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Déficit de competencias democráticas en la formación inicial docente

por 30 julio, 2017

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Una investigación en curso, realizada gracias al Fondo de Investigación en Educación del Ministerio de Educación (FONIDE), deja patente el escaso desarrollo de competencias democráticas en la formación inicial docente que entregan actualmente nuestras universidades a los estudiantes de pedagogía.

El proyecto realizado por académicos de las universidades de Concepción, de Santiago y Católica, que ha contado con la participación de 671 estudiantes de pedagogía de tres universidades, permite identificar resultados que muy probablemente son replicables a distintos contextos universitarios.

La iniciativa mide la competencia moral-democrática, concepto tomado del psicólogo alemán Georg Lind, a través del Test de Competencia Moral (MCT) en su versión en español, facilitada por el autor. Éste define la competencia moral democrática como la capacidad de resolver problemas mediante la reflexión y el debate, excluyendo la violencia y la mentira. Este instrumento entrega un puntaje que en la práctica varía entre 1 y 50 puntos. Mientras más alto el valor, indica que los participantes poseen una mayor competencia moral democrática.

El concepto y resultado inicial

En términos simples, este concepto tiene una relación cercana con la capacidad de establecer una comunidad de diálogo y discusión democrática, similar a lo planteado por Jürgen Habermas. Sujetos con una alta competencia moral democrática son capaces de establecer relaciones de diálogo y respeto en discusiones grupales.

También nos preocupa que estemos hablando de futuros profesores, y de que las habilidades democráticas en ellos sean bajas. Para construir la democracia del futuro, la ciudadanía del futuro, sólo podemos pensar que la escuela es una extraordinaria oportunidad para hacerlo. Sin embargo, si los profesores no han desarrollado de manera suficiente esas habilidades, o si sus aprendizajes en la universidad no contemplan estas dimensiones, en cierto sentido esto resulta un poco desesperanzador.

Esta competencia se pone en juego sobre todo en instancias en las que el grupo en que se participa presenta opiniones divergentes. Es en estas instancias, de desacuerdos, en las que las capacidades de tolerancia, respeto, escucha y diálogo se ponen en juego. Esta es la capacidad que mide el instrumento.

De este modo, una alta competencia moral-democrática posibilita establecer diálogos comunicativos, a pesar de los desacuerdos. Inversamente, una baja competencia moral-democrática hablará de una dificultad de establecer diálogos en estas situaciones.

Los resultados obtenidos a nivel grupal son medios. La muestra la constituyen estudiantes de Educación General Básica, Pedagogía en Ciencias Naturales y Pedagogía en Español y Humanidades. El resultado promedio fue de un Indice C=19,36. Esto representa un 38,72% del valor máximo esperado (50), lo que se considera un resultado medio bajo. El autor propone distinguir tres niveles. Bajo 9 puntos indica un nivel bajo, entre 10 y 29 un nivel medio, y sobre 30, un nivel alto. Al compararlo con otras profesiones, por ejemplo, los resultados de estudiantes de medicina en Brasil muestran entre 20 y 26 puntos.

Interpretación

Estos resultados son un indicador de los desafíos que hay en la construcción de una cultura verdaderamente democrática en nuestro país, porque hemos encontrado que las universidades tienen todavía mucho que trabajar para que ofrezcan oportunidades de desarrollo de esas habilidades democráticas al interior de sus instituciones.

La investigación permite constatar a través de una comparación entre los años de estudio de los participantes, que en promedio, un estudiante que entra con cierto tipo de habilidades sale casi con las mismas luego de su formación universitaria. Más aun, y dependiendo de las oportunidades identificadas en las distintas instituciones y carreras analizadas, muchos estudiantes egresan con menores capacidades democráticas que las que presentaban a su ingreso. En términos positivos, es aun muy poca la variación que hemos encontrado hasta el momento, y estamos en la etapa de análisis cualitativo para indagar en estos aspectos. Hasta el momento podemos reconocer una de las primeras grandes conclusiones: las universidades tienen que trabajar para construir una cultura democrática y para desarrollar habilidades democráticas en sus estudiantes.

A veces, y sobre todo en estos días, nos hacemos la pregunta por la intolerancia, por la violencia, por la incapacidad de dialogar, pero también debiéramos hacernos la pregunta sobre cuáles son las oportunidades de aprendizaje que le entregamos a los estudiantes para que desarrollen habilidades democráticas. Cuando nos hacemos la pregunta sinceramente, las universidades debieran también, de una u otra manera, buscar fórmulas para que esas habilidades se desarrollen en sus carreras y en sus instituciones.

También nos preocupa que estemos hablando de futuros profesores, y de que las habilidades democráticas en ellos sean bajas. Para construir la democracia del futuro, la ciudadanía del futuro, sólo podemos pensar que la escuela es una extraordinaria oportunidad para hacerlo. Sin embargo, si los profesores no han desarrollado de manera suficiente esas habilidades, o si sus aprendizajes en la universidad no contemplan estas dimensiones, en cierto sentido esto resulta un poco desesperanzador.

El profesor es un actor fundamental en la formación de los futuros ciudadanos, y nos preocupa que no tengan altos índices de desarrollo de habilidades democráticas en las universidades. El profesor no tiene sólo la tarea de transmitir conocimientos, incluso en relación a la democracia, sino también de constituir instancias que permitan a sus estudiantes entablar relaciones de diálogo y desarrollar las competencias necesarias para ello.

Posibles soluciones

Hasta ahora podemos indicar que la literatura propone condiciones concretas para aumentar esta competencia moral democrática. Las oportunidades de tomar responsabilidades, o de realizar reflexiones con apoyo de un tutor son condiciones que apoyan el desarrollo de esta competencia.

Instancias curriculares como permitir a los estudiantes escoger sus propios temas de investigación, realizar proyectos prácticos en la comunidad y reflexionar en relación a sus resultados, apoyan este desarrollo. Extra curricularmente, a su vez, la participación en organizaciones culturales, políticas o deportivas, en las que los participantes sean escuchados y puedan dialogar sus distintos puntos de vista, también colaboran con el desarrollo de esta competencia.

Una vida democrática, por cierto, no requiere sólo de condiciones estructurales legales para su desarrollo sino, y sobre todo, que sus ciudadanos tengan las competencias para dar vida a las instituciones sociales, que permitan a su vez, establecer caminos de diálogos, intercambio y de vida.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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