudadanos de regiones, frenando la descentralización y el despliegue del potencial económico de sus territorios.

Para quien inició su movimiento hace poco más de un año en una pequeña ciudad francesa, declarando que su preocupación es el desarrollo de su país en el largo plazo, y no quien encarnará esa estrategia o gobernará la nación, ahora, instalado en el Palacio del Eliseo, su gran desafío será gobernar en medio de un país que espera anhelante una respuesta sobre un futuro común.

Emmanuel Macron no solo deberá, ineludiblemente, recurrir a las alianzas parlamentarias para gobernar sino también a una nueva gobernanza, a partir de un movimiento altamente descentralizado y transversal, con fuerte apoyo en las redes sociales. Su oferta es ambiciosa y radicalmente reformista y, tal como dijo su contendora Marine Le Pen, anticipando su triunfo, si gana Macron ello significará “la desaparición de nuestro país como lo conocemos”. Eso, que quiso sonar amenazador, es lo que permitió, precisamente, la elección de Macron, un Presidente independiente pero no antielites, que emerge en un escenario mundial de descrédito de las colusiones político-empresariales.

Precisamente el gobernante electo asumió en su discurso el enorme desafío de que Francia, una vez más, asombre al mundo, aludiendo a la necesidad de innovar en la forma de hacer las cosas, que constituye una prisión para ser exitoso en los nuevos entornos políticos del siglo XXI.

Su propia elección ya fue una sorpresa para quienes hace dos años desconocían el potencial integrador y transformador de un joven tecnócrata venido de provincia, ajeno a las elites políticas tradicionales, que, sin embargo, gracias a su enorme capacidad y heterodoxia, es elegido hoy con la misión de integrar el país.

Una lección de un país unitario, Francia, para nuestro Chile, donde las principales candidaturas deben dejar de ver la concentración del poder territorial como una condición para su desarrollo y entenderla más bien como una enfermedad que debilita a nuestro sistema nacional. Una lección también para parte de nuestra desprestigiada clase política, que se resiste a devolver la soberanía a los ciudadanos de regiones, frenando la descentralización y el despliegue del potencial económico de sus territorios.

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