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Outlanders: capacidades vs. identidad territorial en medio de una política nacional desprestigiada

por 22 septiembre, 2017

Outlanders: capacidades vs. identidad territorial en medio de una política nacional desprestigiada
En verdad, el dilema entre capacidades e identidad territorial en algunas regiones ha sido impuesto por el propio sistema centralista que agobia a nuestro país y reduce la expresión de sus potenciales económicos y políticos. Es la desprestigiada clase política residente casi exclusivamente en Santiago (que tiene aún por núcleo a los partidos políticos nacionales) la que decide, en buena medida, quiénes representarán en el Parlamento a las regiones de Chile. Es por ello que la elección de gobernadores regionales es postergada y condicionada a innúmeros requisitos en el Congreso: porque se sabe que generará un empoderamiento de las comunidades regionales, haciendo mucho más difícil a la clase política nacional imponer sus candidatos en las regiones.
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Las próximas elecciones parlamentarias nos traen de nuevo un fenómeno conocido: la trashumancia política.  Un espectáculo de figuras que buscan oportunamente mimetizarse con regiones con las cuales poseen un escaso compromiso, pero de cuya ciudadanía dependen para cimentar su futuro político.

Los argumentos a favor de las postulaciones de estos outlanders (o, chilenamente hablando, “afuerinos”) son variados, pero apuntan a un solo problema de fondo: ellos son más capaces que los candidatos regionales. Viendo el currículo y la figuración de cargos y presencia en medios de comunicación de muchos de ellos, esto parece ser cierto.

¿Quién podría discutir que el ex ministro del Interior y ex secretario general de la OEA, José Miguel Insulza, no posee pergaminos suficientes para ser senador por Arica y Parinacota? O el precandidato presidencial y ex ministro de Desarrollo Social, Felipe Kast, por la Región de La Araucanía? Mientras que, por otro lado, los medios nos muestran el triste espectáculo de parlamentarios “nacidos y criados” en una determinada región, que hoy día están imputados (al igual que otros “afuerinos”) por corrupción y que poco o nada han hecho por las regiones que representan.

Es decir, la sola pertenencia a una región no garantiza que un parlamentario represente eficazmente sus intereses ni posea un estilo probo en política. ¿Cuál es, entonces, la crítica social que esconde el concepto de “afuerino”?

En los tiempos actuales, en que el mismo Parlamento aprobó la iniciativa presidencial de reforma constitucional que instituye la elección popular de gobernadores regionales (que los regionalistas exigen para 2020), la mayor sanción social es la forma en que ellos han sido designados candidatos por los partidos en medio de negociaciones políticas nacionales “entre gallos y medianoche” y que solo representan los intereses cupulares de dicha elite política.

Si realmente deseamos una descentralización desde las regiones (una redundancia, porque otra descentralización no existe), ese es nuestro desafío: formar capacidades regionales de liderazgo y nuevas prácticas políticas que no solo permitan iniciar un exigente proceso de desarrollo regional con protagonismo territorial sino que también renueven la tan obsoleta y desprestigiada política nacional, de la cual depende en buena medida nuestro salto al desarrollo.

Porque, a diferencia de anhelos regionales clásicos, como la existencia de universidades regionales en el siglo pasado, las comunidades regionales no han demandado la necesidad de candidatos externos que los representen y contribuyan a su desarrollo, por más que algunos grupos dirigentes partidarios regionales prefieran a estos “afuerinos”, por asignarles mayor probabilidad de éxito electoral y, de paso, congraciarse con la dirigencia nacional.

El mote de “afuerino” es expresión de un anhelo de identidad territorial que en regiones como Magallanes o en la provincia de Concepción se encuentra cimentada, pero que es aún incipiente en regiones como Maule o La Araucanía, invadidas por candidatos externos en esta elección parlamentaria.

Esta mayor presencia de afuerinos no significa que los candidatos regionales de esas zonas “invadidas” tengan menores capacidades que los que vienen de afuera, pero sí que la arena política regional es deficitaria y que sus probabilidades de ser parlamentarios se ven mermadas por el apoyo de los partidos nacionales a los afuerinos. Por el contrario, la fuerte identidad de ciertas regiones del país es un antídoto contra la imposición de candidatos externos por parte de la clase política nacional, mostrando que esas zonas pueden producir abanderados regionales de nivel nacional y que postulantes externos difícilmente serán electos allí.

En verdad, el dilema entre capacidades e identidad territorial en algunas regiones ha sido impuesto por el propio sistema centralista que agobia a nuestro país y reduce la expresión de sus potenciales económicos y políticos. Es la desprestigiada clase política residente casi exclusivamente en Santiago (que tiene aún por núcleo a los partidos políticos nacionales) la que decide, en buena medida, quiénes representarán en el Parlamento a las regiones de Chile.



Es por ello que la elección de gobernadores regionales es postergada y condicionada a innúmeros requisitos en el Congreso: porque se sabe que generará un empoderamiento de las comunidades regionales, haciendo mucho más difícil a la clase política nacional imponer sus candidatos en las regiones.

La elección de gobernadores regionales es inevitable, será en 2020 o en 2021, pero ella será exitosa si y solo si, desde hoy (desde ayer, más precisamente), se preparan en regiones los liderazgos y mejores capacidades para ser electos como sus representantes.

Si realmente deseamos una descentralización desde las regiones (una redundancia, porque otra descentralización no existe) ese es nuestro desafío: formar capacidades regionales de liderazgo y nuevas prácticas políticas que no solo permitan iniciar un exigente proceso de desarrollo regional con protagonismo territorial sino que también renueven la tan obsoleta y desprestigiada política nacional, de la cual depende en buena medida nuestro salto al desarrollo.

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