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El "pecado" del individualismo

por 28 diciembre, 2017

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Después del triunfo de la derecha representada por Sebastián Piñera, desde los grupos que se presentaban como su oposición se escuchan lamentos sobre la presunta causa que habría llevado a este escenario, la cual no sería otra, según ellos, que el individualismo exacerbado que tiene lugar en una sociedad de mercado, con la consecuente escasez de solidaridad y valoración de los proyectos colectivos.

“Es que a esa gente sólo le importa su bolsillo y no lo que le pase al otro”. “Quieren tener Iphone, LCDs y ropa de marca pero la educación, salud y pensiones de los otros les da lo mismo”. Justificaciones como éstas son lo que se oye y lee por todos lados. No puedo dejar de detenerme en cuán arrogantes y vacías suenan estas y otras premisas similares, considerando que, si bien manifiestan un probable análisis de la supuesta pobreza espiritual e intelectual que aquejaría a la sociedad chilena, dejan entrever que el interés en descifrar los posibles motivos de este comportamiento son casi nulos.

Y esos posibles motivos son, contrario a lo que piensan dichos grupos que se arrogan la superioridad moral e intelectual que haría falta, múltiples. No se agotan, como ellos creen, en anhelos de ganar más dinero para comprar celulares de última generación y televisores gigantes. Tampoco en un supuesto egoísmo patológico que impediría tener compasión por las desgracias y necesidades ajenas. Pero la rabia – y la soberbia- claramente nublan la visión en gran medida, y dificultan enormemente el ejercicio de intentar ponerse en el lugar de ese votante que concibe la vida como un proyecto individual-familiar, pero no colectivo.

La retórica de la “igualdad y justicia”, que suelen repetir estos grupos como un mantra tan pétreo como irreflexivo, implica en la práctica situaciones que distan mucho de la belleza con la que ellos presentan la teoría. Es muy, pero muy fácil, suponer que la igualdad es un concepto que se debe aplicar siempre a rajatabla, sin importar las condiciones particulares de vida y desarrollo de cada ser humano y que quien no cree en ella es un ser egoísta sin alma.

El negarse a colaborar y a igualarnos con nuestros verdugos, que por lo demás poseemos un gran número de seres humanos, en miras a reconstruir nuestras vidas e identidades lejos de aquello que nos dañó, no es una muestra de individualismo exacerbado como muchos erróneamente lo ven, sino que es una manifestación básica del sentido común humano: el de autoprotegernos.

Para exponer de manera gráfica este parámetro: esto implicaría que una mujer o niña que ha sido violada es puesta al mismo nivel humano y moral de su violador, y si ella osara cuestionarse que el proyecto social y colectivo al cual se le conmina a pertenecer incluye al sujeto que destruyó su vida, a costa inevitablemente de su propia colaboración, so pena además de recibir sanciones corporales por negarse, se le repudia y se le trata, absurdamente, de “individualista”.

Lo mismo con el adolescente que quiere desligarse totalmente de aquellos compañeros de colegio que aniquilaron su autoestima en brutales episodios de bullying escolar, o el trabajador que no quiere tener ninguna relación con sus ex colegas que, intrigas mediante, complotaron para que fuera despedido del lugar donde trabajaba. El negarse a colaborar y a igualarnos con nuestros verdugos, que por lo demás poseemos un gran número de seres humanos, en miras a reconstruir nuestras vidas e identidades lejos de aquello que nos dañó, no es una muestra de individualismo exacerbado como muchos erróneamente lo ven, sino que es una manifestación básica del sentido común humano: el de autoprotegernos.

Evidentemente, si a alguien no le molestara o quisiera voluntariamente cooperar con su verdugo, está en toda su libertad de hacerlo. La perversión está en pretender forzar a hacerlo a quienes no quieren, teniendo motivos más que suficientes, mediante ridículos prejuicios y calificativos. Y tampoco se trata de resumir esto en un arbitrario “que cada cual se rasque con sus propias uñas”, sino que de repensar los criterios usados para esas promesas de igualdad que pretenden actuar en nombre de la mera calidad de ser humano, pero que nada dicen sobre los méritos morales y éticos mínimos que esta calidad debería tener para acceder a beneficios por los cuales se busca que respondan todos. Si, todos.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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